Por Pedro Azocar

Imaginé a mi vieja en un calabozo. Yo creo que eso fue lo que me motivó a ayudarla, una pequeña gotita que pudiera aliviar en algo el dolor que la gente estaba viviendo”.

Con estas simples palabras, Hildorfo Burgos (65) explica su gesto humanitario, un acto de esos que uno hace sin pensar, sin calcular riesgos ni beneficios. Actos que salen de adentro y evidencian qué tipo de personas somos cuando enfrentamos situaciones que ponen a prueba nuestra humanidad.

Sin saberlo, Hildorfo Burgos corrió un inmenso peligro al abrir la puerta de ese calabozo y permitir salir de él a esa mujer que le recordaba a su madre. “Tenía la misma edad que ella” dice, y reconoce que la imagen lo incomodó, una mujer así en medio de puros delincuentes. “Lanzas, putas y cogoteros”, recuerda.

Hildorfo es un hombre de bajo perfil, discreto, como suelen ser los policías, más aún, cuando dejan de ejercer la profesión y ya no cuentan con la protección de un arma y la placa. Saben que por su trabajo siempre dejan cuentas pendientes con alguien que si tiene la oportunidad vendrá a cobrarles.

Si Ángela Jeria, la madre de la ex presidenta Michelle Bachelet, no lo hubiera buscado 40 años después de que él le abrió la reja de la celda donde estaba prisionera, tras sobrevivir a las torturas de la DINA en Villa Grimaldi, sin lugar a duda, nunca habríamos sabido de su existencia ni de su extraño nombre.

Hildorfo nos cuenta que se llama así por su padre, un obrero que trabajó toda su vida en Cristalerías de Chile, en la planta que la empresa instaló en la comuna de Padre Hurtado. Eso explica muchas cosas, nos permite escudriñar para tratar de entender por qué hizo lo que hizo más allá del gesto compasivo, más allá del impulso irreflexivo que lo motivó a correr un riesgo que pudo costarle la vida.

Cena con la madre de la presidenta

A mediados de 2014, Ángela Jeria invitó al ex detective Hildorfo Burgos a cenar. El policía, hoy jubilado, cuenta que, al terminar de comer ella, le preguntó qué le había parecido la cena, a lo que respondió: “exquisita”.

Dice que Jeria lo miró a los ojos y le dijo: “¿Pero sabe? Nunca como el pollo que usted me dio, nunca comí nada mejor que eso”.

El episodio habla de la memoria, de la necesidad de reconciliar el pasado, de encontrar en él algo rescatable que nos devuelva la humanidad.

Hildorfo Burgos era guardia de la Policía de Investigaciones en el cuartel general de la institución en febrero de 1975 y le tocó ser custodio de Angela Jeria, cuando ella estuvo detenida en el lugar antes de salir al exilio, tras su paso por el centro de tortura de la DINA Villa Grimaldi y la cárcel Cuatro Álamos.

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La historia tras la historia

Cristalerías de Chile es la continuación de la Fábrica Nacional de Vidrios, fundada en 1902, en un galpón de la calle San Diego, entre Franklin y Placer, en lo que hoy es el centro de Santiago. Con el auge de la producción vitivinícola y cervecera nacional, se amplió años más tarde e instaló una segunda planta en la calle Vicuña Mackenna, una tercera en Rancagua y en los ’60, la planta de Padre Hurtado, que se convirtió finalmente en la más moderna de la empresa, el lugar donde trabajó Hildorfo padre.

Había ahí sopladores de vidrio que a puro pulmón fabricaban los chuicos de 5 litros en los que se embotellaba el vino en esa época y tejedores que vestían de mimbre las garrafas. Pero no todo era tan lindo.

La historia de esta industria está ligada al desarrollo y luchas del movimiento sindical chileno porque en sus orígenes promovió el trabajo infantil y el abuso laboral: “Hasta la década de los ’60, el ambiente hostil que vivían los trabajadores de Cristalerías de Chile no se limitaba a las condiciones físicas. También compartían una realidad social compleja dominada por la violencia y la agresión. Los niños eran continuamente maltratados, tanto por los capataces como por los maestros: debían soportar puntapiés y golpes con tijeras, varillas de vidrio caliente y otros objetos”. Así lo describe una investigación sobre la historia de esta empresa publicada en la revista Ultima Década Nº6, del Centro de Estudios Sociales (CIDPA) en enero de 1997.

