Por Karim Butte

Resulta sencillo encontrar investigaciones relacionadas con virus que son traspasados de animales a humanos. En la mayoría de los casos se trata de animales domésticos (perros, vacas, cerdos, caballos), pero en los últimos años cada vez son más los casos de animales silvestres que han provocado la zoonosis, una enfermedad propia de los animales que puede comunicarse a las personas). Esto se puede explicar observando cómo hemos invadido la naturaleza.

Este nuevo coronavirus, llamado COVID-19 por la OMS, es la cuarta pandemia de origen zoonótico del siglo XXI.

Ocurrió primero con el SARS o síndrome respiratorio agudo severo, que apareció por primera vez en la provincia china de Cantón en 2002 y que rápidamente se propagó teniendo una tasa promedio de mortalidad global cercana al 13%.

El brote de Ébola (2014-2016) en una parte de África fue el más extenso y complejo desde que se descubrió el virus, en 1976, con una letalidad cercana al 50%.

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En esa oportunidad, la OMS consideró que el huésped natural del virus fue una especie de murciélagos y que se introdujo en la población humana por contacto estrecho con órganos, sangre, secreciones u otros líquidos corporales de animales infectados, como chimpancés, gorilas, murciélagos frugívoros, monos, antílopes y puercoespines, que se habían encontrado muertos o enfermos en la selva.

También están la gripe Aviar (H5N1) y la gripe porcina (H1N1), un virus que habría tenido su origen en cerdos en México. Todas epidemias causadas por virus que saltaron de animales a personas.

Pero, ¿por qué pasa esto? La doctora en Medicina de la Conservación, Francisca Astorga Arancibia, quien además es académica de la Escuela Medicina Veterinaria de la Universidad de Las Américas (UDLA), explica que dentro de los mayores procesos de origen humano que facilitan este cruce es la fragmentación ambiental, donde actividades como la agricultura, ganadería y urbanización van fragmentando el paisaje, generando “pedazos” de espacios naturales que presionan, de manera forzada, el encuentro entre nosotros y la fauna.

La especialista pone como el hantavirus, que se facilita por nuestra intromisión e intervención de áreas naturales. Pero no solo eso: otros virus, como el Nipah, relevan que también esto permite que la fauna silvestre interactúe con especies de ganado o productivas, los cuales pueden hacer un “puente” hacia nosotros. Además, favorecen procesos evolutivos de los virus que pueden convertir un virus de circulación animal a virus transmisibles a las personas.

Para la doctora hay otro proceso clave -y donde el humano atenta contra su propia salud- que es el cambio climático. “El cambio en temperatura y humedad puede facilitar la expansión de vectores como los mosquitos y garrapatas, que colonizan nuevas áreas, nuevos países, que antes no podían colonizar. Así, llegando los vectores, pueden llegar los patógenos como, por ejemplo, el Dengue o la Malaria”.

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¿Y cómo podemos evitar que un virus que pasa de un animal a un hombre se transforme en una pandemia como la que estamos viviendo?

La conducta y evolución de virus con altas tasas de mutación como el coronavirus o la influenza son muy impredecibles. Debemos “esperar lo mejor y prepararnos para lo peor”. Basados en estudios preliminares, es posible ir determinando áreas de mayor riesgo, las cuales deben ser monitoreadas de manera sistemática. Además, debemos promover la ciencia, la tecnología, tanto a nivel de laboratorio (vacunas, inmunología, etc.) como a nivel de monitoreo satelital y aplicaciones digitales. Necesitamos autoridades receptivas a la evidencia científica, financiar estudios, y comportarnos de manera responsable. Estudiar, estar preparados. Actuar como manada, como comunidad.

Para el doctor Patricio Retamal, académico del Departamento de Medicina Preventiva Animal e investigador de la Unidad de Enfermedades Infecciosas de la Facultad de Ciencias Veterinarias y Pecuarias de la Universidad de Chile, esto se podría evitar si el ser humano limitara el crecimiento de las ciudades, y respetara la fauna silvestre, evitando su captura y no destruyendo sus hábitats naturales.

Para el especialista, otro de los factores que debe ser abordados es el acceso a la salud y la inequidad existente. “Las zoonosis son más prevalentes en estratos socioeconómicos bajos, la promiscuidad, las malas condiciones de higiene (falta de educación), la existencia de co-infecciones, el hacinamiento, y por supuesto la globalización, que permite el transporte expedito de personas y sus enfermedades”, señala.

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Lo que estamos viviendo hoy es consecuencias de la forma de vida actual, en que los seres humanos hemos invadido el hábitat silvestre. Crece la población y ocupamos indiscriminadamente espacios naturales abusando de sus recursos.

La doctora Astorga cree que “debemos mejorar los sistemas productivos considerando el bienestar animal (que prevengan contacto descontrolado de fauna con animales productivos y que mejoren las medidas sanitarias), mejorar nuestro uso del paisaje (dejando espacios naturales adecuados con sus respectivos buffers o zonas de interfase entre lo domestico/humano con lo silvestre).

Otra área importante es mejorar los sistemas de monitoreo en áreas de mayor riesgo, mantener redes de colaboración entre países y entre disciplinas. Es imposible controlar, prevenir y entender estos procesos sino trabajamos en conjunto. Deben mejorar las comunicaciones entre disciplinas como la medicina humana, medicina veterinaria, salud pública, ecología, y otras ciencias de la salud. Las autoridades deben desarrollar instancias de asesoría desde la evidencia (científicos).

En este sentido, ¿qué tan importante es y cuánto influye la pesca, la caza y el tráfico de animales ?

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Dentro de esos tres elementos, probablemente sea el tráfico el que puede ser más riesgoso en términos de salud pública. Al traficar un ejemplar, hay varias instancias que permiten que una infección pueda generarse: ingresar a áreas naturales para la captura, tener contacto con él y trasladarlo a otros lugares con manejos inadecuados tanto en términos higiénicos, sanitarios y, por supuesto,en términos de bienestar animal.

Si ese ejemplar estaba infectado con algún tipo de patógeno, el tráfico lo globaliza. Sumado a esto, en el tráfico se pueden mezclar especies diversas, generando “laboratorios” que pueden facilitar lo que ya sabemos: que un virus se mezcle con otros, mute, y se vuelva infeccioso para el ser humano.

Enfermedades como la que estamos conociendo día a día en medio de esta pandemia significan una enorme impacto en la población. El temor a perder la vida, el trabajo y las catastróficas consecuencias, tanto sanitarias como económicas, nos llevan a replantearnos la forma en cómo habitamos el planeta, nuestras formas de consumo y el impacto de nuestras acciones.

Somos todos los seres humanos responsables de esta crisis y son nuestras conductas las que nos pueden salvar de este incierto

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