Por Fernanda Jure
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Giovanna Grandon Caro es su nombre original, perola mayoría de la gente la reconoce como la Tía Pikachu, la mujer que se convirtió en un ícono de las manifestaciones del estallido social por vestir y bailar dentro de un traje amarillo emulando al más famoso pokémon.

Pero los días del estallido social quedaron atrás. Giovanna, quien lleva trabajando 7 años como conductora de un furgón escolar, hoy tiene sus labores paralizadas.

“Los transportistas escolares estamos complicados. Nos hemos endeudado para tener nuestros furgones en regla, que no son baratos. He conversado con colegas y hablamos al respecto. En la noche no se puede dormir, tenemos insomnio, muchos tienen depresión. Está bien difícil la cosa”, cuenta.

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Pese a ello, no se ha quedado quieta: encontró en la crisis sanitaria la oportunidad de reinventarse y emprender.

Su día iniciaba habitualmente a las 6 de la mañana, pero hoy, con los colegios cerrados, se levanta a las 10 am. Tras desayunar, junto a su marido Jorge comienzan la jornada laboral de su nueva iniciativa: usando permisos colectivos, recorren distintos puntos de la capital repartiendo productos como frutas, quesos, huevos y miel. Para ello, pidieron a su banco el Crédito COVID.

“Si no teníamos trabajo estable, no íbamos a tener para pagar la comida, para nuestros hijos, para las cuentas de luz, agua, gas. Ese era el mayor temor”, detalla.

La familia de la Tía Pikachu

El matrimonio tiene cuatro hijos y tres se encuentran bajo el mismo techo. La única que está viviendo en otro lugar es Michelle (25), quien está esperando su segundo hijo. El nieto de Giovanna nacerá en la quincena de julio y, pese a la emoción, la situación también le genera algunas preocupaciones.

“Estamos súper asustados, le van a hacer cesárea y me aflijo pensando en que se puede contagiar. Un primo de mi marido fue al parto de su señora, estuvo toda la noche con ella y se contagió. Se tuvo que ir a una residencia sanitaria”, detalla.

En marzo, su hijo Jorge (19) acababa de conseguir trabajo, pero debido a la pandemia fue desvinculado. Ahora está a cargo de cuidar a sus dos hermanos pequeños cuando sus papás se van a trabajar. Lucas (9) y Diego (7) están con clases online, pero con ciertos obstáculos.

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“Alcanzaron a meterse a dos clases y se les cayó el notebook. Así que los días que nosotros salimos, nos tienen que esperar. Yo descargo las clases en mi celular y las conectamos al televisor”, explica Giovanna, quien además va al colegio de los niños a buscar guías para que se mantengan actualizados con las asignaturas.

Diego, el menor de la familia, padece Asperger y es quien a veces sufre más con la cuarentena. “De repente quiere salir. Mi marido le pone la mascarilla y lo lleva, aunque sea a comprar al negocio, porque necesita despejarse un poco. A mis niños no les gustaba ir al colegio, pero ahora lo único que quieren es ir. No les gusta estar encerrados”, cuenta.

“Las cosas no han cambiado en Chile”

Para Giovanna la situación económica compleja que se está viviendo en el país no es una novedad. Vive en la población Lo Hermida de Peñalolén y cuenta que siempre ha luchado contra la pobreza.

“Con mi marido tuvimos que salir adelante desde muy jóvenes, trabajando de lunes a lunes. Para nosotros no es nuevo; hemos estado en esa situación de falta de dinero, no tener para echarle algo al pan. Pero la pandemia ha demostrado que hay mucha pobreza. Han salido a flote muchos campamentos que yo pensaba que se habían erradicado”, apunta.

Fue justamente el Campamento La Dignidad en La Florida el que visitaron esta semana. Previo a las lluvias, Giovanna fue testigo de cómo las personas levantaban cuatro paredes y las cubrían de plástico para protegerse de la lluvia, que fue una de las más potentes en años.

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Mirábamos con ojos llorosos, para mí era como volver a cuando yo era pequeña; pero eso fue hace 43 años, yo pensé que en esta época no pasaba esto”, explica. Actualmente hay cerca de 800 personas viviendo en el lugar, muchas de ellas se incorporaron en plena crisis sanitaria, luego de quedar cesantes y por lo mismo, sin posibilidad de pagar sus arriendos.

Giovanna lleva dos meses visitando distintos campamentos y quiere iniciar una campaña para ayudar a estas familias, principalmente con calefacción y métodos de aislamiento para sobrellevar las bajas temperaturas del invierno; además de alimentos y vestimenta. “Con esta pandemia nos dimos cuenta de que hay más pobreza de la que imaginábamos. Hay muchas necesidades”, cuenta.

“Las manifestaciones van a volver”

Giovanna Grandon nació en 1975 y creció en un sector cuyas calles no estaban pavimentadas. Pese a que eso ha cambiado, cree que los conflictos en Chile siguen igual.

Estamos en 2020, pero continúan los mismos problemas y crecieron con la pandemia”, dice. Para ella, el manejo de la emergencia sanitaria por parte de las autoridades no ha sido el más oportuno.

“Mi opinión es que esto lo debieron haber parado al principio. Al comienzo todos acataron, pero se habló de nueva normalidad y se llenaron las ferias libres. Ahí explotó todo. Yo hubiera puesto cuarentena total el 15 de marzo y ya todos estaríamos normalmente trabajando de nuevo, y no pasando tanta necesidad”, señala.

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Para la “tía del furgón”, la pandemia dejó entrever, aún más, la pobreza y las debilidades del país en materia de salud, pensiones y educación. Esas fueron justamente las tres situaciones que llevaron a Giovanna a vestirse con el traje de Pikachu y salir a marchar en octubre. El escenario, a sus ojos, se va a repetir cuando acabe la pandemia: la gente podría volver a manifestarse.

“A mí algunas personas me dicen que, si no fueron antes, ahora tienen más razones para ir a marchar. La gente se dio cuenta de que realmente necesitamos un cambio; un cambio real, donde la riqueza del país se distribuya equitativamente”, explica.

Es por ello que la Tía Pikachu no tiene duda alguna de que el denominado estallido social solo estaría detenido por la pandemia, pero que las manifestaciones, se reactivarán.

“Hay gente que no tiene los recursos. Nosotros tuvimos herramientas para salir adelante, pero otros no tienen competencias ni habilidades y sólo se dedican a trabajar para vivir. No se les abren más puertas. Es por ello que yo voy a estar ahí con mi traje amarillo y cuando volvamos nos vamos a abrazar, nos vamos a besar: es tanta la necesidad de cariño. Eso necesitamos en este momento”, finaliza.

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