El informe detalla que en los ’70, durante el gobierno de Salvador Allende, la industria fue intervenida y quedó en manos de sus trabajadores, supervisados por mandos técnicos que la mantuvieron en marcha de manera ininterrumpida. Lo importante del período es el rol que jugaron los empleados de la planta de Padre Hurtado, cuyo interventor era Alberto Muñoz, un obrero del vidrio que logró mantener la empresa en funcionamiento: “alcanzando récord de producción y de productividad e incluso inaugurando un nuevo horno”.

Durante la Unidad Popular (UP), dice el informe, el ambiente laboral de los operarios mejoró considerablemente: “a partir de 1972, se empezaron a observar cambios en las condiciones de trabajo. Por ejemplo, se instaló un moderno policlínico, en lo que era la casa del administrador, y fue inaugurada la construcción del actual casino; Allende participó personalmente en la colocación de la primera piedra”.

Ese mismo año, mientras se desarrollaba en octubre el prolongado paro de camioneros que buscaba desestabilizar al gobierno de la UP, los trabajadores de Cristalerías de Chile se organizaron para mantener en funcionamiento la empresa y lo consiguieron creando su propio sistema de abastecimiento de materias primas: “los sindicatos decidieron organizar una caravana de camiones para ir en busca del material necesario. Los trabajos voluntarios se realizaron durante toda la noche (sin alterar el sistema de turnos). La imagen quedó grabada en el recuerdo de muchos: una treintena de camiones, custodiados por apenas seis carabineros, y al frente de ellos el interventor, en un automóvil FIAT arrendado, que había reemplazado el elegante Mercedes Benz del antiguo gerente”. Esta fue una acción épica en ese momento “en medio de un ambiente de guerra, según recuerda un testigo…”, detalla la misma publicación.

Pollo con papas fritas

En febrero de 1975, Ángela Jeria fue trasladada al cuartel central de la PDI, como paso previo a su salida del país rumbo al exilio. Ella no lo sabía.

Ingresó a los calabozos de los subterráneos y quedó recluida. Tras la recepción de los detenidos, la rutina es pasar lista, el oficial a cargo dice el nombre de la persona y ésta debe responder con su apellido.

—Ángela —llamó el oficial.
—Jeria —respondió una mujer entre las reclusas.

El detective Hildorfo Burgos recuerda que en esa época se leía mucho los diarios. Era difícil no saber que Ángela Jeria era la viuda del General Bachelet, quién ocupó importantes cargos en el gobierno de Salvador Allende, lo que le valió la cárcel y la muerte.

Burgos tenía 22 años, era uno de los más jóvenes ese día en la guardia. Una vez hecho el procedimiento de encierro se quedó sólo a cargo de los calabozos y los presos. En su fuero interno, le molestaba que aquella mujer estuviera presa en esas condiciones.

Pasado un momento, se acercó a la celda y la llamó por su nombre. Recuerda que ella se asustó al escucharlo: “tal vez pensó que la buscaba para algo no muy bueno, había en ella mucha fragilidad, se notaba que le habían pasado cosas terribles. Por eso le dije que se quedara tranquila, que se viniera conmigo para que estuviera más cómoda”.

Burgos la sacó de su celda y le permitió quedarse en la guardia donde había un escritorio, sillas, una colchoneta y cobertores, más un anafre para calentar agua o comida.

Recuerda que ella se sentó muy quieta, que la ayudó a cubrirse con una manta de castilla y que hablaron de algunas cosas, no mucho. Que pasaron así la mañana, tranquilos, sin sobresaltos, que ella venía muy golpeada, que en un momento le preguntó si había comido algo y que ella le dijo que nada desde ayer, que tenía hambre.

Burgos salió a la calle y fue a un local donde almorzaban los PDI en Teatinos y compró pollo con papas fritas. No lo pensó, sólo lo hizo. La dejo sola en la guardia del subterráneo del cuartel, cuando regresó, ella ahí estaba… muy quieta.

El detective, hoy retirado, dice que ella comió con ganas, que por la tarde la ayudó con algunas averiguaciones para saber su destino, que unos colegas de policía internacional le contaron que ella se iba al exilio, que se reuniría con su hija en el aeropuerto para volar juntas a Australia. Que la noticia brilló en sus ojos como una luz de esperanza, que se puso feliz.

