Por Pedro Azocar

“En Chile no hay presos políticos”.

La afirmación del ministro Víctor Pérez, al visitar La Araucanía por primera vez en su calidad de jefe de la cartera de Interior, alude a los 27 mapuches recluidos en la cárcel de Angol y otros recintos penales de la zona, que ya cumplen 100 días en huelga de hambre.

Ellos se autodefinen como presos políticos, porque si bien están recluidos por diversas acciones consideradas como delitos, asumen que las cometieron en el contexto de la pelea que libran por la recuperación de sus territorios y la defensa de su cultura. Una zona militarizada y en conflicto permanente con el Estado chileno, al que se sumaron ahora grupos de civiles organizados. Una verdadera guerra de desgaste que se prolonga por décadas.

El antropólogo chileno José Bengoa aborda en la segunda parte de su libro Historia de los antiguos mapuches del sur, editado por Catalonia por primera vez en 2003, lo que define como guerra ritual, en contraposición a la guerra de exterminio.

Dos concepciones que habrían chocado durante el proceso de conquista del territorio al sur del Biobío, realizado por los españoles a partir de 1540.

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Según la tesis de Bengoa, los pueblos originarios concebían la guerra como un rito, como una ceremonia a través de la cual restablecían la armonía rota a raíz de una acción en que alguien había sido vulnerado. No se trataba de aniquilar al otro para apropiarse de sus posesiones o territorio, simplemente el conflicto buscaba recomponer aquello que se había descompensado para recuperar el equilibrio perdido.

Bengoa se basa en el testimonio documental de los conquistadores almacenado en el Archivo General de Indias con sede en la ciudad de Sevilla, al sur de España, al que tuvo acceso para escribir su trabajo. Son millones de páginas, mapas y dibujos que dan cuenta de la administración de los territorios de ultramar, la correspondencia de los conquistadores, relatos de capitanes y curas que refieren sus acciones durante la conquista.

En ellos se describe uno de los primeros encuentros entre conquistadores y mapuches. Unos venían por el oro, las tierras y servidores (esclavos); mientras que los naturales buscaban, mediante un acto ritual, conjurar ese peligro, una amenaza que aún no dimensionaban en su brutal proporción.

El 24 de enero de 1550, Pedro de Valdivia llega a la ribera norte del Biobío, no lo cruza y avanza hasta la zona nombrada por ellos como Concepción, donde enfrenta a los locales en Penco. Los mapuches de las distintas comunidades repartidas en ese territorio reaccionan y se congregan en una junta, un cahuín, como primer acto para la guerra. Así lo relata Alonso de Góngora Marmolejo, capitán del ejército de Valdivia y cronista español de la conquista, citado por Bengoa en su texto:

“Estos despertando a la voz, hicieron junta a su usanza, que es juntarse en un campo llano y con gran cantidad de vino que hacen de maíz y de otras legumbres todos juntos beben, y después de haber bien bebido, un principal práctico de semejantes oraciones se sube en un madero que para el efecto tiene hincado en medio de todos, y allí les habla poniéndole por delante sus trabajos y libertad, y la orden que para ello dan los señores principales a quienes todos tienen de obedecer: que se animen a tomar las armas y echen de sí una carga de tanta pesadumbre”.

La derrota del rito

Bengoa plantea que el encuentro es parte del rito de la guerra. El cahuín se realiza en una cancha de ngillatún, un sitio sagrado donde el lonko sube al rehue para hablar desde esa altura. La ceremonia implica ingesta de alcohol porque aporta al trance, a alterar los estados de conciencia y posibilitar el contacto con lo inmaterial.

“Los españoles percibían que esas reuniones duraban muchos días y se asustaban de ello. Decían que bailaban, pero lo más probable es que se entrenaban en acompasar la marcha de las escuadras (para la guerra)”, especula el autor y hace sentido por lo que ocurre durante el primer encuentro en el campo de batalla. Para los mapuche era un rito, para los españoles, una fase de su plan de conquista, sometimiento y exterminio. Es el choque de dos formas de concebir la guerra.

Según los relatos de indias, los mapuches usaban vistosos trajes de colores, adornos de plumas, vestimentas de cuero y cascos del mismo material elaborados con cabezas de animales, se distribuían ordenadamente como escuadras en el campo de batalla y músicos tocaban largas trompetas y todo tipo de instrumentos.

