Por María Luisa Carrión
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Vivir sin nana (autoedición, 2017) no es un libro nuevo. De hecho, lleva más de dos años publicado, pero no había tenido tanta repercusión como hasta ahora, cuando una usuaria de Twitter comentó en la red social su experiencia sin una trabajadora de casa particular y qué es lo que pensaba podría ocurrir con el gremio.

Este fue el comentario que incendió las redes sociales el pasado 13 de julio:

Las respuestas no se hicieron esperar. Hubo cientos de comentarios: algunos a favor, otros en contra, algo que generó un intenso debate. Días después, Soledad Brinck aseguró haber recibido amenazas por su comentario y pidió disculpas a través de la misma red social donde todo partió.

Lo cierto es que, en medio de la discusión, salió al tapete el libro publicado en la plataforma Lulu.com, en mayo de 2017, por la periodista y actual directora de Extensión y Desarrollo del Museo Interactivo Judío de Chile, Michelle Reich: Vivir sin nana.

En la contratapa del libro, que rápidamente fue motivo de críticas, se señala que “vivir sin nana es abrirse a la posibilidad de menos dramas pequeños y cotidianos que son piedras en el zapato en tu camino hacia una felicidad más profunda. ¿Exagero? Quizás vivir sin nana no te traiga felicidad por el sólo hecho de no tenerla, pero sí te permitirá hacerte cargo de tus cosas, de tu espacio, y simplificarte. Y hacerse cargo y simplificarse sí pueden ser fuentes de felicidad”.

CHV Noticias contactó a la autora del libro, pero ella declinó entregar alguna declaración. Pero ¿por qué este texto causa tanta polémica?

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“Refleja parte de esa sociedad que nosotros estamos denunciando”

Luz Vidal, presidenta del Sindicato de Trabajadoras de Casa Particular (Sintracap), reconoce que ha leído algunos extractos del libro y que no ha querido darle mayor importancia a la polémica. Pero sí afirma lo siguiente: “refleja parte de esa sociedad que nosotros estamos denunciando. Esa sociedad clase alta, media burguesa, que es clasista, arribista, discriminadora y abusiva. Ese libro, en cierta forma, y por los párrafos que yo he leído, viene a reflejar y a reforzar lo que nosotros hemos denunciado como sindicato”.

El gremio de trabajadoras de casa particular se ha visto profundamente afectado por la emergencia del COVID-19. A la fecha, y según sus cálculos, van más de 100 mil puestos de trabajo perdidos y unas 20 mil personas están actualmente con suspensión laboral.

Para ellas, muchos de los empleadores no han cambiado su forma de relacionarse con las trabajadoras y conservan un trato discriminatorio. “La clase media tiene una evolución en el pensamiento, pero hay una clase que está más arriba que llamamos nosotros los ‘patrones de fundo’, esos son los que creen que todo es parte de su propiedad. Ellos miran con desprecio no solamente a las trabajadoras de casa particular, ellos miran con desprecio toda la mano de obra”, señala Luz.

En medio de la polémica en redes sociales, algunos de esos empleadores deslizaron críticas a la labor de las trabajadoras, a las que Luz responde así: “cada vez somos menos las trabajadoras que nos creemos el cuento de que somos parte de la familia. Para esas mujeres que han estado muchos años defendiendo a sus empleadores debe ser una tremenda cachetada, debe ser una tremenda bofetada en la cara sentirse un mero robot”.

Y advierte también la enorme carga laboral que algunas de ellas tienen, que se dedican no sólo a las cosas domésticas, también al cuidado de los niños y niñas. “Ahí está el reflejo, para quien tenga tiempo para leer un libro como ese, puede repasarlo y podrá entender lo que nosotras hemos denunciado”, asegura Luz al otro lado del teléfono.

Reconocen, además, que al término de la emergencia la situación para el gremio puede ser aún más dura, ya que muchas familias de clase media que tenían una trabajadora en su hogar ya no podrán seguir contando con sus servicios.

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“Eso lo tenemos nosotros claro, se viene una recesión económica, porque muchos de los puestos son de una clase media que también se está viendo afectada”, sentencia Luz.

Y es por eso que esperan más ayuda del Estado, y en concreto, del Ministerio del Trabajo: Luz nos cuenta que la mayoría de sus colegas no ha calificado para el Ingreso Familiar de Emergencia, que muchas trabajadoras, sobre todo migrantes, se han alimentado estos últimos meses en ollas comunes, que no todas han recibido una canasta de alimentos y entre las que cuentan con un sueldo han ayudado a las que están más vulnerables.

¿Algo ha cambiado con las décadas?

En medio de la conversación con Luz, hay una frase que no puede –ni debe– pasar desapercibida. “Hace 10 o 15 años atrás a las chicas se les prohibía hasta pololear”, nos cuenta para graficar la realidad de un trabajo que tiene larga data en nuestro país, en el que han cambiado muchas cosas, pero otras se han mantenido arraigadas.

