Historias - pandemia

Los estigmas del coronavirus: La pandemia moral que se avecina

El ministro Mañalich se ha referido a las personas con una "enfermedad subyacente" como los más riesgosos a contraer de forma grave el COVID-19. Siendo la población mayor la más expuesta al virus, pocos han detectado el trasfondo inhumano que subyace en el argumento que justifica las muertes de miles de personas en el mundo.

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Por Pedro Azocar
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Cuando se registró el primer caso de VIH en Chile en 1984, grupos religiosos vociferaron que la enfermedad era un castigo de dios contra los homosexuales.

Cuando falleció el primer enfermo de SIDA en agosto de ese año, La Tercera tituló: “Murió paciente del cáncer gay chileno”.

El 3 de marzo de 2020, 36 años después, el ministro de Salud, Jaime Mañalich, informó del primer caso de COVID-19 diagnosticado en Chile y dijo: “todos aquellos que tengan una enfermedad subyacente, severa, como un cáncer o una diabetes mal tratada, tienen un riesgo importante de tener una forma grave de la enfermedad”.

Basta revisar las palabras de los responsables sanitarios de los países del mundo y ese concepto se repite como si una pandemia verbal se hubiera propagado entre los voceros: “enfermedad subyacente”, “enfermedad de base” y “enfermedad prexistente” son variaciones de la misma muletilla, como el monótono sonsonete de una marcha fúnebre.

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“Murió paciente del cáncer gay chileno”, tituló La Tercera y los heterosexuales de los ’80 respiraron aliviados al leer la portada del diario en los kioscos. “El SIDA sólo mata a los gays”, pensaron aliviados. Los grupos conservadores reafirmaron sus convicciones y la condena a la homosexualidad tuvo sentencia: la pena de muerte.

Muchos han dicho que pandemias como la del COVID-19 sacan lo peor y lo mejor de los humanos, pocos han detectado el trasfondo inhumano que subyace en el argumento que los gobiernos están dando para justificar las muertes de miles de personas en todo el mundo.

Le hablan a una audiencia asustada: “tenían enfermedades subyacentes, eran ancianos y eso los hizo más vulnerables”. Saben que muchos de los que escuchan esas palabras respiran aliviados, porque no son viejos, porque creen estar sanos o porque no comprenden lo que escuchan. O peor aún, no quieren comprenderlo.

Se resguardan del miedo en una indiferencia profiláctica que esperan los inmunice.

Todas las brutalidades humanas siempre construyen una justificación. Hasta la violencia más irracional la necesita. Los nazis la inventaron para exterminar a los judíos, los talibanes para decapitar a los paganos. Hay que culpabilizar a los otros de cualquier cosa y eso nos absuelve de sus muertes, nos libera de la responsabilidad y de la culpa: “El cáncer rosa los mató por homosexuales”, no hay virus del SIDA. Murieron por “patologías previas”, no hay coronavirus y menos negligencia de los gobiernos para enfrentar la pandemia.

En mi primera crónica como tele-periodista en cuarentena (“Otro fin del mundo es posible”), transparenté mi condición de vulnerabilidad al COVID-19: “Soy paciente de alto riesgo ante la amenaza de coronavirus, ya que vivo con un cáncer hace 5 años, una enfermedad que debilitó mi sistema inmunológico.”

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No hablo desde la neutralidad ante la pandemia, hablo desde la mirada de alguien que puede terminar justificando la muletilla que utilizará nuestro ministro cuando comunique la primera muerte en Chile: “tenía una enfermedad subyacente, una patología de base”

El estigma de los homosexuales por el SIDA no duró mucho. En 1985, Rock Hudson, un ícono de la masculinidad durante los ’60, confesó padecer la enfermedad. Murió el 2 de octubre de ese año.

Más tarde, en noviembre de 1991, la estrella del baloncesto, Earvin “Magic” Johnson, reconoció ser portador del virus a través de las pantallas de ESPN y CNN en una transmisión para todo Estados Unidos. Al otro día, miles de personas concurrieron a realizarse pruebas de VIH y el presidente, George W. Bush, que evadía el tema, dijo que Johnson era “un héroe del deporte”.

Los enfermos de VIH fueron absueltos de su estigma cuando el mundo comprendió que nadie estaba absuelto de morir de esa enfermedad.

El estigma del COVID-19

Según la Encuesta Nacional de Salud 2016-2017, encargada por el Minsal a la Universidad Católica, el aumento de la diabetes tipo 2 en Chile -que tenía una prevalencia de 9.4% en 2010- llegó en 2017 al 12,3% de la población. Es decir, poco más de 2 millones de chilenos sufren esa enfermedad, al punto que somos el segundo país de América Latina más afectado por esta “patología subyacente”, como dijo el ministro.