“Llevan unas celadas (cascos) en las cabezas que les entraban hasta por debajo de las orejas, del mismo cuero (…) y encima de estas celadas por bravosidad llevan la cabeza de un león, solamente el cuero y dientes y bocas, de tigres y zorras y de gatos y otros animales que cada uno es aficionado. Y llevan estas cabezas las bocas abiertas que parecen muy fieras. Y llevan detrás sus plumajes”, relata Góngora Marmolejo.

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También lo corrobora el mismo Pedro de Valdivia: “bien armados de pescuezos de carneros y ovejas y cueros de lobos marinos crudíos, de infinitos colores, que era en extremo cosa muy vistosa y grandes penachos, todos con celadas (cascos) de aquellos cueros, a manera de bonetes grandes de clérigos, que no hay hacha de arma, por acerada que sea, que haga daño al que les trajese, con mucha flechería, lanzas… y mazas y garrotes”, dice el conquistador en la cita que trae Bengoa a su ensayo. Una imagen muy distinta a la visión que existe del mapuche vestido con un pobre taparrabos y un cintillo en la cabeza, vigente en el imaginario del hoy.

Lo más sorprendente de estos relatos es que en el primer enfrentamiento hay una puesta en escena de los mapuches de carácter teatral, que termina de configurar la noción del rito. Así lo describe el cronista: “acometen haciendo mil monerías, dando saltos, tendiéndose en el suelo, levantándose con gran ligereza, quebrando el cuerpo y haciendo acometidas y retiradas y tan sin temor a la muerte como los bárbaros”.

La concepción de la guerra que trae consigo el conquistador opera con pragmática eficiencia, ya que su objetivo es exterminar al enemigo y luego someter a los sobrevivientes, mientras que el concepto mapuche es totalmente ineficiente ante un oponente que desconoce las reglas de su ritual bélico, el español no las respeta, las vulnera sin piedad y eso garantiza su victoria.

El objetivo del conquistador no es restaurar un equilibrio roto, sino imponer un nuevo orden que busca convertir al conquistado en servidor del rey y de un nuevo dios. Nada más imposible con los mapuches que con el tiempo aprenderán de la guerra española, de sus tácticas y armas, hasta que Lautaro terminará por derrotarlos.

“El que no salta es mapuche”

Consultamos a José Bengoa sobre la vigencia de su ensayo, le pedimos una reflexión respecto a lo que ocurre hoy con los mapuche, la nueva lógica que adquiere el conflicto en una zona militarizada en la que irrumpen ahora civiles con ímpetus racistas. “En el accionar de los grupos mapuche activos, no ha habido ninguna política, por decir así, de exterminio”, asegura.

Bengoa alude a que las acciones que realizan las organizaciones de resistencia mapuche son de sabotaje, dirigidas a dañar la infraestructura privada de las empresas y no la vida de las personas. “El único caso de muerte, que es el caso de la pareja Luchsinger Mackay, es algo absolutamente extraño, es un caso que la misma Coordinadora Arauco Malleco (CAM) ha rechazado como una cosa en la que ellos no tuvieron ninguna participación dejando claro que no están de acuerdo”, explica.

“Cuando los mapuche dicen ‘nosotros somos pacíficos’ se refieren a eso, se refieren a que el concepto de guerra que tienen no es necesariamente un concepto de eliminar al contrincante, sino que buscan restablecer un equilibrio roto”, algo que culturalmente han mantenido en el tiempo.

Históricamente en La Araucanía hay un racismo larvado, contenido. En un estudio que hicimos hace años, veíamos que en una localidad rural había dos horarios de salida de microbus en dirección a Temuco. Uno salía a las 8:00 de la mañana y otro a las 8:10. En el primero viajaban sólo mapuche. Quienes no se identificaban como tales preferían esperar el micro de las 8:10, aunque significara llegar más tarde a la ciudad. Consultados al respecto, expresaron que no abordaban el primer bus a causa del olor a humo de los mapuches, a quienes ven como gente desagradable”.

Bengoa relata esto para explicar la reacción racista de grupos civiles que actuaron violentamente para desalojar las tomas pacíficas de los municipios de Curacautín, Victoria, Traiguén, Collipulli y Ercilla. Todas en apoyo a los huelguistas de hambre.

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Apunta a la postura expresada por el gobierno durante la visita a la zona del ministro de Interior, Víctor Pérez, quien instó a los alcaldes de los municipios tomados a “solicitar los desalojos” un día antes de los violentos incidentes: “si tú quieres encender la pradera no negocias y lo dices públicamente y con eso prendes un fósforo en este enorme pastizal seco del racismo larvado que hay en esa zona del país”, explica. “Si un ministro del Interior dice no hay presos políticos, bueno, está diciendo una cosa muy fuerte, ¿no?”, enfatiza el antropólogo.

