Por Katherine Mariqueo
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“Me llamo Berta Rodríguez López y tengo 91 años, quiero mostrar mi trabajo que he hecho durante este tiempo”.

Con estas palabras Berta comienza su video, donde exhibe orgullosa los productos que vende. “Calcetines, calcetines de hombre para pies grandes, gorritos, pero también nuevos trabajos, como cojines. Yo los encuentro tan bonitos”, comenta sin ocultar el amor que siente por su trabajo.

La historia de Berta es, probablemente, la de muchas mujeres de nuestro país. Oriunda de San Javier, quedó huérfana muy pequeña al cuidado de sus abuelos, quienes al no poder solventarla, la enviaron a Santiago a trabajar como niñera, luego en una farmacia y, cuando su abuela quedó viuda, regresó para cuidarla. Recién había cumplido 16 años. A esa edad ya cargaba con toda una vida. Eran otros tiempos y el destino aun le deparaba sorpresas.

Fue en esa época que conoció a su esposo: “Él tenía 24 años, yo 16, imagínese (…) yo no supe de enamorarme ni nada de eso”.

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Dispusieron que se casara con el hombre que ella había visto pasar por su casa y que era un buen partido. Su opinión no importó mucho y lo hizo. Parece que no se arrepiente. Vivió por 77 años junto a su esposo, Lupercio, quien falleció a los 99 años el pasado 4 de julio. “Duró poquito, en cuatro días se fue”, cuenta entre lágrimas. “Estoy sola ahora“, lamenta entre suspiros.

Con su marido se vino a Santiago y cuenta que fue difícil, porque con hijos nadie le arrendaba y tenía cuatro, el más chico tenía ocho meses. Uno de ellos falleció a los 17 años, mientras que sus otros tres hijos están actualmente jubilados.

“Toda mi vida fue trabajar, trabajar y trabajar, así tuvimos este terreno”, relata Berta al explicar cómo junto a su esposo lograron comprar una propiedad en Peñalolén, donde vive actualmente. Jubiló a los 60 años y después quedó a cargo de su marido.

Pero la historia de Berta no es del todo desconocida. Hace unos años vende fuera de su casa tejidos que, además de entretenerla, la ayudan a subsistirCHV Noticias ya había hecho una nota hace algún tiempo sobre su emprendimiento, pero hoy la vida le juega una mala pasada.

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Con la pandemia y a su edad es imposible que salga, quedó viuda y llora seguido porque se siente impotente al no poder hacer sus tejidos, ya que no puede comprar lana y cuando la luz no la acompaña para tejer, se va a la pieza a dormir.

Al respecto, Jacqueline Yuraseck, enfermera y experta en geriatría de la UDP, explica a CHV Noticias que “en este minuto, lo que ella está viviendo es un duelo, que es súper fuerte, toda una vida con su pareja”, algo que probablemente le pasa a muchos adultos mayores, pero indica que es bueno que lo comente a otras personas, que pueda conversar y sentirse escuchada, pero que lo más importante es “hacerla sentir que lo que ella siente está dentro de los patrones de normalidad”.

La académica también hace hincapié en que vemos los adultos mayores como discapacitados, que no pueden aportar a la sociedad, pero no es así: “Uno tiene que levantarles el ánimo y entregarles herramientas (…) hay que hacerle entender que la pena es parte de la normalidad, pero que ella puede seguir viviendo y aportando con su conocimiento y experiencia a generaciones más jóvenes”. De esta forma uno ayuda con su autoestima y ganas de vivir.

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Afortunadamente, y viendo las capacidades de su abuela, una de sus nietas, Marlenne, le creó una página de Facebook llamada “Calcetines de lana la arañita, para promover sus tejidos, y Sofía Oliva, otra de sus nietas, decidió ayudarla a subir fotos de sus trabajos a Instagram, pero ahora sienten que es necesario más apoyo que nunca. Desde que falleció su esposo, Berta atraviesa un gran dolor y no quieren que se desanime, por lo mismo la alientan a seguir adelante.

Hoy solo pide ayuda y dice que tiene pena: “A veces tejo y tejo y no sé lo que estoy haciendo, me encuentro un poco mal, vinieron a verme del policlínico, tengo una pierna tan mala que tengo miedo que el dolor me llegue al hueso (…) como soy la única que tejo también me canso”. Trabajo que siente debe hacer.

Y es que para un adulto mayor solventar los gastos no es fácil, además, la funeraria que realizó los servicios de su esposo le dijo que le faltaba pagar una parte. “Yo creí que les había pagado todo con los ahorros que tenía, ahora tengo que hacer esa ‘platita’ que no es poca, son $440 mil“, señala, junto con reconocer que “estoy preocupada”.

Berta reconoce que no le alcanza para vivir con lo que gana con sus tejidos más su pensión. Incluso cuenta que ha recibido ayuda del municipio con las cajas de alimentos, pero que necesita pagar sus cuentas de luz, agua y sobretodo gas, porque “se pasa de frío todo el día”.

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Es por eso que, para sobrevivir, no pide otra cosa que le compren sus productos y que si pueden, la ayuden con lana, porque la que ha encontrado dice está muy cara: “Si la madeja me sale $1.300 y vendo mis gorritos a $2.500 la ganancia no es mucha y, aunque me gusta tejer, no me alcanza”.

La señora Berta hoy se refugia de la soledad en el movimiento de esos palillos viejos que en sus manos se vuelven varitas mágicas. Varitas que van tejiendo gorritos y calcetines, como ella tejió la historia de su vida. La lana que utiliza es la esperanza que alimenta sus ganas de seguir adelante, para entregarnos esos trabajos que ella encuentra “tan bonitos”.

La verdad es que la señora Berta no debiera tener que pedirnos nada, porque ella es quién nos está regalando el calor de los tejidos que nacen de sus manos en medio de tanto frío. Somos todos nosotros los que le debemos a ella.

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