Por Fernanda Jure
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Ya son cinco años los que el mochilero Cristopher Pebe lleva recorriendo el mundo. El peruano de 25 años ha visitado Ecuador, Colombia, Bolivia y Argentina; y la mayoría de sus viajes los hizo junto a su fiel compañero: Caramelito, un pitbull de 2 años y medio. Su último destino fue Chile, donde quedó varado en medio de la crisis sanitaria. Ahora busca ayuda para regresar a su país, junto a su querida mascota. Pero en el camino se ha encontrado con más de un obstáculo.

Está en Chile desde noviembre y alcanzó a recorrer desde Arica hasta Chiloé. Se encontraba en Pucón, cuando comenzaron a informarse los primeros casos locales de COVID-19. “Pensé que iba a ser algo pasajero o que no iba a haber dificultad para avanzar, pero comenzaron a cerrar las fronteras”, cuenta.

Así, se pudo trasladar a Temuco, donde permaneció un mes y medio. Durmió en una carpa hasta que tuvo que pedir ayuda porque la ciudad debía hacer cuarentena. Es por ello que contactó gente por redes sociales: “Estuve en la casa de una amiga que conocí por Facebook, hasta que pude salir e ir al terminal”. Allí le dijeron que debía conseguir un canil para trasladar a su mascota, pero luego de haberlo comprado, le prohibieron subirse al bus.

Sus amigos de internet lo volvieron a ayudar y así pudo conseguir una bicicleta. Con el objetivo de llegar a la capital, Cristopher pedaleó con Caramelito subido a un canasto, pero sus 40 kilos no contribuyeron a que avanzara mucho. Pese a las dificultades, llegaron a Concepción, donde abandonaron la bicicleta y recibieron ayuda nuevamente. Allí otra persona los acogió y les brindó alimentación y transporte, dejando a ambos en la salida de la ciudad.

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Haciendo dedo, el viajero y su mascota llegaron a Chillán y de la misma forma, a Curicó. Pasó una semana de descanso en la casa de un amigo, hasta que logró llegar a Santiago, siempre acompañado del pitbull. Allí se quedó donde una amiga de su familia, pero no pudo continuar mucho tiempo debido a que la dueña de casa tenía enfermedades de base. Finalmente, otra persona se enteró de su situación por redes sociales y los recibió en su casa en la comuna de Independencia: allí se encuentran actualmente.

“He hablado con empresas de buses y aerolíneas. Se complica todo porque es un pitbull, no saben que es cariñoso, regalón, educado y obediente. Tampoco puedo salir a generar ingresos porque no lo puedo dejar solo, entonces ando sin dinero”, cuenta Cristopher, quien tampoco podría salir debido a la cuarentena.

La pandemia cerró las fronteras

En el país vecino las fronteras están cerradas desde el 16 de marzo y según la cancillería peruana, no hay fecha definida para una reapertura. Para Cristopher la información es confusa, intentó viajar por tierra y también se contactó con agencias de viajes para comprar un pasaje aéreo. En algunos lugares le aseguraron que no podía viajar por las características de su acompañante, al que catalogaron como un animal peligroso, con dificultades respiratorias.

Desde Latam aseguran que, “con el fin de proteger la seguridad e integridad de algunas mascotas, la aerolínea no transporta algunas razas de perros braquicéfalos en la bodega del avión”. La aerolínea incluye al pitbull en dicha categoría, que agrupa a las especies que suelen tener vías respiratorias estrechas y que podrían verse complicados ante un bajo nivel de oxígeno.

Sin embargo, Rocío Cortéz, veterinaria de Tiendapet.cl, afirma que la definición es incorrecta: “El pitbull no es braquicéfalo como los bulldog francés e inglés, pug o sharpei; pero sí es una raza peligrosa, en el sentido de que no son genéticamente agresivos con las personas, sino con otros animales”. Sin embargo, reconoce que el animal podría verse alterado al trasladarse junto al equipaje. “En bodega puede ser riesgoso, por alguna descompensación de oxígeno”, explica.