Después la venció el cansancio y él le cedió la colchoneta, donde ella se durmió. Antes del recuento matinal de reclusos, Ángela debió volver a la celda, más tarde la retiraron y salió rumbo al aeropuerto y de ahí a un largo exilio. Ella y el detective guardaron en secreto esa memoria por casi 40 años.

“Era más de corazón”

Hildorfo no quiere hablar mucho de la historia de su padre, evade el tema porque no le gusta que lo encasillen, sabe que eso siempre trae consecuencias. Su experiencia de policía en un período difícil se lo enseñó con crudeza: “no te puedo decir que no había infiltrados de la DINA en Investigaciones, cayeron muchos colegas detenidos que los sacaban por ‘sapeos’ que había dentro”. Esa experiencia le quedó grabada: “me tocó de guardia ver cómo se llevaban a algunos”.

Pero la conversación se relaja cuando le insisto con su nombre, le pregunto si lo molestaron mucho de pequeño.

Se ríe y me aclara que todos le dicen “Fito”: Hildorfo, Hildorfito igual a Fito, el diminutivo. Me explica y se queda callado un momento.

Pienso que es de esos hombres que hablan poco a través de las palabras. Lo suyo son los gestos, las acciones expresan mucho más de él que lo que dice: “mi viejo era un obrero, de escasos recursos, lo suyo era más de corazón que de otra cosa”.

Hildorfo asume que su padre vio con esperanza el proyecto que encabezó Salvador Allende y que, como todos los obreros de Cristalerías de Chile, se la jugó por sacar adelante la empresa en esas adversas condiciones, más aún cuando la administración estaba en manos de los trabajadores.

Me cuenta que su papá fue reconocido en una oportunidad como el mejor trabajador de la fábrica y que el propio presidente Allende le entregó personalmente un premio. “Ahí se encariñó”, me dice, pero se apura en aclarar que “mi viejo no era militante ni nada, era una cosa más del corazón” insiste, y yo pienso que tal vez eso lo hizo ver todo desde otra perspectiva cuando se encontró cara a cara con el abuso siendo detective.

Veo entonces a su madre casi de la misma edad que Ángela Jeria recluida en un calabozo tras un período de abuso indescriptible. También veo a su padre proletario que, como muchos trabajadores de ese entonces, vivió con esperanza el proyecto trunco de la Unidad Popular y, como todos ellos, quedó abandonado a su suerte luego del golpe de Estado de 1973.

De alguna forma, Hildorfo enfrentó el precio que todos ellos pagaron. No pudo quedar indiferente y lo expresó no con palabras. Lo hizo a través de un gesto.

“Se cometieron atrocidades”

Me cuenta que entró a Investigaciones después del golpe, que un cuñado suyo había sido detective y que lo hizo más por necesidad, ya que, “echaron a mucha gente de las empresas. Como mi papá era obrero de escasos recursos, había que trabajar”.

Reconoce que corrió un riesgo al sacar del calabozo a Ángela Jeria, pero dice que no lo pensó, que le nació ayudarla como un impulso, llevarla con él a la guardia y que “comprarle un plato de comida era lo menos que podía hacer”.

Asume que se cometieron atrocidades durante la dictadura, que hubo funcionarios de Investigaciones que fueron destinados a ser parte de la Dirección de Inteligencia Nacional, la DINA de Manuel Contreras. Pero también dice que dentro de los cuarteles de la policía civil se respiraba un mejor aire, que su pega se enfocó más en perseguir delincuentes, que lo hacían con órdenes emanadas de un juez, que le tocó trabajar en pequeñas unidades judiciales y que estuvo en Maipú. También asume que fue parte de la seguridad del General Fernando Paredes, quien fue director de la PDI por 10 años, entre 1980 y 1990.

Hildorfo tal vez aun no dimensiona que el gesto humanitario por el que hoy destaca pudo costarle la vida.

Los que murieron

Un mes después que él ayudó a Ángela Jeria liberándola por unas horas de su reclusión en el cuartel central de Investigaciones, la DINA detuvo al cabo 2do. del Ejército Carlos Alberto Carrasco Matus, que estuvo destinado en la DINA como guardia en el campo de reclusión Cuatro Álamos, ubicado a la altura del paradero 5 de Vicuña Mackenna, en la calle Canadá, a la altura del 3000.

Muchos de los prisioneros políticos que pasaron por este recinto y sobrevivieron dan testimonio de un custodio, al que llamaban “Mauro”, que tenía una actitud distinta hacia ellos, más humanitaria.

