Por Catalina Marchant

Sábado 9 de octubre de 2021 y el recorrido está acompañado del picor de los restos químicos expelidos por las bombas lacrimógenas lanzadas por Carabineros la jornada anterior. La sensación traspasa la mascarilla y trae recuerdos de lo que se desató hace dos años en este denominado punto cero del estallido social. Un lugar que no solo fue luz de la dignidad, sino que también el ocaso de vidas, sueños o la propia vista.

No hacía mucho tiempo atrás cuando Plaza Italia, como se conocía popularmente, era el punto de clamor de la Revolución Pingüina. Un hecho inédito que en ese entonces protagonizó las marchas más masivas desde el regreso a la democracia. Eje de inflexión que continuó por años mediante la lucha por una educación universal de calidad y gratuita.

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Posteriormente, las marchas contra las AFP y las exigencias por una pensión justa comenzaron a masificarse, al igual que aquellas relativas al 8M. Fecha del Día de la Mujer que recibió otra mirada, con un género empoderado por el feminismo y alertado por las preocupantes cifras de violencia que hasta el día de hoy se registran en Chile. Una fecha en que dijeron no más a las celebraciones, pero sí a la conmemoración de una lucha que es cada vez más convocante.

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En otra cara, Plaza Baquedano también fue escenario de festejos. Los triunfos de la selección chilena, desde siempre, fueron foco de encuentro instantáneo en ese lugar repleto de rojo y bocinas que acompañaban el fervor. En 2015 y 2016, esas verdaderas fiestas fueron aún más grandes por los triunfos consecutivos en la Copa América.

Sin embargo, una resignificación completamente diferente no tardaría en convertir ese espacio en lo que ahora conocemos como Plaza de la Dignidad.

El estallido y sus dos años

“Tenemos nuestra sede muy cerca de Plaza Baquedano, o Plaza de la Dignidad como se le conoce hoy. Y aquel viernes 18 de octubre yo estaba en mi oficina y de ahí podía ver que algo estaba pasando, había un movimiento muy distinto a otras actividades masivas“, cuenta Patricio Acosta, ex presidente Cruz Roja que fue testigo en primera línea de lo que aconteció a partir de ese 18-O.

“Éramos poquitos, comenzamos 3 o 4 personas y sin tener mayor precisión de en qué iba a terminar eso. Por lo mismo salió un grupo a presenciar lo que había ahí porque vimos que había una atmósfera un poco enrarecida, había algo distinto. Empezó a caer la noche y comenzaron a llegar las Fuerzas Especiales, empezaron las barricadas y se desató la verdadera batalla campal que se intensificó y siempre fue creciendo con el pasar de los días”, plantea.

Al igual que su relato, muchos otros podrían decir que lo que se inició ese día fue inesperado. No tanto por los motivos detrás de la crisis en sí, que muy bien lo plasma la frase “no son 30 pesos, son 30 años”, sino que por la masividad que incluso ese histórico 25 de octubre reunió a más de un millón de personas. Pero otro eje, la violencia latente en la zona, muchas veces sobrepasó el reclamo popular y terminó por envolver lo que sería una unión inédita entre chilenas y chilenos.

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“Al segundo día pudimos comprender que era algo diferente, no sabíamos qué era un estallido social. Era otra cosa, algo mayor, obviamente en ese momento no dimensionamos la magnitud de lo que iba a significar este servicio de primeros auxilios en manifestaciones masivas”, agrega Acosta.

La noche de ese 18 de octubre cayó fuerte sobre el país con el inicio del Estado de Excepción que sacó al Ejército a las calles y revivió el toque de queda. Medidas de restricción que en la población más adulta se sintieron como un recuerdo agrio de la dictadura, los mismos quienes décadas antes habían repletado aquella Plaza Baquedano para gritar NO. Los mismos que se sumaron ese 2019 para gritar DIGNIDAD.

