Por Alejandro Sepúlveda Jara
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El 15% de los habitantes de Monte Patria ha debido dejar esta comuna de Limarí (Coquimbo), según el informe “Migraciones, ambiente y cambio climático”, publicado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en 2017. Así, Naciones Unidas (ONU) registró a Monte Patria como la primera comuna de Chile con migrantes por razones climáticas.

¿Por qué la gente debió abandonar la tierra que los vio nacer? Porque los suelos dejaron de producir esos frutos y vegetales que antaño sustentaron a sus familias. La Corporación Nacional Forestal (Conaf) revela que el 76% de la superficie del país sufre en algún grado procesos de desertificación, erosión o degradación. Es decir, en simple, el 76% de los suelos en Chile están muertos o en camino a morir.

Todo esto, ¿sólo es culpa de la peor sequía que registra la historia de Chile? No, porque además de la falta de lluvias que ha marcado la última década, está la sobreexplotación de los suelos.

En la actualidad, el 40% de la superficie mundial no cubierta por hielo se utiliza para la producción agrícola, una producción que crece ante la demanda de una sociedad cada vez más exigente y numerosa. Según la ONU para 2050 el requerimiento de alimentos aumentará un 50%, al mismo tiempo advierte que dentro de 60 años la capa superior del suelo fértil del planeta habrá desaparecido.

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Cerca de 40 millones de personas al año se ven obligadas migrar en el mundo debido a la muerte de los suelos. Tanto así que, se estima, en 2050 podríamos tener mil millones de refugiados debido a la desertificación.

¿Por qué?

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, en los años ’50-’60, la humanidad fue protagonista de la “revolución verde”. Esto con el fin de acrecentar la productividad agrícola y ganadera a gran escala, en base al uso de tecnologías y fertilizantes, para saciar la cada vez más alta demanda de alimentos por parte de una población que aumentaba a un ritmo vertiginoso.

Así aparecieron los fertilizantes sintéticos, además de una larga lista de pesticidas, herbicidas, insecticidas, fungicidas, etc. Estos químicos buscan aumentar la eficiencia de las tierras en lo inmediato, pero la pueden dejar inerte en el largo plazo. Muestra de ello es que hoy, una misma superficie requiere muchos más fertilizantes para igualar el rendimiento de cosechas anteriores. ¿O no, amigo agricultor?

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Esta es una muerte lenta para el suelo, un suelo que está lleno de vida. “Las plantas nutren todo un mundo de criaturas en la tierra que, a su vez, alimentan y protegen a las plantas. Esta diversidad comunidad de organismos vivos mantiene el suelo sano y fértil. Este vasto mundo constituye la biodiversidad del suelo y determina los principales procesos biogeoquímicos que hacen posible la vida en la Tierra”, sostiene la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Además, el suelo tiene la capacidad de capturar dióxido de carbono de la atmósfera a través de los microorganismos que le dan vida y fertilidad. Es decir, es fundamental tener tierras sanas para combatir el cambio climático a través de la captación de CO2, el principal gas de efecto invernadero.

Se estima que el 60% de las lluvias proviene de los océanos, y el 40% restante de los ciclos del agua en la interacción de las tierras elevadas con la atmósfera, gran parte de ella, gracias a la transpiración de las plantas. Las mismas que al faltarles a los suelos aumentan la sequía, y esta, a su vez, agrandan la superficie de las tierras desertificadas en un proceso que parece irreversible a estas alturas.

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