Hocicos, patitas, colas, orejas, collares o cascabeles, son algunos de los accesorios que se utilizan en el petplay para sentirse animal. En este juego de roles entras en un estado mental o headspace, donde te olvidas de todos los problemas y te enfocas solamente en sentir, jugar y disfrutar.

En esta dinámica observo que los puppys o cachorros, al ponerse la máscara y en cuatro patas, entran en un mundo donde son completamente animales. Ladran, jadean, se rascan y mueven su cola, como cualquier perrito.

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Admito que mientras más comparto con los puppys, más ganas me dan de probarme una de esas máscaras y saber cómo se siente. ¿Lograré entrar en el tan mencionado headspace?

Me ofrecen probar una máscara que ya no usan, no lo pienso mucho y digo “¿Por qué no? ¡Préstamela!, no me puedo quedar con la duda…”.

Lo primero que siento es que aprieta mucho la cabeza, no es tan fácil respirar y eso me agobia. Así que imaginarme ocupar esto más de cinco minutos no me hace mucha gracia, me la saco y me olvido de ser una puppy, supongo que fui el intento más corto de la historia.

En cambio, para Strog, Marshall y Yako, al tan solo ponerse la máscara o accesorios de perrito, ya están listos para divertirse, caminar en cuatro patas y ladrar.

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Además del comportamiento, noto que los personajes están llenos de detalles y cada puppy, o nuestra kitten (gatito) Zerito, tienen una historia detrás que les permite disfrutar del juego a todo dar.

El petplay nace de las dinámicas BDSM de sumisión y dominación, pero hoy llega más allá del espectro erótico y sexual.

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