Por Javiera Gajardo

A casi un año de la llegada del virus del COVID-19 a nuestro país, las familias chilenas han sentido el golpe de la pandemia de una u otra manera. Sin embargo, la peor parte se la han llevado quienes han perdido a un ser querido o quienes han experimentado en primera persona los síntomas de la enfermedad.

Actualmente, son 18.257 en total las personas que han fallecido por coronavirus, según los datos entregados por el Ministerio de Salud. Pero hay otra cifra que es esperanzadora: 673.582 han logrado recuperarse. Ellos nos cuentan de primera fuente cómo es vencer el virus, pese a tener todo en contra.

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“Los doctores me salvaron la vida”

Noemí Gutiérrez (62) vive en la comuna de Valparaíso. Desde marzo del 2020 dejó de sacar a la calle su carrito de mote con huesillo debido al miedo que le generaba el contagio. Ya se había acostumbrado al uso de mascarillas y al distanciamiento social, incluso limitaba sus salidas para evitar cualquier tipo de contacto que pudiera significarle adquirir el virus.

Sin embargo, el 26 de octubre, luego del plebiscito, comenzó a sentir una fuerte fiebre que encendió sus alarmas. Fue diagnosticada con COVID-19 luego de una reunión familiar.

Tras pasar por una residencia sanitaria, su estado se agravó, por lo que tuvo que ser hospitalizada durante dos meses en el Hospital Gustavo Fricke de Valparaíso, institución que la semana pasada informó la ocupación total de sus camas críticas.

La enfermedad la afectó de tal manera que los médicos tuvieron que proceder a realizarle una traqueotomía y se mantuvo en un coma inducido por dos semanas. “Como ya había pasado dos enfermedades graves dije: ‘Ya, me doy’. Me entregué a los médicos. Me dijeron que iban a hacer la traqueotomía y yo dije: ‘Ya, háganla nomás’. Bien tranquila, sin miedo”, cuenta Noemí.

En 2005, Noemí recibió un trasplante de hígado tras una hepatitis, lo que le significó jubilarse a los 47 años. Por ello, su preocupación no era menor: representaba a las personas consideradas como población de riesgo de nuestro país, tanto por su grupo etario y sus enfermedades preexistentes.

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El panorama no era prometedor. Noemí se encontraba bajo un coma inducido y, según cuenta, los doctores veían cómo los demás pacientes en su misma condición no avanzaban favorablemente, por lo que esperaban que el desenlace fuera el mismo para ella. Dice que los días pasaban y los médicos agotaban todas las instancias para ayudarla, pero sin resultados. Sólo esperaban lo que tuviera que pasar.

Contra todo pronóstico y de manera milagrosa, tal como le comentaron sus médicos, Noemí comenzó a mejorar. Luego de llegar a la etapa más alta de la enfermedad, su cuerpo reaccionó positivamente y lograron despertarla.

“Yo me decía que tenía que salir adelante, desde mi fuero interno”, recuerda Noemí, quien agrega que sacó las fuerzas para luchar contra el virus por su familia. Sin embargo, cuenta que no lo hubiera hecho sin el apoyo incondicional que tuvieron sus doctores de cabecera: “Yo quiero dar las gracias a los médicos, ellos me salvaron la vida. Tuve mucha suerte de los doctores que me atendieron. Les tengo todos los agradecimientos a ellos que me ayudaron a salir de esta enfermedad”.

Su hija, Constanza Reyes (23), envía un mensaje a los jóvenes para que tomen consciencia de la gravedad de la enfermedad. “A mí me costó mucho adaptarme al sistema de la cuarentena y del toque de queda, yo salía igual. Hasta que llegó el momento de tener que vivirlo. Y sobre todo porque era mi mamá la que se estaba muriendo”, afirma.

“Si cree en los milagros, este es uno”

Gloria Vergara (45) es otra sobreviviente al virus. Al igual que Noemí, se contagió a través de un familiar directo, que estaba asintomático. Y los estragos que dejó enfermedad en su vida aún son latentes: luego de la traqueotomía, su voz se oye rasgada y cansada. 

El 4 de junio, en medio de la primera ola de contagios, Gloria fue hospitalizada en la Clínica de Reñaca, donde pasó tres meses, de los cuales, 57 días fueron en la Unidad de Cuidados Intensivos. Debido a su gravedad, los médicos decidieron mantenerla en un coma por 33 días y, como en muchos casos, no esperaban que pudiera mejorar.

La dueña del restorán “Camaleón” en Maitencillo, que tuvo que cerrar porque la situación económica era insostenible, empezó con una fiebre muy alta. Afirma que cuando se acercó a un centro asistencial, pensaron que se trataba de un resfriado, por lo que le indicaron volver a su hogar con prescripción de paracetamol.