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“Nuestro primer puesto de atención lo instalamos ahí mismo donde estaba el caballo de Baquedano. Estratégicamente estábamos en altura y podíamos mirar hacia el norte y el sur. Esto era finalmente era una batalla, no me había tocado vivirlo de la manera e intensidad que lo vivimos. Estuve 100 días en la zona cero, desde el día 1 hasta la noche de Año Nuevo del 2020“, recuerda el ex presidente de la Cruz Roja.

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Pero en su relato, enfatiza que octubre y noviembre fueron los días más difíciles. “Fue una experiencia muy fuerte para mí a cargo del grupo, para los mismos muchachos que estaban integrados. Eran horas extenuantes de trabajo, se nos acababa el material, teníamos problema de oxígeno porque llegaban todas las bombas donde estábamos nosotros. Empezamos a ocupar las famosas mascarillas y también comenzaron las atenciones de primeros auxilios, muchas de ellas con impacto de balín. Nos tocó atender a muchos muchachos que tenían balines en diferentes partes del cuerpo, incluyendo los ojos, y otros con 7 u 8 balines incrustados“, dice.

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“Instalamos un hospital de campaña, por decirlo así, y era tanto el trabajo que teníamos que no parábamos, terminábamos muy cansados. Ya cuando se decretó el toque de queda, que los primeros días fue a las 7 de la tarde, se empezaba a despejar la zona cero. Ahí era impresionante ver ese escenario del sector aledaño en Plaza Italia, no podíamos caminar ni pasar de tanta piedra que pisábamos. Era para mí, aparte de una experiencia muy fuerte en lo emocional, como una situación muy cercana a la guerra“, sostiene Acosta.

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Las jornadas agotadoras de la Cruz Roja se sumaban a la escasez de los materiales dada la gran cantidad de heridos. Pero la parte “más romántica”, según afirma, fue la gran cantidad de voluntarios que quisieron sumarse a esta acción humanitaria. A ellos se añadieron otros grupos de atención primaria paralelos, porque “no nos daba el cuerpo para atender tantos puntos”.

La denominada Cruz Azul, estudiantes organizados de la Universidad de Chile, jóvenes apostados en el Cine Arte Alameda, ayudaron en este trabajo mancomunado.

Acosta detalla que era tal la masividad de las convocatorias, que finalmente decidieron mover su grupo de atención a un sector debajo de la Torre Telefónica. Allí tenían más facilidad para realizar traslados hacia recintos médicos, pero hubo varias veces en que los heridos no querían ser llevados hacia centros asistenciales “por el temor de quedar detenidos”.

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Detrás de cada persona hay una historia, y todos -sea de la creencia política que sea- confluyen en la idea de que el estallido social marcó un antecedente en el país. En el caso de Patricio, con voz quebrada, reconoce que en medio de la zona cero vivió momentos complejos en los que temió por su vida. Un factor que lo llevó a tomar una decisión que hasta el día de hoy recuerda con emoción.

Yo grabé en mi celular un mensaje para mi hija. Tengo una hija que va a cumplir 7 años y le grabé un mensaje de despedida. Lo tengo grabado y no se lo mandé, pero fue un mensaje de despedida por si no volvía. Lo guardé y algún día quizás se lo voy a mostrar como testimonio, pero fue difícil”, cuenta.

Los días pasaron y en medio de todo el ajetreo había horas muertas, explica Acosta. En esos pequeños lapsos de aparente y extraña calma, “nos hicimos amigos de los cabros de la primera línea y de todo el mundo, porque había personas que se instalaban siempre en Plaza Italia” y hacían de ese su hogar. De hecho, él fue testigo de quienes viajaron desde regiones, abandonaron su cotidianidad y “llegaron a vivir ahí. Veían como una razón de vida el ser parte de esto”.

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Hasta 600 personas por día llegaban a atender en la Cruz Roja, y en algunos casos los voluntarios fueron testigos de las marcas que dejó la violación a los Derechos Humanos denunciada por organizaciones nacionales e internacionales. Pérdidas de ojos y muertes en la vía pública, son sucesos concretos que fueron gasolina para la indignación que ya latía en ese entonces.

