Por María Luisa Carrión
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Hace un mes los vecinos de un grupo de 54 departamentos en la población La Pincoya, en Huechuraba, decidieron organizarse. Uno de ellos se contagió de coronavirus y no esperaron ni un minuto más y crearon un grupo de WhatsApp para establecer una red de apoyo.

Decidimos coordinar sanitización diaria, apoyar a nuestros adultos mayores y obviamente a los vecinos que puedan ir contrayendo el bicho este del coronavirus”, nos cuenta Jesús Jelves, uno de los voluntarios.

Así, organizaron las compras diarias, las ideas a la feria y entre todos juntan dinero para adquirir cloro y amonio cuaternario. Los más jóvenes son los encargados de la sagrada limpieza diaria de espacios comunes, escaleras, chapas de puertas, accesos a departamentos y veredas.

Si al comienzo se demoraban cerca de una hora, pronto el grupo fue creciendo y en la actualidad en unos 30 minutos tienen todo listo. Comienzan en la noche, cuando ya los vecinos están en sus departamentos. Todos usan mascarillas y hace una semana recibieron la donación de dos buzos protectores y una empresa privada les regaló dos bidones de amonio cuaternario.

Saben que la situación en el país es crítica y la ven en los blocks vecinos, donde se ha muerto gente producto del COVID-19, por eso no bajan los brazos.

Francisca Cea, parte del equipo sanitizador, vive desde pequeña en esta comunidad, donde todos se conocen y han estrechado lazos. Para ella su rol es claro: “Estaríamos mucho más contagiados, habría muchos más globos blancos puestos en las casas, habría mucha más gente que muere por esto, porque hay mucho adulto mayor. Por eso nos organizamos para cuidarnos entre los vecinos”.

Esto, porque en el block de al lado, ya han muerto, lamentablemente, tres personas. “A mí no me gustaría ver morir a nadie de aquí, porque hay un cariño enorme, todos nos conocemos desde chicos”, advierte.

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Desde que comenzó la emergencia en esta comunidad, dos familias se han ido afectadas por el COVID-19. De hecho, un vecino está hospitalizado producto de la enfermedad y entre todos se ayudan.

Van dos vecinos con coronavirus. Se les han hecho aportes en mercadería, se les bota la basura y se chequea, obviamente, que se produzca el cumplimiento de la cuarentena”, detalla Jesús.

Francisca agrega que “se les hace la compra una vez a la semana y se les deja afuera de su puerta, en una mesita que se les puso”.

Aquí no han dejado ningún detalle al azar, porque están conscientes también de sus puntos débiles. “Los departamentos, por la forma geográfica que tienen, son como una especie de cité del siglo XXI. Entonces si se contagia uno es muy fácil que se pueda propagar. Y esta organización hace precisamente eso, que no se propague en demasía el virus”, nos cuenta Jesús.

Los departamentos tienen unos 45 metros cuadrados, dos piezas y un baño, con escaleras entrecruzadas. “Hay algunos donde viven muchos, siete u ocho personas. Son muy chicos”, nos dice Francisca.

Una cruda realidad

El hacinamiento no es el único temor. El desempleo, el no poder pagar las cuentas básicas, el arriendo y sólo tener para lo urgente también es un problema diario.

Jesús nos explica que muchos vecinos ya no pueden trabajar: “En este barrio hay muchos que son comerciantes, que se dedican a la venta que se conoce como cachureo, que no han podido realizar sus trabajos. La ayuda de los vecinos ha sido fundamental”.

A ellos les han entregado mercadería y reconocen que no han podido pagar la luz, el agua y otros servicios. “Todos dejan la plata para la comida”, afirma Francisca.

Seguir con los estudios online de los niños, niñas y adolescentes en edad escolar también ha sido todo un desafío. No todos tienen computadores o Internet. Francisca Cea, de hecho, tuvo que reponerlo para que sus tres hijos mayores –de 13, 12 y 8 años– hagan sus tareas a través de su celular.

