Por Pedro Azocar

Sabemos muy bien que todos estamos expuestos al virus, que su capacidad de contagio es universal, pero también que no todos reaccionaremos igual ante la infección. Esto derivó finalmente en una disgregación social que ahora nos discrimina.

El mundo comienza a dividirse entre humanos contagiados, sospechosos de estarlo, personas que aún no se contagian, otros que mueren por la enfermedad y el nuevo grupo ideado en Chile que se denomina los no contagiantes.

Este último neologismo alude, en el fondo, a los sobrevivientes, a quienes tuvieron COVID-19 y salvaron con vida, quienes, según presumen algunos científicos, habrían generado cierta inmunidad ante el virus y ya no podrían volver a enfermar y menos ser agentes propagadores de la epidemia. Algo sobre lo que nadie tiene “evidencia concluyente”, como dicen los expertos, pero que ya se instaló como verdad en Chile.

Este grupo, de los no contagiantes, es hoy el que posee mayor valor para el sistema, pues se vuelve esencial para mantener en funcionamiento el mercado, ya que sus integrantes no están sometidos al “distanciamiento social o físico obligatorio” como ocurre con todos los otros grupos identificados.

Eso explica la lógica que rápidamente se impone entre quienes toman las decisiones. La estrategia no es evitar que la gente se contagie y enferme, sino que regular este proceso para que ocurra lentamente y así no colapsar el sistema de salud.

Lo dijo el ministro del ramo, Jaime Mañalich: “El esfuerzo no es que nadie se contagie, sino que la mayor cantidad de gente se contagie de una manera lenta para que no ocurra un momento en que hay tantas personas enfermas que el sistema sanitario no pueda sacarla adelante. Esa es la línea que tenemos que ir siguiendo”.

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La idea, entonces, sería aumentar lo más rápido posible el número de no contagiantes, pero sin que se dispare la cifra de contagiados para que los enfermos no colapsen el sistema sanitario y muchos mueran por falta de atención. Los no contagiantes son la clave de la estrategia, pues estos permitirían poner en marcha la economía. Números y cifras es lo que prima en las decisiones.

El filósofo francés Michel Foucault adquiere, en estos días aciagos, una vigencia que ayuda a mirar las cosas en perspectiva y aporta luces para tratar de entender lo que sucede. Foucault exploró la forma en que el poder opera y organiza la sociedad humana. Un poder entendido, no de la manera clásica, como el ejercicio de una fuerza superior de unos sobre otros.

El filósofo lo concibe más como una relación dinámica entre el conocimiento de las cosas, la estructuración de una verdad a partir de ese conocimiento y, a través de esta verdad, el ejercicio del poder mediante la estructuración de un discurso que, por ser “verdadero”, se vuelve hegemónico, dominante, ya no por la fuerza de la coerción, sino por el poder de la razón, del supuesto saber que lo acredita.

Pero, ¿cómo opera esta concepción en la práctica? Es bastante simple.

Cuando el Ministerio de Salud (Minsal), por ejemplo, llama a la población a usar mascarillas protectoras, ejerce poder a través de este discurso ya que motiva un cambio conductual en la ciudadanía: todos usarán mascarilla pues la instrucción emana de quienes son los entendidos, comité asesor mediante.

Si bien la efectividad de este implemento para prevenir el contagio es discutible, la Organización Mundial de la Salud (OMS) descarta que el uso masivo sirva realmente, el Minsal habla desde “lo que recomiendan los expertos”, “lo que establecen criterios científicos internacionales al respecto”. Es decir, se basa en una suerte de “conocimiento” comprobado en una cierta “realidad” para asegurar que esto es “verdad”, noción que ejecuta como acto de “poder” mediante su “discurso”, cuando interpela a la gente para que “usen mascarillas”.

Este ejemplo grafica una dinámica de poder de acuerdo con la concepción de Foucault. De hecho, no es necesario que el saber sea verdadero para que el mecanismo funcione. Llega un punto en que solo basta que el discurso lo enuncie “el experto”.