Lo describen como un joven de unos 25 años, alto y de buenos modales, que muchas veces los ayudó ingresando comida e incluso sacando papeles para informar a familiares respecto del paradero de personas que figuraban como desaparecidas, lo que permitió, sin duda, salvar vidas.

Hay quienes testimonian que “Mauro” tuvo bajo custodia en Cuatro Álamos a Laura Allende, la diputada socialista hermana del presidente, detenida durante dos años por la dictadura antes de partir al exilio.

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María Luz Soto Urbina, una de las sobrevivientes relata: “en otras habitaciones se encontraba Laura Allende. Esta contaba con la ayuda de un guardia que se llamaba Mauro, quien la llevaba (…) para que viera a su hija (también detenida). Laura hacia cariños a su hija que al parecer era enferma. Este guardia se portaba bien con las detenidas, les llevaba frutas, huevos y atendía a las embarazadas”.

Esta misma mujer testimonia que posteriormente “Mauro” desapareció y que su nombre real es Carlos Alberto Carrasco Matus, de lo cual tomó conocimiento encontrándose en Tres Álamos.”

El desenlace es cruel. “Mauro”, o Carlos Alberto Carrasco Matus, fue asesinado por el Coronel de Ejército, Marcelo Moren Brito en los jardines del centro de detención y exterminio Villa Grimaldi. El agente civil de la DINA, Osvaldo Romo Mena, declaró a la Policía de Investigaciones que Moren Brito lo ató a un árbol y lo golpeó con una cadena hasta “dejarlo casi muerto”. Dice que no supo que hicieron con su cuerpo. Carlos Alberto Carrasco Matus, “Mauro”, es hasta hoy un detenido desaparecido.

El conscripto que se negó a disparar

En septiembre de 2014, el municipio de Recoleta le cambió nombre a una pequeña calle que bordea al lado poniente del cerro San Cristóbal, lo hizo en memoria de un vecino de esa comuna asesinado el día 29 de ese mismo mes en el campo de prisioneros de Pisagua en 1973.

Michel Selim Nash Sáez era militante de las Juventudes Comunistas y cumplía su servicio militar en la ciudad de Iquique cuando lo sorprendió el golpe de Estado. Los oficiales del regimiento formaron a la tropa e informaron a los conscriptos del levantamiento militar, del “estado de guerra” en el que se encontraba el país lo que los obligaba a tomar las armas.

Michel Nash dio un paso al frente y argumentó que no estaba dispuesto a disparar contra sus propios compatriotas, por lo que fue dado de baja de inmediato, arrestado y enviado al campo de detenidos de Pisagua donde lo asesinaron junto a otros cinco prisioneros políticos. Hasta hoy su cuerpo sigue desaparecido. Sus padres lo buscaron intensamente y ambos murieron sin saber su paradero.

“Cuatro hijas y cuatro yernos”

Hildorfo me cuenta que ya cumplió casi 40 años de matrimonio, que tiene cuatro hijas y seis nietos. Todas ellas son profesionales: una educadora diferencial, una ingeniera comercial, una profesora básica y una periodista. Se retiró de Investigaciones en 1997 por temas económicos, no le alcanzaba la plata para pagar la educación de todas ellas, además dice “cuatro hijas implica también tener cuatro hijos” y se ríe de sus yernos. Trabaja en el servicio público y con lo que gana, más la plata de la jubilación, asegura que le alcanza.

Se puso triste cuando supo que Ángela Jeria había muerto. Siempre mantuvieron contacto, por lo que la echará de menos, pero ahora su mayor preocupación es su mamá que acaba de tener un problema cardíaco y ya sobrepasa los 90 años.

Ella es la mujer a quién Jeria le recordó cuando estaba en esa celda en los subterráneos del cuartel central de la PDI en calle General Mackenna. “Me imaginé a mi vieja en el calabozo”, insiste.

Nos quedamos callados por un momento a ambos lados del teléfono. Yo imagino el sonido de la llave abriendo la pesada puerta metálica de la celda que retumba como un eco en su memoria. Escucho los pasos livianos de una mujer frágil y maltratada. Veo un acto de rescate que en algo cambió la vida de ambos protagonistas.

Ella sin duda encontró la humanidad y la esperanza luego de sobrevivir a lo inhumano. Tal vez él descubrió la redención por haber estado al otro lado de esa reja, de esos barrotes carcelarios que en aquel entonces separaban a la gente a la distancia de un abismo. Pienso que Hildorfo cruzó esa línea.

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