Desde Latam aseguran que, en cabina, sólo se pueden transportar animales lazarillos, los que deben portar un distintivo oficial o algún documento que los acredite como tal. Pero Cristopher no cuenta con este documento, por lo que la situación sería compleja.

Para los pasajeros que sí requieren asistencia emocional, el procedimiento sería que el animal se someta a un ayuno de seis horas previas al viaje, medicarlo o instalarle un collar de feromonas para brindarle mayor tranquilidad, además de un bozal; en conjunto a ello, se debe acreditar mediante un certificado que su compañía es por razones psicológicas, además del carnet de vacuna al día y un certificado de salud vigente aprobado por el SAG.

De la misma forma, desde Sky Airline aseguran que su único impedimento actual es el cierre de fronteras, por lo que no se podría hacer ningún viaje desde la aerolínea hacia Perú: “quienes necesiten regresar a su país, deben acercarse al Consulado respectivo, ya que los vuelos humanitarios se están gestionando a través del Ministerio de Relaciones Exteriores”.

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Vuelos que, sin embargo, han sido difíciles de gestionar, considerando a los más de 300 peruanos que actualmente se encuentran en albergues y que por muchos días pernoctaron en carpas en Providencia, a la espera de una respuesta para volver a sus países; situación que aún no se resuelve. Por su parte el consulado señala que “de momento, la normativa peruana de repatriación humanitaria no considera animales“.

“A mi perro no lo voy a abandonar”

En su primera travesía, Cristopher sufrió un accidente y además fue víctima de un robo. Se encontraba en la frontera de Ecuador y Perú y en esa oportunidad no había viajado con su mascota. “Me picó una mantarraya en Máncora y me desangré. En esa ciudad conocí a unos ecuatorianos y les compartí mi carpa”, cuenta.

A los días, la policía de dicho país llegó a fiscalizar y descubrió un paquete de marihuana al interior. “Era de ellos, pero también me culparon a mí. Nos llevaron a todos a la comisaría, donde estuvimos por cuatro días y ahí decidí regresar a mi país”. Se devolvió con uno de sus nuevos amigos y ya en Perú, el ecuatoriano le robó todas sus pertenencias. Fue así como regresó a su hogar en Lima, donde tuvo que someterse a una operación. Allí se reencontró con su mascota, a la que había visto por última vez como un cachorro.

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Estuve tres meses en cama y él me acompañó. Así creamos un vínculo fuerte. Cuando cumplió un año, quise volver a viajar, pero mi mamá ya no se quería hacer cargo del perro porque estaba muy grande y comiendo mucho. Ahí decidí irme con él”, señala.

Y desde ese momento no se han separado. “Ahí se hizo mi compañero de viaje. En el primer mes, en Colombia, intenté regalarlo porque me complicaba mucho. No podía quedarme en ningún hostal. Así que todo lo hacíamos en la calle, todo desde afuera, tenía que dormir siempre en carpas. En Cali se lo quise dar a una niña, pero lo miré, me llené de valentía y seguí. Crucé todo Colombia con él”.

Se quedó con él, y no va a cambiar de idea: “A mi perro no lo pienso dejar por nada. He pasado de todo con él, para que un virus nos frene. Hay gente que me ha ofrecido comprarlo por más de un millón de pesos, pero ¿quién me va a dar el amor que él me da? Así me falte un plato de comida, no lo voy a abandonar. Es mi compañero, no una mascota”.

Sin muchas soluciones por el momento, a Cristopher, sólo le queda esperar que abran las fronteras y recién ahí, conseguir una forma de trasladarse. Por ahora pide que lo reciban temporalmente en alguna casa y que, llegado el momento, lo trasladen junto a su amigo, por cielo o por tierra hasta su país natal, el Perú.

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