Por Laura Villa Muñoz

Cuántos artículos, escritos, entrevistas y “demases” podemos encontrar hoy acerca del nocivo efecto de las clases online para nuestros hijos, donde tal vez el menor de ellos sea el escaso aprendizaje que se logra. Sin embargo, ¿alguien ha sabido que existe una manera distinta a la online, de hacer clases a nuestros hijos, con efectos positivos en el ánimo de ellos?

Bien, el Colegio Giordano Bruno –del que soy apoderada hace 13 años con cuatro hijos cursando su educación desde kínder- pionero en educación Waldorf en nuestro país, hoy está logrando, a pesar de las enormes restricciones, ir al rescate de lo humano mediante su manera de formar a nuestros hijos, particularmente ahora, en la situación de pandemia en que nos encontramos. Es aquí donde nosotros, padres y apoderados, podemos dar fe del testimonio contrario al que otros muchos padres entregan respecto a las clases online.

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Con un loable y cariñoso esfuerzo, los maestros de nuestro colegio escriben a mano, con bellos colores y hermosa letra, día a día las nuevas materias, tareas y actividades que nuestros hijos deben realizar durante la jornada; mandan hermosos dibujos, bellos cuentos, interesantes ejercicios de matemáticas, maravillosas descripciones en las diferentes áreas que abarca esta educación: zoología, geografía, historia, etc. Sus profesores de movimiento (educación física) confeccionaron a mano un cuadernillo con diversos juegos y ejercicios ilustrados por ellos mismos con dibujos que explican tales ejercicios. Los profesores de lenguaje, alemán e inglés envían también las tareas bajo esta modalidad y así, cada día nuestros hijos reciben sus quehaceres, los que nosotros, sus padres, imprimimos o copiamos para dárselos a ellos en un formato ajeno a la pantalla. Para las familias que no tienen la posibilidad de imprimir o copiar, se les deja en el colegio una copia ya impresa, de todas las tareas de la semana; las que, con un permiso de retiro de materiales, se pueden ir a buscar, al igual que todos los materiales que sean necesarios para que los niños y jóvenes puedan realizar sus actividades.

La jornada se lleva a cabo en casa con un ritmo igual al del colegio: comenzamos temprano en la mañana hasta las 13:30, con el hermoso rito de saludo (encendemos una vela, los niños dicen su verso matinal y luego tocan una pieza musical en flauta; al terminar en el medio día decimos un verso en conjunto). Es que el Giordano no es un colegio artístico, es un colegio que forma el alma de nuestros hijos mediante la belleza y la bondad, buscando la devoción y el impulso de la voluntad propia del alma que conduce a niños y jóvenes a realizar sus quehaceres motivados por el interés de aprender, por el ejemplo que ven en sus maestros, por la alegría de lograr avanzar y no por la nota, la competencia, el premio o el castigo (el colegio no hace pruebas ni exámenes).

Para las comunas en Fase 2 que permiten un aforo de cinco personas dentro de las casas, las familias que deseen prestan su hogar para reunir cinco niños que reciben clases presenciales una vez a la semana con su maestra. En estos encuentros, recitan sus versos, tocan flauta, aprenden, hacen tareas, tienen recreo en los que juegan en los patios de las casas que los acogen, y sobre todo: se encuentran verdaderamente en lo humano. En estos encuentros se respetan las normas sanitarias establecidas y no ha habido contagio alguno desde que ha comenzado esta experiencia.

En el caso de que las familias no quieran enviar a sus hijos a este tipo de encuentros, los maestros continúan enviando las materias nuevas, tareas y actividades para la semana y van a sus casas a hacerles la clase de manera individual, si así lo prefieren.

Nuestros hijos continúan también con sus clases de instrumentos (piano, violín, flauta, cello o viola y otros), pero sólo de manera telefónica (aunque hay un maestro que hace clases presenciales si así lo quiere la familia) una vez por semana, momento en que ellos tocan sus piezas y los profesores los corrigen y ayudan a perfeccionar su trabajo. Escucharlos practicar cada día, con un ritmo de horario, los conciertos en el caso de los más grandes y los incipientes acordes en el caso de los que recién se inician en este arte, es un regalo para todos en casa.

Para los más pequeños, de kínder, las tías los acompañan enseñándole a los padres los alegres juegos que allí compartían, los enriquecedores cuentos y las exquisitas recetas de pan, quequitos y galletas que antes estos mismos niños preparaban durante sus jornadas de clases, y que compartían en una rica colación y que ahora siguen preparando para compartir con sus familias.

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La suma de todo esto, sin lugar a dudas, no es lo mismo que estar en el colegio, pero es infinitamente mucho mejor a que estén pegados mirando una pantalla, escuchando clases online.

El Giordano logra, armónicamente, equilibrar toda esta formación profunda del ser, con la formación académica, entregando las hoy llamadas “materias duras”, desde el respeto por el desarrollo gradual y natural del niño, de tal manera que esa “dureza” no toca el corazón de nuestros hijos, sino que incorporan los contenidos desde esa misma naturalidad del momento evolutivo en que se encuentran, en la dimensión de la belleza y del sentido real que tienen cada una de las materias. Si pudiera reflejar en pocas palabras qué es la educación Waldorf que entrega el Giordano, diría que es la danza armónica entre la formación del ser humano en su profundidad junto con la paulatina formación del intelecto, todo está trabajado por los maestros de nuestro colegio para conducir a nuestros hijos a ser adultos con un pensamiento correcto, con la capacidad de asombrarse, de poder captar y comprender la realidad del mundo y la belleza en el vivir.

Sí, nuestro colegio ha ido al rescate de lo humano, con un gran esfuerzo cariñoso de parte de los profesores del colegio y la buena voluntad de los padres, que sí, tal vez tenemos algo más de trabajo que poner a nuestros hijos frente al computador, pero muchísima más tranquilidad y alegría al verlos desarrollarse como personas, desplegando el alma, encendiendo sus corazones tanto como en estos días es posible; y es cierto, esto no es la vacuna que evita que nos enfermemos, pero es el sustento que le da fuerza al alma para salir delante en cualquier dificultad.

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