Pero los más necesitados, sin duda, son los adultos mayores, sobre todo aquellos que viven solos, tienen enfermedades de base y no pueden salir de sus hogares. Para ellos, contar con el apoyo de sus vecinos ha sido fundamental.

“En cuanto a la red de apoyo que hemos hecho a nuestros adultos mayores, por ejemplo, se les bota la basura, se les hace las compras de almacén, las compras de feria. A través de los grupos de WhatsApp se coordinan”, nos explica Jesús del método que han empleado.

Al menos el 10% de los 54 departamentos de este block en La Pincoya participa activamente en este sistema de ayuda comunitaria. Son los más jóvenes quienes pueden socorrer a la comunidad. Hay otros amigos de infancia que se han ido de aquí, pero Jesús siente el compromiso de ayudar a las famillias que han quedado.

Para mi es grato cuando paso por afuera de sus puertas, de sus ventanas y poder sanitizar, se hace bonito. No podemos pedir que vayan todos, diariamente se va sumando gente nueva, sobre todo gente joven, y eso me satisface mucho”, afirma Jesús.

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Sentimiento que comparte Francisca: “Me siento orgullosa, a mis hijos les gusta, me ven que ando sanitizando, igual lo hago por cuidarlos a ellos. Es una sensación rica de poder cuidar a los demás. Somos todas las que nos conocíamos desde chicas, las que nos estamos organizando y salimos, como para cuidar a las mamás, a los papás. Hay muchos amigos de infancia que no están, pero están sus papás, es como cuidarnos a todos”.

Y en esto nada los detiene. “Cuando una máquina se echó a perder, que teníamos que nos habían prestado, tuvimos que usar pistolas lanza agua de niños. Salimos adelante igual”, nos dice orgulloso Jesús.

La idea de ellos es que este ejemplo pueda ser replicado en otras comunidades, no sólo en la Región Metropolitana, que es la más golpeada por el coronavirus, también en el resto del país.

Vivir “de la buena voluntad”

María Reyes está pronta a cumplir 73 años, vive sola, tiene 4 hijos, tres de ellos están en la Región Metropolitana y uno en Temuco.

Ellos venían a verme todas las semanas, pero ahora con esto no pueden”, nos cuenta. Sí, la llaman todos los días, pero no es lo mismo, reconoce.

Desde que comenzó la emergencia por el coronavirus está encerrada. Por eso para ella la ayuda es fundamental. “Aquí los vecinos somos todos como una familia. Puede haber problemas a veces, pero en cualquier caso están todos ahí”.

Ella es parte de quienes fundaron este block a comienzos de la década del ’90. “Ahora estoy harto agradecida, porque los chiquillos formaron un grupo. Así que todos los días sanitizan aquí entre la juventud, porque las viejas ya es poco lo que podemos hacer, no podemos ni siquiera salir para afuera”, nos cuenta por teléfono.

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Pasan a ofrecerme qué comprar y ahí las vecinas van a comprar y me lo traen. A la feria también y les encargo algo. Compro a veces para una semana para no estar molestando todos los días”, afirma.

Para ella el encierro ha sido duro. Es diabética, hipertensa y tiene artrosis, por esos sus vecinos, incluso, van al consultorio por sus remedios para que ella no se exponga. Vive, asegura, de la pura buena voluntad. “Los vecinos cuando podemos nos ayudamos unos a otros”, sentencia.

“Me dan deseos de salir para afuera, pero no se puede salir, vengo y me entierro en la cama y no me dan deseos ni de levantarme. Vivo en el primer piso. Si salgo a la puerta afuera no sé quién pueda pasar, uno no sabe con quién habla, quien se acerca al lado de uno, nada”, nos cuenta sobre sus temores.

Tenía un negocio, donde vendía abarrotes, pero lo cerró por miedo a contagiarse. Actualmente vive sólo de su pensión, con que la paga sus gastos básicos. Sus días pasan entre ver televisión y tratar de tejer un poco, aunque nos cuenta que ya le está “fallando la vista”. El encierro comienza a pesar.