“Me tocó declarar en la Comisión de Derechos Humanos del Senado, me ha tocado declarar en Fiscalía por casos muy puntuales, pero hay reserva de información. Dentro de la neutralidad que tiene la Cruz Roja, no puedo decir que vi a carabineros apuntando directamente a la cara porque estábamos tan concentrados en lo que hacíamos que no teníamos tiempo para observar alrededor. Pero sí me tocó atender a personas muy malheridas por las cuales después tuve que declarar“, argumenta Acosta.

¿Cómo se enfrenta algo así a nivel emocional y psicológico? El ex presidente de la Cruz Roja responde que como organización “estamos preparados para estas situaciones, cada vez que terminábamos nuestro servicio nos íbamos a la sede, a unos metros de Plaza Italia, y cuando llegábamos teníamos una dinámica grupal donde nos hacíamos un juego de terapia en que cada uno tenía que contar sobre su día de trabajo y eso servía para descargar mucha tensión. Lo hacíamos a diario, era parte de nuestro ejercicio y entrenamiento”.

“Hay un antes y un después, no cabe la menor duda que Chile cambió. Ese sector es histórico, emblemático, van a pasar 40 o 50 años y va a tener esta connotación de un cambio social en Chile que hoy día lo estamos viviendo con la constituyente y muchas otras cosas. No va a pasar desapercibido, no va a ser olvidado. No tengo la menor duda que más adelante ahí se levantará algún monumento o algún símbolo de reconocimiento de lo que pasó, porque a mi juicio fue algo muy importante, algo histórico. Hay que situarlo en la historia moderna de Chile”, concluye.

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Un lugar histórico rodeado de calles

Desde el punto de vista arquitectónico, Plaza Baquedano es prácticamente una estructura rodeada de calles cuyo énfasis está en el tránsito vehicular, lo cual dista de la carga simbólica que de por sí tiene y que viene de la mano con la historia que la propia sociedad le ha otorgado.

Así lo establece Isabel Matas, arquitecta urbanista de la Universidad Mayor, quien explica que “históricamente esta zona ha sido un lugar simbólico, pero antiguamente era sobre todo un lugar importante desde el punto de vista del trabajo y con una predominancia que fue cada vez más hacia el automóvil. Pero aun así, se usaba como lugar de celebración y de encuentro como de manera casi natural”.

Este foco ya asignado socialmente, permitió que Plaza de la Dignidad fuese el punto de encuentro para las masivas manifestaciones del estallido, lo que no coincide con que “en los últimos 60 años este fuese un lugar vial”. Por tanto, “la misma gente al final reclama de vuelta este espacio público”.

“Hay un reclamo por parte de la ciudadanía por que un lugar simbólico sea un buen espacio público” y, según dice, “ese ha sido el mayor cambio”.

Recalca que “en 2015 se hizo un concurso internacional para darle una nueva cara tanto a Plaza Italia como para el eje Providencia- Alameda“. En específico, dicho proyecto fue ganado por el equipo chileno Lyon-Bosch + Martic Arquitectos junto al grupo estadounidense Groundlab, el que “después se abandonó. Pero ahora es minuto de retomarlo, ya que ganó justamente por devolverle ese sector a las personas, enfocado en que ese fuese el objetivo más importante con un punto especial en Plaza Italia”.

Lyon Bosch + Martic Arquitectos

– Desde un punto de vista político, ¿convendría modificar esa zona como un espacio para la población si ya de por sí convoca a muchos?

Me suena a tapar el sol con un dedo. Uno dice si la gente se está juntando igual porque hay una carga en ese lugar, ¿se llena de calles y le pones muro? O rediseñas el lugar justamente para eso, para que sea un espacio público-político de reunión y preparado para recibir a una cantidad de gente en ciertos momentos en forma segura, y que no pase que cuando hay una manifestación, quede la escoba a todo alrededor desde el punto de vista vial hacia al punto de vista de espacio público, donde se rompe todo y se raya todo.