Los anormales

Muchos de los estudios de Foucault apuntan a determinar cómo la medicina se convirtió en un paradigma de verdad, eficiente y totalmente funcional a este ejercicio.

En el libro Los Anormales (1999), el francés describe el trato que la sociedad medieval daba a los leprosos y lo compara con lo que ocurrió a fines del siglo XVII, inicios del XVIII, con el advenimiento de la peste.

El leproso del medioevo, explica Foucault, era excluido de la sociedad, era expulsado mediante un ritual religioso de purificación. Había reglas explícitas: “hacia 1400-1430, el leproso debe sufrir en ciertas diócesis del norte y el este de Francia una ceremonia concerniente a su separación. Llevado a una iglesia mientras se entona el Libera me, como si fuera un muerto, el leproso escucha la misa escondido bajo un catafalco, antes de ser sometido a un simulacro de inhumación y acompañado a su nueva morada.”

Este proceso, explica, era una forma de purificar a la comunidad mediante la negación del otro enviándolo al exilio, “hacia un mundo exterior, (…) más allá de las murallas de la ciudad, más allá de los límites de la comunidad. Constitución por consiguiente de dos masas ajenas una a la otra, (…) esta exclusión del leproso implicaba la descalificación (…) jurídica y política de los individuos así excluidos y expulsados”.

Estos rituales desaparecieron junto con la lepra, pero no las enfermedades, y esta modalidad de exclusión varió a inicios del siglo XVIII con la peste, donde los “apestados”, no eran excluidos y expulsados de la ciudad, sino que sometidos a la cuarentena.

La ciudad en estado de peste (…) se dividía en distritos; éstos, en barrios, y luego en ellos se aislaban calles. En cada calle había vigilantes; en cada barrio, inspectores; en cada distrito, responsables de distrito; y en la ciudad misma, o bien un gobernador nombrado a esos efectos o bien los regidores que, en el momento de la peste, habían recibido un poder complementario”.

El filósofo encuentra en esta disposición orgánica de roles y funciones específicas la configuración de una estructura de poder piramidal de control social donde “los inspectores de los barrios y distritos debían hacer su inspección dos veces por día, de tal manera que nada de lo que pasaba en la ciudad podía escapar a su mirada. Y todo lo que se observaba de este modo debía registrarse (…) con la transcripción de todas las informaciones en grandes registros”.

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“Cada individuo tenía asignada una ventana en la cual debía aparecer y, cuando lo llamaban por su nombre, debía presentarse en ella; se entendía que, si no lo hacía, era porque estaba en cama; y si estaba en cama, era porque estaba enfermo; y si estaba enfermo, era peligroso. Y, por consiguiente, había que intervenir. En ese momento se clasificaba a los individuos entre quienes estaban enfermos y quienes no lo estaban” describe.

Como vemos, en pleno siglo XXI, esta estructura de cuarentena no ha cambiado demasiado y hoy, con el aporte tecnológico del Big Data que implementaron con relativa eficiencia los asiáticos, es posible geolocalizar en tiempo real a la población en aislamiento obligatorio, conocer sus contactos y ponerlos en cuarentena ante la posibilidad de que estén también contagiados.

El dato relevante para Foucault es cómo se modifica el ejercicio del poder en este escenario, un poder que ya no opera de manera excluyente, como lo hacía con el leproso, que al ser exilado se invisibilizaba.

La lepra, dice Foucault, “exige distancia, la peste (…) implica una especie de aproximación cada vez más fina del poder en relación con los individuos, una observación cada vez más constante, cada vez más insistente.” A diferencia del leproso, no hay expulsión purificadora de la comunidad, sino una inclusión que tiene por objeto maximizar la salud, “la vida, la longevidad, la fuerza de los individuos”.

Desde esta perspectiva, el poder no obra por exclusión en la peste, no separa a masas de leprosos de las masas comunitarias, sino que opera distribuyendo individualidades específicas -los contagiados- dentro de ella, al interior de los muros de la ciudad. El poder no está ligado al desconocimiento del otro, a su negación, sino “al contrario, a toda una serie de mecanismos que aseguran la formación, la intervención, la acumulación, el crecimiento del saber” y, por ende, la estructuración de un discurso de verdad que se legitima.

