Este viernes, Ana González, una de las activistas de derechos humanos de mayor simbolismo de la historia reciente de nuestro país, dejó este mundo.

Anita de Recabarren, como le decían, se fumó su último cigarro, aspiró profundo y vio diluirse la vida como el humo de ese pucho. Tenía 93 años y murió esperando.

“Quiero llorar a mares. Significa que cuando los encuentre entonces voy a llorar a mares. Yo lloro, pero el llanto, el llanto así, confundido con la pena, la esperanza, ese llanto no me lo puedo permitir”, afirmó en alguna oportunidad esta mujer, una de las fundadoras de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD).

El humo desvanecido en el aire dibuja la huella que el tiempo retrata como arrugas en su rostro. El tiempo es implacable. Con la mirada perdida en el mar. Anita murió esperando…

 “La realidad es que quiero encontrarlos, no quiero llevar más esto”, afirmó también, apuntando a las cuatro fotos que lleva prendidas en el pecho.

En el documental “El Juez, la víctima y el victimario” emitido por Chilevisión, que relataba los crímenes de la dictadura desde tres miradas, fue ella quien habló por las víctimas.

“Esa fue la reja por donde salieron el último día los tíos y el abuelo. Ellos no volvieron, comenzó la búsqueda de años y la abuela instantáneamente decidió cerrar esa puerta”, afirmó Lorena, nieta de Ana, la misma que el día de su hospitalización reclamó por la falta de camas y que la despidió con un beso en la frente.

“Este candado es viejísimo pero las llaves están ahí colgadas en la cocina, es fácil llegar a ellas y abrir, prácticamente quedó clausurado el día que mi abuelo salió… quién sabe si se abrirá a lo mejor cuando aparezcan mis tíos, mi abuelo y a lo mejor esta va a ser la puerta de entrada para ellos si en algún momento hay que velarlos. Si es que sabemos algo de sus restos será nuevamente abierta y será la puerta de entrada a su casa, espero… y espero que mi abuela este vive”, dijo también su nieto Rodrigo.

La llave del candado colgada en la pared de la cocina de su casa. La reja nunca abierta. Porque los que ella esperaba, no llegaron. Porque los que le arrebataron ese trozo de su vida, no le dieron respuesta.

“Si ellos fueron tan valientes y tuvieron la capacidad de asesinar a tanta gente y se sienten orgullosos de eso, ¿por qué no dicen la verdad? ¿por qué no lo proclaman y dicen: ‘¿Sí, lo hicimos!’”, reclamó Ana en vida.

Este viernes sus ojos atravesaron esa reja cerrada a la entrada de su casa. Y pronto su cuerpo llegará detrás de su mirada al cementerio. Y aunque esté muerta y enterrada en una tumba, Ana González seguirá esperando, porque ahí tampoco encontrará los huesos de los suyos: están desaparecidos.

Los desaparecidos de Anita

Luis Emilio y Manuel, sus dos hijos, fueron detenidos por funcionarios del régimen el 29 de abril del 76. Su nuera embarazada corrió la misma suerte y su pequeño nieto de dos años quedó abandonado en la calle y regresó solo a casa.

El 30 de abril, su marido Manuel, salió a buscar a sus hijos y tampoco regresó. Todos fueron detenidos, asesinados y hechos desaparecer.

Ana González tenía 48 años cuando comenzó a buscar a sus familiares desaparecidos. Fue una de las tantas mujeres que dejaron los pies en la calle recorriendo cárceles, hospitales, regimientos, morgues y comisarías.

Esas mismas mujeres que se agruparon al alero de la Vicaría de la Solidaridad y que desafiaron a la dictadura para fundar la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

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