Sin embargo, conforme la enfermedad fue avanzando, tuvo que buscar nuevamente asistencia médica y quedó hospitalizada. “Primero me pusieron oxígeno directo en la nariz, luego una cámara que cubría mi cara. El 21 de junio ya decidieron intubarme. Ahí empezaron mis días en coma“, cuenta.

Durante esos días, los doctores la desahuciaron, ya que no veían que pudiera seguir adelante con el nivel de daño en los pulmones provocado por el virus. La enfermedad estaba muy avanzada. “Hubo noches eternas en las que era muy probable que no iba a lograr pasarlas”, dice. “Esto para mí fue como un rayo que pasó en mi vida”, agrega.

Su marido, Arturo Díaz (51), era quien estaba a cargo de tomar las decisiones sobre su estado de salud. Según cuenta, el equipo médico incluso le sugirió que debía iniciar los procesos fúnebres, porque no esperaban que pudiera mejorar.

Sin embargo, contra todo pronóstico, Gloria comenzó a tener mejorías. Luego de largos tres meses en el hospital, el 9 de septiembre fue dada de alta.

Aunque aún presenta secuelas y está en constante tratamientos, Gloria agradece haber logrado recuperarse. “Para mí, después de esta tremenda experiencia, debo agradecer a Dios. Yo me aferré a mis creencias. Contra todo pronóstico médico, los doctores me dijeron ‘si cree en los milagros, este es uno'”, relata.

Hoy, sólo pide valorar el intenso trabajo que está realizando el personal médico. “Yo creo que quienes merecen todos los reconocimientos hoy por hoy son los profesionales de la salud. Están agotados y la gente no se está cuidando”, reflexiona.

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“Valoro tanto la vida ahora”

Joel Irribarra (63) trabajaba como asistente de bodega para una empresa de construcción. Pese a que tomaba las medidas preventivas contra el COVID-19, como el uso de mascarillas y alcohol gel, cuenta que en un principio no creía que fuera real.

“Para mí no existía el virus, pensaba que era un resfriado pasajero que tenía la gente y nada más que eso. Yo no creía que fuera real. Pero hasta que yo lo viví, comprobé que esto existe, que es mortal”, dice.

Debido a su trabajo, Joel hacía largos recorridos en el transporte público desde San Bernardo a Lo Barnechea, por lo que cree que durante esos transcursos pudo haberse contagiado.

El 2 de mayo, cuando Chile todavía no llegaba al primer peak de contagios, acudió al hospital con síntomas de decaimiento y cansancio. La internación fue inmediata y lo que vino después, según cuenta, no lo recuerda. Durante 2 meses estuvo hospitalizado en Espacio Riesco, 10 días entubado y siete en coma. Cuando despertó, el personal médico le trató de explicar lo que había pasado.

 

“Yo llegué al hospital, caminé unos pasos y ya no tenía más fuerzas. Me sentaron en una silla de ruedas y ahí perdí el conocimiento. No me acuerdo nada más hasta que desperté días después”, dice.

Debido a sus prexistencias médicas, ya que padece de hipertensión y problemas a la tiroides, los pronósticos no estaban a su favor. Según le decían los doctores a sus familiares, ninguna persona con ese tipo de enfermedades se recuperaba del COVID-19. “Yo tenía todas las de perder”, relata Joel.

El segundo día de hospitalización, los funcionarios llamaron a la esposa de Joel para decirles que debían prepararse para lo que se venía, porque “no tenían mucho más que hacer”.

Pero el panorama cambió. “Después de que los médicos prácticamente ya no encontraban que más hacer, comencé a tener una evolución favorable. Me sacaron de la sala UCI cuando ya tenía un poco de recuperación, yo no tenía idea de lo que estaba pasando, pero prácticamente me había salvado de la muerte. Yo puedo decir que salí de la muerte”, cuenta hoy desde su casa.

“Uno de los médicos me lo dijo: ‘lo tuyo es simplemente milagro, agotamos todo lo que teníamos que hacer'”, agrega.

“Desde que yo salí del Espacio Riesco, creo que amo las cosas más sencillas de este mundo, las amo más que antes. Uno vive la vida sin tomar en cuenta muchas de las cosas que tiene”, reflexiona Joel.

Hoy, ya con su familia, agradece haber logrado vencer a la enfermedad y mira la vida desde otra perspectiva. “Un vaso de agua que me tome solo, lo agradezco mucho, porque nunca lo pude hacer cuando estaba en el hospital. Cuando me pasaron el celular para comunicarme con mi familia por primera vez no lo podía tomar. Valoro tanto la vida ahora, más que nunca”.

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