La peste, para Foucault, es el momento en que los estudios para analizar las características de una población humana se pueden llevar a extremos insospechados por parte del poder político, “cuyas ramificaciones capilares llegan sin parar hasta el grano de los individuos mismos, su tiempo, su vivienda, su localización, su cuerpo”, porque el poder se ejerce, para Foucault, sobre los cuerpos.

Invisible y poderoso

Hoy, situados en medio de esta pandemia, vivenciamos de hecho, un proceso de escrutinio de nuestros cuerpos. Barreras sanitarias nos controlan la temperatura al pasar por ellas, otros estamos enclaustrados en cuarentena, otros, sometidos a test rápidos de monitoreo, algunos, a exámenes PCR que buscan determinar en cual categoría son situados.

Si tienes fiebre, eres sospechoso; si arrojas positivo, eres contagiado y quedas en cuarentena; si tienes síntomas y agravas, vas al hospital, pero, si sobrevives te conviertes en no contagiante. Es la estratificación que establece el poder sobre los cuerpos a través de un discurso basado, dicen, “en evidencia científica”.

Por eso, la pregunta al inicio de este artículo es tramposa, porque la respuesta no depende de lo que uno diga o quiera. Son otros los que determinan donde te sitúan. Es factible en todo caso hacerse la pregunta, pero nada más como un simulacro de sobrevivencia.

Yo, por ejemplo. No me he contagiado del SARS-CoV-2 hasta el momento, por lo tanto, entro en la categoría de los sanos, de los no contagiados. Pero ahí, ¿dónde me ubico? ¿Tengo o no una enfermedad de base?

En mi caso, sí, y de alto riesgo, según indican “los expertos”. Por lo tanto, podemos decir que soy un no contagiado de alto riesgo. ¿Dónde me sitúa eso en la ecuación sanitaria? ¿Tengo posibilidad de llegar a convertirme en un no contagiante?

Según “los expertos”, menos probabilidades que un no contagiado realmente sano o de bajo riesgo, por lo tanto, y ahí viene la pregunta que expresa la dinámica de poder que subyace en todas estas clasificaciones: ¿valdrá la pena para la lógica del sistema sanitario invertir recursos en mi eventual recuperación? Tal vez no, tal vez sí, todo depende del contexto en que caiga enfermo, en la cantidad de camas críticas disponibles en ese momento.

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Es por esto que las clasificaciones del gobierno no son neutras, como tampoco lo son las palabras que utilizan para elaborar sus discursos, porque ellas evidencian su lógica de poder. No hay inocencia en lo que dicen.

“Estamos en guerra contra un enemigo invisible y poderoso”, afirman, usando una muletilla que evidencia una permanente interpretación belicista de las crisis. Una cruzada contra algo que no podemos ver y que debe ser derrotado con la fuerza de todos, como en una batalla.

En esta batalla colectiva, curiosamente, y a diferencia de lo que hemos visto en otros países, los héroes no son los trabajadores sanitarios que la pelean a riesgo de sus vidas en la primera línea de fuego de las urgencias hospitalarias, sino que son aquí, los no contagiantes, los sobrevivientes al COVID-19. Ellos serán los poseedores de un carné especial, un salvoconducto que les otorgará privilegios respecto de los otros, ellos son los elegidos del poder, porque sacarán adelante el sistema que lo sustenta, los que pondrán en marcha el mercado, la economía.

El resto de los partícipes de esta guerra contra lo invisible avanzarán lentamente hacia el frente de contagio y ahí, los más vulnerables (ancianos, diabéticos, hipertensos, obesos, deficientes renales, enfermos de cáncer, asmáticos, cardíacos, inmunodeprimidos, etc.) tal vez mueran en el fragor de la batalla, sin alcanzar a obtener la medalla que los habría convertido en triunfadores no contagiantes.

Enfrentamos un enemigo invisible y extremadamente poderoso, dirán sus epitafios.

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