Lyon Bosch + Martic Arquitectos

Otro de los puntos que, a nivel de opinión pública y política, causó repercusión en cuanto a este lugar como punto de encuentro. Los daños a la estatua del general Baquedano fue una situación que se discutió en diferentes aspectos, llevando a que incluso el ministro de Defensa, Baldo Prokurica, acudiera allí y dejar una corona de flores como muestra de respeto al soldado desconocido y cuya tumba está bajo suelo.

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Ocurrió el pasado 6 de marzo, justo cuando el día anterior se observaron personas intentando cortar las patas del caballo en las cuales se sostenía la estructura. Posteriormente, ésta fue removida de la zona para ser restaurada y hasta el día de hoy su ausencia marca una interrogante.

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Ese lugar claramente no se ve como antes. Pero ¿es precisamente por la falta de la estatua o porque ahora es la Plaza de la Dignidad? ¿Cuál predomina? ¿Hay algo en lo que ambas visiones puedan converger?

Matas plantea que, “la carga simbólica de un lugar así siempre va a ser súper grande. La carga es la historia una sobre otra. Por lo mismo, me parece que si vamos a hacer un lugar para la gente, hay que hacer un lugar en base a lo que dice la gente“.

Un concurso o votación ciudadana podría ser la opción para ver “lo que las personas sueñan en ese espacio. Va más allá de la estatua o del nombre, el tema es rediseñar un espacio público que tiene una enorme carga… todo el resto son apellidos“, asegura.

El otro lado: Seguridad y daños

Caminando por sus alrededores, no es difícil notar que hay al menos cinco kioscos que ahora tímidamente abren sus cortinas manchadas. El techo que los cubría en algunos casos ya no está, así como las luces que sus propietarios instalaron para hacer de ese espacio algo más agradable y confiable para la clientela.

Nadie quiere hablar al respecto, la mayoría por miedo. En un par de testimonios de aquellas personas que sí quisieron contar parte de su historia, pero en el anonimato, lo que reina es la preocupación por su sustento laboral y económico que también se ha visto azotado por la pandemia. Casi tres años de incertidumbre.

La diferencia, según especifican, es que con el COVID-19 se puede tener ciertas precauciones que ya todos conocemos. Usando éstas, se puede tal vez asegurar un bienestar y junto a ello, continuar trabajando. Pero algo muy diferente ocurre con las manifestaciones.

Una de las dueñas de un pequeño negocio asegura que lleva 50 años en dicha labor. Con las marchas, independiente de su opinión personal, se encontraba al medio de lo que otros también han denominado como una batalla campal.

Piedras de un lado, chorros de agua y bombas lacrimógenas por el otro. Atrapada en medio de esa realidad, sentía que tenía que escapar como si fuese ella quien cometiera un delito. Cerrar temprano o incluso no atender durante el día completo, es la solución más a mano. Pero los gastos de la vida sí o sí tienen que solventarse de alguna manera.

Así surge una conversación en la que luego aborda la inseguridad a nivel nacional. Los portonazos y lanzazos que asegura ver en la televisión, son otras situaciones que han aumentado su tensión. Tanto así que sus temblorosas manos dejan ver lo que cuenta, y es que hace mucho tiempo sufre de un “problema a los nervios”, dice.

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Bajo el mismo concepto de preocupación, los vecinos de un edificio de la calle Ramón Corvalán, a tan solo una cuadra de Plaza Baquedano, se organizaron en un comité de avanzada y seguridad.

Uno de sus integrantes, quien también prefirió resguardar su identidad, explica que este comité tiene dos funciones. La primera es en cuestiones de mejoras de la infraestructura o postulación a fondos públicos. La segunda, pero no menos importante, el cuidado de sus habitantes.

Fue en julio o agosto cuando esta organización se inscribió como tal. En caso de las manifestaciones, este vecino cuenta que se quedan en el primer piso del edificio para estar alertas, porque anteriormente “había gente que se pasaba a la propiedad. Nos pasó varias veces, hemos sido amenazados, se pasaba gente a los estacionamientos o los jardines”.

En el caso de la marcha convocada para este lunes 18 de octubre en conmemoración de los dos años del estallido social, asegura que “muchos vecinos se fueron este fin de semana, y mientras nosotros estaremos aquí atentos a cualquier cosa”.

