Por María Paz Epelman

El jueves fue noticia la petición de la ex alcaldesa de Maipú, Cathy Barriga, de devolución de una yegua según ella de su propiedad, que estaría siendo mantenida hace meses en dependencias municipales. ¿Por qué tanto escándalo? Simple: porque de las conclusiones que generamos colectivamente a partir de estos eventos, aprendemos como sociedad. Evolucionamos y movemos la frontera de lo aceptable y lo inaceptable.

Aquí los cuestionamientos son por dos situaciones diferentes: primero, que una autoridad pública acepte un regalo de alto valor (la yegua) como patrimonio personal. Y, segundo, que una autoridad use eventualmente recursos fiscales para mantener un animal de su propiedad.

¿Un servidor público puede recibir un regalo en forma personal? Es claro que no. Pero, ¿puede hacerlo en forma institucional? El sentido común, de no estar regulado el tema, sugiere que no. Ningún regalo es inocuo. Recuerdo cuando a inicios de los 2000, el entonces General Director de Carabineros, Alberto Cienfuegos, prohibió a la institución recibir regalos de parte de terceros, como empresas u otras organizaciones, aunque fuesen donativos bien intencionados. Por ejemplo, televisores para instalar en comisarías. Porque hasta los gestos mejor inspirados pueden prestarse para otra cosa. Y porque una institución del Estado debe contar con los recursos adecuados para su trabajo, sin requerir ese tipo de micro-donaciones.

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¿No hay espacio entonces para la filantropía? Sí, lo hay, pero normada y encauzada institucionalmente con un marco que no admita dudas.

Son varios los regalos de nuestra historia reciente que han costado cargos. La yegua nos hizo recordar al caballo que le valió la renuncia a un ministro de Vivienda. Se lo había regalado un empresario de la construcción. Hoy sería impensable.

En la edición de CHV Noticias Central de este jueves 1 de julio, en la nota sobre el caso de Maipú elaborada por el departamento de prensa que dirijo, cometimos un grave error de omisión. Reconocerlo y repararlo es también parte de la cultura de transparencia que debemos construir.

La omisión afectó la imagen pública de Heraldo Muñoz. Dijimos en la nota que la Contraloría había ordenado al entonces Canciller chileno a devolver un valioso reloj que había recibido como regalo de parte del embajador de Emiratos Árabes. En rigor, no mentimos. La resolución de la Contraloría sí le indicó devolver el reloj. Pero omitir el origen de ese dictamen –por error, no intencionalmente- altera completamente la historia. Y la historia es buena, vale la pena darla a conocer.

Heraldo Muñoz recibe el reloj y se complica. No es llegar y devolver un regalo así, porque ello podría ofender al embajador, considerando que la sensibilidad en el mundo árabe es diferente. Afortunadamente el Canciller tenía experiencia y supo que un mal movimiento podría dañar innecesariamente una relación internacional. ¿No se trata de eso la diplomacia? Pero no quería recibirlo. Entonces escribió un oficio a la Contraloría General de la República solicitándole un pronunciamiento oficial sobre el particular, exponiendo en detalle las circunstancias (era un presente navideño) y las características del objeto, que no era de oro pero sí de marca Longines y alto valor. Así, podría devolverlo cortésmente, argumentando que el ente fiscalizador se lo instruyó.

Así consta en el dictamen de la Contraloría. Se lee allí que el ministro de RR.EE. solicitó el pronunciamiento. Nuestro error de omisión fue no contar la historia completa. Y eso cambia radicalmente la imagen con que se queda la audiencia acerca del ex ministro. En un caso, parece que la Contraloría la hubiera exigido devolver un regalo caro… en el otro, por el contrario, es claro que el ministro toma la iniciativa, es proactivo, entrega toda la información, pide un pronunciamiento y de paso la cancha queda rayada de ahí en más, para el resto de las autoridades. Así, Heraldo Muñoz sube la vara de la probidad pública hacia adelante en esta materia.

La diferencia con la actitud de la ex alcaldesa de Maipú es sideral. Ella sostiene, en nuestra nota del jueves, que no debe dar explicaciones, que la yegua se ha utilizado en una iniciativa de hipo-terapia para niños autistas. Sería un uso muy loable para el animal, pero no es el asunto en cuestión. Ella no debió recibir ese regalo, de parte de un admirador o fan o seguidor, en su rol de alcaldesa. No hay matices. Tampoco debió gastar recursos públicos en mantener un animal de su propiedad. Pero ahora que ya no es una autoridad, puede recibir todos los regalos que quieran hacerle aquellos que la admiran y quieren.

Más allá de la anécdota y la polémica, estos eventos nos hacen reflexionar sobre los estándares de probidad a todo nivel en la sociedad. Partiendo por los funcionarios públicos, por ley, pero siguiendo con los ejecutivos o empleados de empresas públicas y privadas, y los periodistas de medios de comunicación, a lo menos. Se trata de cargos y roles que toman decisiones que afectan a terceros y cuya imparcialidad debe ser garantizada. En el fondo y en la forma.

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En muchas empresas privadas, la ética corporativa tiene décadas. Las empresas que se transan en bolsa en Estados Unidos están afectas a la ley Sarbanes-Oaxley, que surgió como respuesta a los escándalos de corrupción de Enron y Worldcom hace casi 20 años. En ese contexto, hace tiempo está establecido el límite monetario de un regalo o invitación (viaje, evento, etc.) que puede ser recibido. Y también cómo se devuelven los que lo superan. Hay normas tan estrictas como que no es posible invitar a tomar un café a una autoridad. O incluso enviar flores. Es incómodo a veces, Yo misma lo viví y sentí que devolver un regalo en forma directa, sin un texto adecuado, podía ser rudo. Hostil. Incluso podía llevar implícito el mensaje: “estás tratando de comprarme”. Por eso existen áreas de las empresas encargadas de escribir los protocolos, capacitar anualmente a todo el contingente acerca de cómo proceder y centralizar las consultas y devoluciones. También líneas telefónicas para denuncias anónimas que permiten a terceros denunciar actos que vulneran las normas éticas internas.

¿Se juega en estos detalles –regalos, invitaciones, etc.- el combate a la corrupción? Claramente no. Una empresa puede tener todo un procedimiento de regalos (los que se hacen y los que se reciben), mientras al mismo tiempo sus altos ejecutivos se coluden con competidores. Carabineros de Chile dejó de recibir micro-donaciones pero años más tarde protagonizó un dramático caso de fraude interno. Una autoridad cualquiera puede devolver todos los regalos y atenciones, a la vista de sus colaboradores, mientras en secreto recibe sobornos en maletines. El problema es más amplio y complejo. Pero establecer estas fronteras éticas y estéticas no es un empeño infructuoso. Genera cultura, en uno u otro sentido. Porque si los colaboradores de una empresa ven a su jefe aceptar regalos, invitaciones o viajes de parte de un proveedor, se sienten menos compelidos a cuidar los activos de su empleador.

Como contraste, cuando las autoridades se adelantan y actúan con transparencia, como lo hizo Heraldo Muñoz, mueven la vara y generan el efecto llamado “modelo de rol”. Por eso valió la pena contar la historia, en una nueva nota, el viernes 2 de julio. Porque es un ejemplo. Y porque reconocer el error de omisión, en esta columna, también genera cultura.

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