Por Cristian Arcos

No jugó bien Jean Beausejour frente a Honduras. Su falta de fútbol se le notó, sobre todo en la fase defensiva. Así y todo se dio maña para dejar su estela cuando se proyectaba por su sector, un carril que conoce de memoria. En más de una década se convirtió en uno de los mejores laterales zurdos en la historia de la Roja, con dos títulos de Copa América en el cuerpo, siendo el único futbolista chileno en anotar en dos mundiales diferentes.

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No jugó bien Beausejour, pero fue la figura. Porque el fútbol, como los verdaderos fenómenos sociales, siempre va un paso adelante. El fútbol no miente. El fútbol, tan criticado y menospreciado por los eruditos de la plebe, te pega bofetadas de realidad que despiertan de la modorra a los ciegos, sordos y mudos. El fútbol hace visible aquello que sólo los míopes no quieren ver. En pleno conflicto de La Araucanía, cuando los bandos políticos hurguetean entre sus escuálidos argumentos la patética forma de buscar ventajas pequeñas, Beausejour tuvo un gesto como los que valen: sutil pero potente, silencioso pero emblemático, respetuoso e infinito. Cambió el apellido de su camiseta por el nombre de sus raíces. En un país donde se mira con desdén al autóctono, el zurdo usó su remera con el nombre Coliqueo, el apellido de su madre, de su abuelo, de sus ancestros. No necesitó un discurso pirotécnico. No requirió vestirse de gala o disfrazarse con atuendos ajenos. Desde su lugar, Coliqueo exhibió a todo quien quisiera verlo que el fútbol es mucho más que un balón rodando. Es el espejo social más prístino de todos. Con su gesto, además, le dio un mensaje a sus compañeros de profesión. Representan mucho más que la camiseta de quien los contrata o el país que nacieron. Representan pasiones, biografías, pueblos, naciones. Representan un legendario orgullo.

No jugó bien Beausejour en un partido lleno de penales y con tantos cambios que se pierde la cuenta. Chile mejoró y con creces, ante un rival pequeño desde lo futbolístico. Brayan Cortés ataja lo que debe y más. Lorenzo Reyes es opción real. Vidal es de otra categoría. El tándem Alexis-Isla sigue haciendo daño, como esas duplas que tocan la misma armonía de memoria. Castillo debería ser el 9 de la Roja. No es para volverse locos, pero a los equipos discretos hay que derrotarlos por la diferencia que corresponde. Chile lo hizo.

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Muchos dirán que el 4-1 contra Honduras no pasará a la historia. Al contrario. Será recordado por mucho tiempo como el duelo jugado en medio de una tierra conflictuada, en momentos de tensión, con versiones contradictorias, con mentiras que parecen verdades y muchas verdades que ojalá fueran mentiras. Ahí jugó Chile. No hubo minuto de silencio oficial porque las autoridades, todas, le temen a la verdad cuando es cruda e incómoda. En medio de la cancha los jugadores de ambos equipos formaron un círculo, mezclados, abrazados y dieron una muestra solemne de que el respeto es más fuerte que el silencio y la tibieza. Y Beausejour Coliqueo jugó apenas un tiempo, le pusieron amarilla, participó en el primer gol y el descuento rival se generó en su zona. Pero eso da lo mismo. Fue la figura, sin duda, en una noche de gestos silenciosos, poderosos e infinitos.

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