Su hijo de Temuco donó una máquina para ayudar en la sanitización diaria. Jesús Jelves asegura que es “porque es como que se lo hiciéramos a él, porque es su mamá. Nos llegó la semana pasada y estamos funcionado aún mejor”.

Una comunidad que se organiza para vencer a la adversidad.

Nos volvemos a mirar

Reconocen que al comienzo fue complicado, pero con el pasar del tiempo los vecinos han ido tomando consciencia de la situación. Esto podría ser la rearticulación de las redes de apoyo comunitario, como algunos expertos lo han llamado.

“Esto en mayor o menor grado se ha manifestado en muchos países, incluso en Europa o en sociedades más individualizadas, donde aparece esta solidaridad intergeneracional”, afirma Mauro Basaure, director del programa de doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual de la Universidad Andrés Bello.

El también investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES) plantea que el fenómeno se trata de una doble solidaridad: “Por un lado, soy solidario contigo porque no te visito, porque te pongo en riesgo y, por otro lado, soy solidario contigo en el sentido más tradicional, te ayudo con tus compras, en lo que necesites. Esto es algo que ha aparecido en varias partes del mundo”.

Bausare agrega que “en el caso chileno, si uno mira las encuestas, lo que veía antes de la pandemia era que las relaciones, digamos, de solidaridad en el sentido tradicional, estaban bastante dañadas en las poblaciones, donde uno las asociaba, como míticamente, a propósito de lo que quedó de la dictadura”.

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Algo en lo que también concuerda su colega en el COES y también académica de la Universidad Diego Portales, Macarena Orchard, “se sabe que en Chile, después de la dictadura se diluyeron muchas redes de solidaridad y hemos entrado en una era de mucho individualismo, en que muchas veces los vecinos ni siquiera se conocen y estas situaciones se prestan para que se genere esa recomposición, nos volvemos a mirar, nos volvemos a acordar de quien es el vecino, nos volvemos a preguntar si el vecino tiene alguna necesidad”, afirma.

Los expertos coinciden en que es en época de crisis cuando esta solidaridad reaparece. “La pandemia, de alguna manera, es un fenómeno que ha hecho reflotar algo que aparentemente estaba ahí, pero dormido”, comenta Bausare.

“En general las situaciones de crisis, no solamente la pandemia, por ejemplo, los terremotos son propicios para que se genere una suerte de recomposición de lazos comunitarios y de redes de solidaridad que en tiempos entre comillas más normalizados se diluyen”, puntualiza Orchard.

En la misma línea, agrega que “en algún nivel se relaciona con la necesidad de auto organización cuando el Estado no está presente. Hay muchos sectores de la sociedad, y sobre todo sectores más vulnerables, que sienten una gran ausencia del Estado, no sienten que realmente estén recibiendo ayuda”.

Primero fue la familia, luego los vecinos, después el barrio, son las organizaciones, las redes que resurgieron o que estaban invisibilidades en el día a día. La pregunta ahora es ¿se mantendrán en el tiempo post pandemia?

Para el académico de la UNAB la interrogante es si de alguna manera esto se va a traducir en una transformación institucional: “Esa es la gran pregunta, ¿van a cambiar las instituciones? Y a nivel micro va a ser una diferencia importante saber si el vecino se portó bien o no se portó bien contigo, es como cuando se dice en las buenas y en las malas se conocen a los amigos. Hay pequeños héroes en la vida cotidiana que aparecieron ahora”.

En tanto, la académica de la UDP, aunque reconoce que es difícil responder aún la pregunta, sí afirma que “en la medida en que haya un aprendizaje comunitario, por decirlo así, que revaloricen que a partir de la constitución de estas redes obtienen cosas que son valiosas para sí mismos y para la comunidad uno podría pensar que sí”. Además, agrega que podría ocurrir que “también (…)  se vaya generando una crítica al modelo imperante en la sociedad chilena, algo que ya pasó con el estallido social”.

La solidaridad en tiempos de pandemia, vecinos que construyen comunidad y asumen en la práctica real la lógica que nos indica que de ésta salimos todos juntos.

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