Por Fernanda Jure

Fue en enero cuando Patricio Pardo notó algo extraño en su cabeza. Se trataba de una mancha que sin querer pasó a llevar y comenzó a sangrar. Desde ese día a la fecha, la herida no sólo aumentó su gravedad, sino que se transformó en una protuberancia que hoy tiene más de cuatro centímetros de diámetro.

Ha pasado por más de cinco centros médicos y recintos hospitalarios diferentes y aún no le entregan un diagnóstico definitivo. En uno de ellos, una especialista señaló que se trataría de un tumor cancerígeno, que debía ser operado de inmediato.

El 5 de marzo acudió a un Cesfam en Maipú. Sólo dos días antes se había confirmado el primer caso de COVID-19 en el país y los centros médicos ya presentaban complicaciones. Debido a la contingencia, lo derivaron a un consultorio, donde le agendaron una cita. El mismo día de la hora, le indicaron que no podría ser atendido, debido a la alerta sanitaria que recién comenzaba.

Pasaban los días y, con ello, aumentaba el tamaño del tumor que se inflamó, pero además comenzó a generar otras complicaciones. “Empezó a caer un líquido que manchaba toda la almohada. No podía acostarme en la cama porque la empapaba de sangre. Los doctores no me dan ninguna respuesta, ni qué es lo que tengo, tampoco si me van a operar. Sólo me han dicho que hay que extirparlo, pero ninguna fecha”, cuenta Patricio, quien además es diabético e hipertenso y lleva cuatro meses sin generar ingresos.

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“El tumor que tengo se revienta a cada rato. No puedo ponerme gorro, ni mucho menos ir a trabajar. No me interesaría ser diabético si no tuviese esto en la cabeza, seguiría trabajando. Pero ni aunque termine la pandemia puedo ir a trabajar con un tumor. En la Posta Central me vendaron y no me duró ni un día, porque se me llenó de sangre y mal olor”, cuenta.

“Si no muero con este cáncer, me voy a contagiar de coronavirus”

El hombre de 53 años tiene dos hijos pequeños a los que aún debe mantener, y es justamente esa su mayor preocupación. Postuló al bono COVID-19 del Gobierno, pero no obtuvo respuesta satisfactoria. Actualmente vive junto a su familia con $400 mil, que no son suficientes para solventar sus gastos, que incluyen otro tipo de enfermedades.

Una de ellas le costó el despido de su antiguo trabajo, como conductor de locomoción colectiva en el ex Transantiago: “Tengo discopatía y artrosis degenerativa, además de una displasia de nacimiento. Se trata de una discapacidad en una pierna y brazo, por lo que desde la mutual solicitaron que se me entregaran roles administrativos y no tanto en la conducción de los vehículos. La empresa decidió despedirme”.

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Recibió un finiquito de $80 mil y buscó otros caminos. Trabajó como guardia de seguridad y como colectivero, pero sus planes se vieron truncados debido a esta nueva dolencia, sumado a la pandemia. Desde entonces, ha recorrido el Hospital El Carmen, la Posta Central, el Cesfam Dr. Eduardo Ahués, el Hospital Clínico San Borja Arriarán; entre otros.

“Hace más de un mes me dijeron que debía someterme a una operación ambulatoria, y luego a una biopsia para continuar con un tratamiento. Pero en la Posta Central no me quisieron operar, tampoco en los otros recintos, me dijeron que la prioridad era el COVID-19. Lo que va a pasar es que, si no muero con este cáncer, me voy a contagiar y voy a morir de coronavirus”, apunta.

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La respuesta del hospital

Además de las enfermedades mencionadas, Patricio tiene una hernia inguinal por la que debió haber sido operado hace meses, pero, según su testimonio, le hicieron todos los exámenes previos y, al momento de la cirugía, le negaron la atención. Así, explica que con la discapacidad que afecta una de sus piernas, sumado a los dolores de la hernia y al tumor en su cabeza, la situación es insostenible.

Dicen que hay prioridad para la gente con enfermedades de base o cáncer y a mí ni siquiera me han controlado la diabetes. No te atienden como dicen que lo están haciendo. Dicen que la gente no va a los consultorios y son ellos los que no están atendiendo para hacer los tratamientos. Se les olvida que hay una familia detrás, que sufre y que necesita que yo esté bien para poder trabajar”, señala.

Desde Redes Asistenciales afirman que al paciente no se le hizo seguimiento en su momento, debido a que concurrió a distintos recintos hospitalarios y centros de salud, por lo que no se pudo evaluar el avance del supuesto tumor. La última esperanza para Patricio tendría fecha a fines de julio, cuando nuevamente lo evaluarían para determinar las características de la protuberancia que no lo deja vivir tranquilo. Así, recibiría atención médica en el Hospital Clínico San Borja Arriarán.

Desde el recinto señalan que “en el contexto en que se están desempeñando actualmente los establecimientos de salud, nuestro hospital ha centrado sus esfuerzos en dar respuestas rápidas y eficientes ante la demanda asistencial que genera la pandemia por COVID-19. Sin embargo, estamos realizando todos los esfuerzos para priorizar los casos más urgentes, que no corresponden a este diagnóstico, como ha sido con nuestros pacientes oncológicos o como es el caso de don Patricio Pardo”.

Así, desde el centro médico aseguran estar trabajando para poder dar mayor respuesta a aquellos pacientes que están a la espera de una atención clínica, “pero siempre velando por el resguardo y seguridad de nuestra comunidad”.

Sin embargo, Patricio no tendrá que esperar hasta fin de mes: este miércoles recibió la noticia de que la consulta médica se adelantaría, y que se llevaría a cabo en el Hospital el Carmen, que ha “logrado agendar una hora para este jueves a las 9.30 horas con el Jefe de la Unidad de Cirugía, quien analizará con el paciente y un cirujano plástico, la mejor opción de resolución de esta patología”.

“Fueron cinco meses de espera”

Pareció una eternidad, pero las noches para Patricio volverán a ser tranquilas. Horas después de que CHV Noticias diera a conocer su caso, la cita en el Hospital el Carmen fue exitosa y durante esa misma mañana, fue sometido a una operación ambulatoria.

Tendrá que asistir a curaciones cada tres días y un control en una semana para continuar su tratamiento y verificar si la protuberancia era, efectivamente, cancerosa. “Fueron cinco meses de espera. Si no me contactaba con ustedes, quizás cuánto más se iban a demorar”, comentó al cierre de la edición de esta nota.

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