La misma encuesta indica que el 27,3% de los chilenos sufre algún grado de hipertensión arterial, esto es, poco más de 4 millones y medio de personas. De hecho, esta anomalía es la principal causante de las enfermedades cardiovasculares, cerebrovasculares y renales, al punto que el 56,4% de las muertes por enfermedad isquémica cardíaca, el 56,3% de la enfermedad cerebrovascular, el 100% de la enfermedad hipertensiva del corazón y el 55.6% de la enfermedad renal crónica son atribuibles a la presión arterial. Males que muchas veces terminan en la muerte a causa de esta “patología previa”.

Otra de las “enfermedades de base” que afectan a los chilenos es el cáncer. Cada año, 40 mil nuevos casos llegan al sistema de salud, es la segunda causa de muerte entre los niños mayores de 5 años y se enferman 500 que tienen menos de 15 cumplidos cada año que pasa.

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La pandemia moral

El Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad de España elabora un informe técnico sobre el COVID-19 que actualiza permanentemente en la medida en que se conocen nuevos antecedentes de la enfermedad.

En la última versión, del 17 de marzo, añaden nuevos hallazgos “acerca de la transmisión en periodo asintomático y a partir de aerosoles y superficies inanimadas, así como las características de los principales grupos de riesgo.”

Basados en antecedentes aportados por China, establecen que “el grupo de edad ≥ 80 años tuvo la letalidad más alta de todos los grupos de edad con 14,8%. Los pacientes que no presentaban comorbilidades tuvieron una tasa de letalidad de 0,9%, frente a los pacientes con comorbilidades que tuvieron tasas mucho más altas: 10,5% para aquellos con enfermedad cardiovascular, 7,3% para diabetes, 6,3% para enfermedad respiratoria crónica, 6,0% para hipertensión y 5,6% para el cáncer”.

Así, establecen que los grupos que ofrecen mayor riesgo ante el COVID-19 los integran aquellas personas que tienen “más de 60 años, enfermedades cardiovasculares e hipertensión arterial, diabetes, enfermedades pulmonares crónicas, cáncer, inmunodepresión y embarazadas”.

Este es el escenario que complejiza el tratamiento sanitario de la pandemia, porque si calculamos cuantas personas en Chile pertenecen a estos grupos de riesgo, podemos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que más de la mitad de la población chilena califica, pues tiene alguna de estas patologías o la edad suficiente, sin contar los embarazos.

El Italia, la lenta reacción ante la enfermedad, la incapacidad de frenar la propagación del virus con medidas drásticas como cuarentenas, la indolencia del gobierno y los ciudadanos, colapsó el sistema de salud al punto que los doctores deben hoy optar entre quién vive y quién muere.

Italia tiene la segunda población más alta de adultos mayores del mundo después de Japón. El drama que enfrenta hoy es que los ancianos dejan de ser prioridad cuando entran a jugar las probabilidades. Hasta el 19 de marzo, el país registraba casi 33 mil 200 infectados y ese día superó a China en la cantidad de muertos, contabilizando 3 mil 405 decesos.

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El jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital de Bérgamo, el doctor Christian Salaroli, le confesó al diario Corriere della Sera: “Si una persona entre 80 y 95 años está con dificultad respiratoria grave, es probable que no puedas proceder (…) son palabras terribles, pero lamentablemente son ciertas. No estamos en condiciones de intentar lo que ustedes llaman milagros”.

El dilema ético que enfrentan los médicos italianos derivó en la elaboración de instructivos. Según un artículo publicado por el diario británico The Telegraph, redactado por su corresponsal en Turín, Erica di Blasi, el centro de salud de esa ciudad estableció un protocolo que dice: “los criterios para el acceso a la terapia intensiva en casos de emergencia deben incluir la edad de menos de 80 o una puntuación en el índice de comorbilidad de Charlson (que indica que otras condiciones médicas tiene el paciente) de menos de 5″.

El artículo cita esta declaración de un médico del recinto: “(quién vive y quién muere) se decide por edad y por las condiciones de salud (del paciente). Así es en una guerra”.

En ese contexto, quienes padecen “enfermedades subyacentes o patologías previas” también pueden ser descartados, pues salvarlos requiere más tiempo de hospitalización, genera un mayor costo económico y necesita un mayor esfuerzo de equipos médicos ya colapsados.

Las pandemias exhiben lo mejor y los peor de los humanos. Esta en particular nos inhibe del contacto físico, nos aísla del otro, aumenta las distancias y hace que el relato se vuelva pragmáticamente biológico. Un discurso que justifica que la decisión entre la vida y la muerte dependa de probabilidades de sobrevivencia, que nos dice que hay personas prescindibles y otras que no lo son.

Si como en Italia no adoptamos las medidas necesarias a tiempo, llegará un momento en que los médicos chilenos tendrán que enfrentar ese tipo de decisiones. Ese día, el virus de la pandemia habrá trascendido de nuestros cuerpos, para infectar la moral de nuestra sociedad. La herida curará con el tiempo, pero la cicatriz quedará para siempre.


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