Del mismo modo, cuenta que ha visitado varios penales y que Gendarmería hace una distinción evidente entre los presos comunes y los mapuche, segregan incluso los días de visita y los someten a otras condiciones. “Empíricamente opera una distinción entre los comunes y los comuneros”, asegura.

A esto se suma que “tribunales internacionales han determinado que se trata de presos políticos en litigios desarrollados contra el Estado chileno”. Destaca además que, en el contexto de la pandemia, se excarceló a muchos reclusos comunes para evitar contagios a causa del hacinamiento carcelario, pero no a los mapuche, muchos de los cuales están sólo en prisión preventiva ya que no pesan sobre ellos condenas definitivas. “¿Por qué a ellos no?”, se pregunta el académico y aventura una respuesta:

“Es una discriminación brutal, más aún cuando no hay hechos de sangre que se les imputen. El único caso de este tipo es el de Celestino Córdova, cuyo juicio fue inicuo”.

Dialogar desde la sordera

Cuando el ministro Pérez niega la existencia de presos políticos aludiendo a los mapuche en huelga de hambre, opera con la misma lógica de hace 500 años, la comunicación se hace imposible cuando chocan dos códigos que no conjugan de igual forma los conceptos.

Para los españoles, dice Bengoa en el ensayo aludido, “era impensable no poseer un Rey, Señor y por tanto no servirlos. Era como no creer en la existencia de Dios. Siglos de feudalismo y la larga historia europea de los señoríos y vasallajes habían establecido que el sentido de la vida era ser un buen servidor del Rey”.

De hecho, todos los conquistadores emprenden su cometido al servicio de la corona y los curas que los acompañan sirven a Dios, es lo que da sentido a su misión, pero sucede que se encuentran con los mapuche, un pueblo que se niega a servir, a ser convertido en mano de obra para alimentar la ambición de otros. La libertad y el territorio son condiciones inherentes a la vida. Si no están, solo hay muerte.

Los mismos cronistas relatan que los mapuche conquistados se resisten, se niegan a trabajar en las minas de oro y los campos, se rebelan, escapan y atacan o ante la imposibilidad de hacerlo, se dejan morir de hambre.

El machi Celestino Córdoba, condenado por la muerte del matrimonio Luchsinger MacKay, cumple 100 días sin ingerir alimento y amenaza ahora con iniciar la huelga seca.

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“Lamento mucho que tenga que entregarle mi último mensaje dentro de mis últimos días que me quedan para mi sacrificio, en forma definitiva, por lo que para mí será un orgullo dar la vida por mi pueblo mapuche“, dice al inicio de un audio que registró como despedida y en el que anuncia su inmolación.

“Todos los pueblos que luchan por su creencia espiritual, por su territorio, por su libertad, por sus derechos, por dignificar a su pueblo siempre en búsqueda del pleno equilibrio del orden natural de nuestra madre tierra, el Ñuke Mapu que nos han privilegiado sobrenaturalmente a todos como humanidad y que tristemente aun no ha habido mayor conciencia en valorarla como se merece”, agrega, aludiendo explícitamente al equilibrio roto, a que la dimensión de su espiritualidad es inherente al territorio, a la libertad y a los derechos sin lo cual la vida carece de sentido.

Las cosas no han cambiado mucho en cinco siglos. Hoy, las propuestas del Estado chileno apuntan a reconvertir a los mapuche que se resisten en actores productivos al servicio de la economía, de las empresas o del Estado, nada muy distinto a lo que antes pretendían los españoles.

Rodrigo Curipán, vocero de los huelguistas mapuche, dijo ante la comisión de Derechos Humanos del Senado que “el Estado quiere imponer la forma de escuchar”, aludiendo al llamado al diálogo que hizo el gobierno.

Sus palabras explicitan de manera magistral lo que ocurre. Da lo mismo lo que expresen los mapuche, porque el Estado escuchará solo lo que quiere oír, toda conversación deja de tener sentido cuando existe este problema de comunicación y se convierte en un diálogo de sordos.

Estamos en una etapa en que más que las palabras, son los gestos los que resultan eficientes para la comunicación. El más dramático de ellos, el del machi Celestino Córdoba, que pretende convertir su muerte en la expresión muda de un silencio que nadie escucha.

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