Por Layla Chaab
Publicado por CHV

De vez en cuando, en términos estrictamente musicales y culturales, está bueno preguntarse si los noventa fueron una década o una generación.

¿Qué fueron realmente? Considero que, sin afán de apologizar el tópico que protagoniza este artículo, todas las décadas que han conformado el último siglo han sido… décadas. Y los noventa, la Generación X, conformada por los nacidos entre 1965 y 1979, aproximadamente, quienes cansados de escuchar playbacks en conciertos y presentaciones en vivo, de ser encuestados telefónicamente para los charts de Billboard y agobiados por una industria musical impositiva que ofrecía a artistas como Whitney Houston, Guns N’ Roses y Madonna (solo por mencionar algunos), terminaron por aceptar la invitación del líder de Jane’s Addiction (banda que se separó por primera vez en 1991, el mismo año en que nació el festival) y luego de Porno for Pyros, Perry Farrell, a ser parte de un proyecto itinerante por Estados Unidos y Canadá llamado Lollapalooza, que convocaría a los jóvenes que la prensa norteamericana en su momento bautizó como integrantes de la nación alternativa, ese grupo humano que adhería al punk rock, hip hop (en trepidante alza por aquel entonces), el rock industrial y alternativo, funk rock, el indie y grunge (viviendo sus años dorados en la misma época y que terminó por diluirse, casi por completo, tiempo después) como un consumo fresco y novedoso, una alternativa al pop, heavy metal, thrash metal y hard rock, que el negocio musical ya consolidada inyectaba a través de los medios, viendo así en Lolla un lugar catalizador digno de habitar anualmente.

Atípico y disruptivo, el festival se volvió un acto, justo, necesario, pero más que nada solidario con su juventud, para así sobrevivir a la América administrada por George Bush padre y todo lo que eso conllevaba.

Dichos integrantes de aquella generación no han desaparecido, solo han transmutado; se han convertido en padres, algunos de ellos en abuelos, que hacia el final de esa década debieron sortear las responsabilidades de la adultez y hacer frente a sus realidades particulares. Las prioridades se volvieron familiares.

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Es innegable; los festivales de música no suelen estar en los primeros puestos de la agenda, menos si duran varios días, son costosos, o requieren un traslado fuera de la ciudad, pero sigue existiendo una participación activa menos masiva que antaño. Así, estos eventos dejan de convertirse usanza, y es entonces cuando la posta ritual llega a los siguientes.

La Nación Alternativa, conformada por la Generación X, es relevante para comprender la historia musical occidental contemporánea e hipermoderna, ya que como la audiencia pasiva que fueron (sin acceso a internet ni redes sociales o convergencia digital alguna) establecieron con menos herramientas de unificación constante y sin un trabajo de refuerzo diario a través de dichas plataformas, un nuevo paradigma de consumo que desafió la oferta impuesta por los grandes sellos que ya conocemos: el de levantar a los artistas desde las audiencias y no los artistas reconocidos a la fuerza como dispendio permanente creados por las casas discográficas.

Esto último no cambió con el tiempo, pero dejó de ser un control absoluto desde el momento en que hubo otras opciones disponibles en las mediaciones culturales entre los jóvenes. El punk les legó esa viabilidad, el grunge también. Y el hip hop, qué decir.

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En los noventa no pasaron cosas; lo que ocurrió fue que los amantes de la música hicieron que determinadas experiencias algo más satisfactorias ocurrieran. Y eso no tan solo cambió el curso de los hechos ya vividos, sino la manera adecuada con la cual debemos analizar el presente musical e industrial y darle un sentido apropiado, lejano de prejuicios contra determinados géneros y sus seguidores.

Es cierto que sus organizadores (la promotora de conciertos, además de gestora de artistas C3 Presents, junto con agencia de talentos William Morris Endeavor –ambas estadounidenses- y las productoras de cada sede en América y Europa, que en el caso chileno ha sido siempre la misma, Lotus Producciones), sin importar la idiosincrasia musical local de cada franquicia, dimensionan una premisa básica y desde aquí se desprende lo demás: el festival que año tras año levantan es, ante y primero que todo, cientos de miles de entradas por vender. Pero si el proyecto no tuviese alma ni espíritu, o una cultura en sí, sería menos legible y un fenómeno posmoderno más del montón.

Es muy probable que esto se produzca porque desde su comienzo, a mediados de 1991, el evento es convocado y monitoreado por un músico que nunca ha dejado de estar activo en la escena, más otros varios considerados de este arte, quienes pese a ser grandes cabezas y hacedores de espectáculos globales, le tienen una alta estima al proyecto descomunal que año tras año solventan, esa que logró dar ritmo a la maquinaria del entretenimiento mundial de los últimos 28 años, y parte importante de la responsabilidad cultural, misión y visión comercial tras esta instancia anual la tiene el señor Perry Farrell.

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La nación alternativa no nació ni residió en Latinoamérica, pero sí que tenemos representantes de la Generación X. Ellos le dieron la vida a millennials y centennials (además de, en muchos casos, legarles gustos musicales), los hoy hacen de las suyas en la franquicia.

Pese a las diferencias culturales entre las audiencias locales de cada Lollapalooza (por ejemplo, Brasil es un mundo aparte y en Estocolmo, específicamente a fines de junio 2019, demostrarán lo mismo), existe un comportamiento algo inconsciente entre la mayoría de sus asistentes vigentes (especialmente los se han integrado durante estos últimos tres años) que no muchas veces se menciona y no tiene relación al ímpetu que caracterizaba a los mayores por asistir a hechos de esta categoría, sino lo opuesto: la necesidad de concurrir a un festival o determinado acontecimiento por el simple hecho de estar ahí, presentes, y no perderse nada. Recuerden: no estar ahí es no estar en ninguna parte.

Es entonces cuando aparecen conceptos mal empleados y aplicados, promovidos principalmente por la prensa sudamericana (más crítica y aleccionadora que su símil anglo), melómanos interdictos e intentos de expertos en datos musicales, tales como “recambio generacional”, que intentan tipificar la migración del consumo existente representada por quienes integramos las generaciones posteriores.

Le adjudican un hoy diverso a una fiesta que siempre ha sido igual (desde Sinéad O’Connor hasta Cypress Hill en Lolla 1995, o Major Lazer con The Temper Trap en Berlín 2016, entre muchísimas variables más); integración no es cambio ni recambio. Los nuevos consumidores de estilos como la electrónica y el trap son desprejuiciados y pontifican menos que los previos, eso es cierto en todas sus ediciones mundiales, pero en el caso chileno es posible dar cuenta de una lamentable realidad: Lollapalooza les llegó con veinte años de desfase a un grupo etario que ya en la adultez comenzaron a acostumbrarse a disfrutar eventos masivos de este tipo, y eso sin duda merma la relación y reacción ante la experiencia, más su motivación para acceder a ella. Han perdido valioso tiempo debatiendo entre ellos, en relación a qué es lo que corresponde o no escuchar, qué es “bueno o malo”, cuestiones que realmente no importan y deben ser evaluadas por cada persona.

Aquí suscita otra circunstancia; el objetivo central de las nuevas audiencias no pasa tanto por la música, pero sí totalmente por la presencia. Pareciera ser, dicen, te lo aseguran: hay que estar ahí.

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