Por Mauricio Palma Prat

Algo que pareciera ser tan simple como cambiarse de colegio a veces puede generar trastornos complejos en los jóvenes, sobre todo en la adolescencia, una etapa con la sensibilidad a flor de piel.

El caso de Alejandra Pardo sucedió así, cuando se tuvo que cambiar al Liceo Comercial de Talagante, ya que su escuela anterior solo llegaba hasta la educación básica.

“Me costó adaptarme. No me hicieron bullying ni nada parecido, pero me complicó llegar a una nueva realidad”, afirma la joven que ahora tiene 20 años y va en el tercer año de Ingeniería Comercial en la Universidad Mayor.

La dificultad de encajar en un nuevo entorno la llevó a buscar una salida, una forma de que la aceptaran y de aceptarse a ella misma. Fue así como lo canalizó con la comida, evitándola, saltándose el almuerzo y a veces el desayuno también.

Esa mala dieta la hizo bajar indudablemente de peso. Cuando tenía 14 años, e ingresó al liceo, pesaba 52 kilos y medía 1.50 metros. A partir de ahí, saltándose comidas, fue bajando paulatinamente. No fue tan rápida la perdida de kilos, pero sí constante, hasta que llegó a pesar apenas 27.

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“Pesaba menos que mi hermana que tiene 10 años y yo 20”, comenta. Y probablemente ese fue el punto de inflexión, así como ver el sufrimiento de sus padres, que ya temían por su vida.

¿Por qué adelgazar?

Alejandra tomó la decisión de bajar de peso porque se sentía bien consigo misma cada vez que veía cómo iba perdiendo kilos. Y su decisión se gatilló desde los primeros meses en el liceo, ya que al principio le costó hacer amistades y se sentía aislada o poco aceptada.

De esta forma, buscó adelgazar porque pensaba que así la tomarían en cuenta, viéndose mejor, con la ropa más holgada. “Tenía 15 años y, además de comer poco, hacía mucho ejercicio porque en ese liceo nos hacían clases de gimnasia dos veces a la semana”, recalca la joven.

En su entorno, al comienzo no se deban cuenta de su mala dieta, donde a veces su almuerzo consistía en un paquete de galletas o una fruta. Sus padres trabajaban todo el día y solo empezaron a notar los cambios cuando ya era todo más evidente, con Alejandra bajando varias tallas de ropa.

“Fueron mis profesores los que primero se dieron cuenta de mi estado. Me veían más débil y recuerdo que mis padres me debían ir a buscar al colegio porque a veces me desmayaba”, apunta.

El tratamiento y la recuperación

Alejandra lo primero que recuerda es que la atención pública fue ineficiente cuando intentó acceder a ella. “La recepción que tuve en el Hospital de Peñaflor fue muy mala, lo único que hicieron fue darme una dieta y nada más”, relata. Debido a esta situación, sus padres se vieron obligados a buscar alternativas en la parte privada a un costo muy elevado.

Fue solo en noviembre de 2018 que la estudiante tomó la decisión que tanto quería evitar: se internó en una clínica especializada. La decisión conllevó un alto costo emocional y económico, ya que debió pasar 4 meses sin salir del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, con dietas estrictas, sondas y tomando suplementos. Y siempre bajo control las 24 horas del día.

En la actualidad ella se mantiene con tratamiento multidisciplinario, el que incluye trabajo con psicólogo, siquiatra y nutricionista. Estos profesionales realizan una terapia con “peso oculto” para que Alejandra no piense demasiado en el tema de los kilos. Lo que ella sí sabe es que ahora está con un índice de masa corporal de 19.5, el que para su peso y edad está dentro de lo normal. Además, dice sentirse mucho mejor en todo aspecto.

La joven peñaflorina supo lo que es estar bajo peso y lo mal que se pasa estando así. Su mensaje para tantas otras jóvenes que piensan en verse muy delgadas es claro: “No lo hagan”.

“Fue una etapa donde me costó reconocer que tenía un problema. La primera vez que intenté seguir un tratamiento no lo hice al pie de la letra y terminé dejándolo, algo que molestó a mis padres”, admite.

No está en el Auge

La anorexia no es un tema de salud pública, así como prácticamente todas las patologías que derivan al área psiquiátrica. Para Alejandra el tratamiento debió costearlo su familia. Ella recuerda que lo peor fue cuando cayó en la UCI en dos oportunidades, lo que le significó a sus padres gastar $500 mil por día.

En este ámbito, la doctora Daniela Gómez, quien es siquiatra del Hospital Clínico de la Universidad de Chile y trabajó con el caso de Alejandra, explica la difícil situación por la que deben pasar tanto los pacientes como los familiares de los hijos con trastornos psiquiátricos. “En el sistema público hay solo una unidad de trastorno alimentario, la cual está copadísima de pacientes”, revela.

Ante aquella realidad a los pacientes prácticamente no les queda otra opción de atenderse de forma particular, lo que se traduce en importantes gastos médicos.

Por su parte, la Dra. Gómez señala que en Chile la anorexia se mide solo en base a las cifras mundiales, por lo que su nivel de incidencia y cantidad de casos no es tan alto en comparativa como, por ejemplo, a la obesidad, otro trastorno alimentario que estuvo abandonado en el sistema público hasta que hace recién un año se aprobó su inclusión en el Auge para la obesidad mórbida.

“No hay que mirar en menos la anorexia, ya que si bien son menos los casos que la obesidad, los pacientes, principalmente mujeres, se mueren, ya sea por descompensaciones físicas o por suicidios”, recalca la facultativa, quien también subraya que en el caso de la obesidad los enfermos sufren diversas complicaciones, sin embargo, son menos frecuentes los casos que llegan a cifras de fallecimiento.

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La anorexia no está en el Auge y, al mismo tiempo, la doctora destaca que cualquier diagnóstico de enfermedad por trastorno mental que sea derivado a psiquiatría tampoco está cubierto en el sistema de salud pública. “Sea la patología que sea, psiquiatría no la cubre Fonasa ni ninguna Isapre, pese a que las propias Isapres la consideran como preexistencia (la psiquiatría) al momento de subir el valor de un plan”, sentencia.

En definitiva, para Alejandra Pardo, una de las principales motivaciones para contar su caso fue, precisamente, visibilizar esta enfermedad y crear conciencia, tanto en las jóvenes que la sufren como en las autoridades que no la han considerado en un proyecto para su cobertura universal garantizada.

Para tal propósito, la joven escribió un diario virtual de lo que le sucedía día a día y también publicó un video donde relata su experiencia desde que comenzó a bajar drásticamente de peso hasta los días más recientes, ya con el tratamiento de recuperación en marcha.

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