Y en la página web del sindicato es posible encontrar el siguiente testimonio.

¿”La nana” es parte de la familia?

Para hacer un poco de memoria, recurrimos al historiador Sergio Grez, quien nos comenta que “para entender algunas características del servicio doméstico en Chile en la actualidad, hay que remontarse varios siglos atrás, a la época colonial, o por lo menos a las primeras décadas del periodo republicano. Hay que entender las formas de reclutamiento del servicio doméstico y el tipo de relación que se establecía entre patrones y empleados”.

En su libro De la ‘regeneración del pueblo’ a la huelga general. Génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810 y 1910) es posible conocer estos orígenes. Como, por ejemplo, la captura de niños y niñas indígenas – los “chinos y los indiecitos”– y su posterior venta a las familias acomodadas y la complicidad que tenían las autoridades con estos sectores adinerados.

“Hasta mediados del siglo XX, los cambios fueron en general muy lentos y había una relación de gran dependencia entre patrones y sirvientes domésticos, la mayoría de ellos mujeres. Se ha mantenido, hasta tal punto, que hasta hace pocos años era muy corriente la figura de puertas adentro. Y eso no es si no, un fruto de la herencia histórica, de raigambre colonial, pre capitalista que se ha arrastrado durante muchos años, siglos, en la sociedad chilena”, señala el también académico de la Universidad de Chile.

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Aunque claro, las relaciones se han modernizado, reconoce el historiador y, por ejemplo, las trabajadoras de casas particulares han formado un sindicato, hay cambios que al parecer aún son más complejos.

Lo más difícil en todo cambio social, a veces no es el cambio legal, sino el cambio de las mentalidades, son muy difíciles y muy lentas de cambiar y, por ende, de ese origen histórico de la servidumbre en Chile, un origen servil y semiservil, se mantienen algunas trazas, suavizadas evidentemente, pero que han dejado una impronta indeleble de muy larga duración en las mentalidades y, por lo tanto, en las relaciones sociales”, indica el historiador.

Pese a la ley vigente, desde el sindicato de trabajadoras de casa particular calculan que antes de la pandemia cerca de un 53% todavía era informal, es decir, no tenía un contrato laboral.

Y si bien aseguran que algo ha cambiado con los años, no todos los empleadores han tomado conciencia.

Un fenómeno que también analizamos con Macarena Orchard, académica de la Escuela de Sociología de la Universidad Diego Portales e investigadora del COES.

Hay una matriz hacendal arraigada en América Latina en términos culturales. Se habla de la matriz neoliberal que ha ido reemplazando a esa matriz hacendal, pero aún así es una matriz que formó mucho de lo que somos. Entonces, desde ese punto de vista, no es tan sorprendente ver que todavía hay resabios en la cultura chilena“, asegura la académica como punto de partida.

La pregunta es entonces por qué sigue esta matriz tan arraigada. “Se ha establecido muchas veces una realidad con ellas en que está mezclado lo laboral con lo afectivo, de una manera muy compleja. En esas tensiones, lo que podrían ser los derechos laborales se van poniendo un poco en duda, porque se desdibujan los límites, en función de un afecto que es medio nebuloso. Y ahí está esa idea de que ‘la nana’ es parte de la familia”. Entonces, hasta qué punto lo que hace es su trabajo, pero también un favor”, afirma Orchard.

La investigadora también concuerda, al igual que Sintracap, que nuestra sociedad es clasista. “En el trato se refleja por excelencia. Hay muchas historias y lo muestran los estudios de abusos, en que son sometidas a vejaciones, a humillaciones en distintos niveles”, señala la investigadora del COES.

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Para que existan cambios más profundos se necesita una sociedad que no esté organizada en función de las clases y jerarquías, argumenta la también académica de la UDP. Sin embargo, la sociedad chilena no propicia el encuentro entre clases sociales, puntualiza.

“La considera (a la trabajadora) en este rol ambiguo, que en el fondo es como querida, pero abusada al mismo tiempo. Y esa figura es muy compleja”, indica Orchard.

Como se trata de un rubro que históricamente estuvo desregulado y que tiene en la actualidad a muchas trabajando sin contrato, los cambios pueden tardar aún más y la emergencia sanitaria precarizar las fuentes laborales.

Sin embargo, el estallido social ha venido a ponen en jaque mucho de lo que antes estaba en status quo. “Estamos en un contexto más sensible que está forjando cambios“, indica Orchard, y agrega que “las crisis sociales gatillan. Entonces sí, estamos en un contexto más favorable de cambios en ese sentido. Pero los cambios también generan resistencia y la élite chilena a veces ha sido lenta en aceptar los cambios”.

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