Aunque la situación es preocupante porque “Paz Ciudadana o Carabineros no aparecen. El año pasado, para el primer aniversario, los carabineros llegaron a la 1 de la tarde y volvieron a las 9 de la noche. Durante todo ese rato quemaron las iglesias, el edificio de la Mutual de Seguridad y saquearon los pocos locales que habían”.

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Los sucesos asegura que se desataron luego del 18 de octubre de 2019, cuando “el nivel de seguridad del barrio bajó demasiado. Antes nunca habían portonazos ni lanzazos, pero durante la pandemia y el estallido esto aumentó”.

Finalmente, explica que la creación de este comité surgió también porque “la junta de vecinos no participa muchos en temas de seguridad y a varios no nos representa. Entonces los vecinos del edificio y otros cercanos somos los que nos hemos ido prestando ayuda y colaboración“.

Así luce ahora: ¿Volverá a ser como antes?

No solo la sociedad ha cambiado luego del estallido, sino que junto a esto lo hicieron aquellos espacios que la propia población levantó como un recuerdo de este hito.

Lo que parecía ser un museo a cielo abierto emplazado en el Centro Gabriela Mistral (GAM), fue arrasado y ahora solo quedan afiches dañados y rasgados. Pero hay unos más recientes que hacen saber que la gente no olvida.

Restos de un mosaico del famoso “Matapacos”, aquel perrito negro con bandana roja atada al cuello que fue alzado como un símbolo del 18-O, muestran el paso del tiempo y lo que, al parecer, algunos ya no quieren ver.

Continuando con el recorrido, esta vez una tarde del día jueves 14 de octubre, hay carteles que indican que se espera una gran convocatoria para la conmemoración de los dos años, llamando a una protesta popular porque “la revuelta continúa”.

Pero hay cosas que no cambian y al contrario se vuelven más simbólicas aún. Justo en la intersección de Namur con Alameda, se emplaza el memorial que surgió como expresión popular tras la muerte de Mauricio Fredes y todos aquellos que perdieron la vida en el estallido.

Las flores de plástico y velas pintadas en las murallas plasman algo inerte e imperecedero, como un ejemplo de aquello que nunca va a morir: el recuerdo y el sentir de los millones que se unieron por una causa en el país.

El acceso y salida principal de la estación Baquedano del Metro de Santiago sigue cerrada. Dentro de esas instalaciones se esconden hipótesis echadas por suelo y hasta la basura ha tomado su lugar en ese espacio que parece tan inerte si no fuese por los grafitis.

¿Recuerdan los incendios? No solo hubo locales, estaciones de Metro o iglesias quemadas, sino que también hubo siniestros que dolieron profundo en la cultura, como aquellos que afectaron al Centro Arte Alameda y el museo de Violeta Parra.

Daños que aún se pueden apreciar en las infraestructuras pero que ya parecen naturales porque nadie se detiene a observarlos.

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Hoy la Plaza de la Dignidad, como popularmente se le sigue denominando, luce muy diferente a ese 18 de octubre de 2019. Carabineros resguardan el perímetro donde se emplazaba la estatua y murallas originalmente blancas rodean la estructura.

Rayados que recuerdan esta fecha tan inmersa en la sociedad, así como consignas referentes al aborto, libertad a los “presos de la revuelta”, la desmilitarización del Wallmapu, entre otras causas que siguen moviendo a Chile, son parte de lo que adorna y da vida a este lugar que no olvida.

Lo único que se mantiene igual desde aquel 18-O, es la gente que sigue viendo este como un espacio de encuentro, ya son cientos los que se han trasladado hasta Plaza Baquedano para esta conmemoración.

Y una de las diferencias, más allá de lo visible, es que lo que Chile consiguió gracias a ese estallido y que comienza a aplicarse desde este mismo 18 de octubre. Como si se tratara de una coincidencia o la poesía de la vida, la convención empezó este mismo lunes la redacción de una nueva Constitución.

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