Por Alejandro Vega
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“Al señor jefe interno. Vengo muy respetuosamente a solicitar el ingreso de un chancho faenado y un saco de carbón. Esto sería ingresado el día viernes 19 del presente. Sin nada más que agregar, es solo gracias.
Atte a Ud.
Israel Salazar Tapia Módulo II (Beta)”.

La carta de este narcotraficante conocido como el “Isra”, enviada a la jefatura de Colina 2, está timbrada y autorizada con fecha 17 de septiembre del 2014 por el jefe de régimen interno, coronel Renato Montecinos Lavín. El solicitante, Israel Salazar, era el líder y sicario de la banda “Los Pilas” de La Legua, uno de los hombres más buscados por la policía hasta que fue detenido en julio del 2007. Tiempo después amenazaría de muerte al fiscal Alejandro Peña.

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Trasladado a Colina 2, en este recinto se convirtió rápidamente en uno de los líderes que se apropiaron del módulo Beta. Eran 160 internos que elevaron durante años una solicitud tras otra para ingresar alimentos prohibidos, artículos electrónicos y artefactos de línea blanca que poco a poco se fueron acumulando en un espacio que terminaron controlando.

“Lamentablemente se había instalado como una práctica aceptable. Aquí había connivencia de reos con gendarmes y eso es lo que se está investigando”, asegura el ministro de Justicia, Hernán Larraín, tras la emisión del reportaje de CHV Noticias que reveló antecedentes del sumario instruido por Gendarmería y que también son investigados por la Fiscalía Centro Norte.

“Esto no era una mera omisión de regla, es algo más que eso. Estamos frente a situaciones que me parece, tienen y revisten el carácter de cosas graves, probablemente de corrupción y algunas pueden ser de naturaleza delictual”, dice el ministro.

Además de neveras, conservadoras de alimentos, televisores que superan las 40 pulgadas, hornos y parrillas, también había muchas consolas de juego, PlayStation y Xbox.

A pesar de la polémica que levantó este mediático caso conocido como “Celdas Vip” y de las revelaciones del sumario, el director de Gendarmería, Christian Alveal, autorizó que un equipo de reportajes de CHV Noticias ingresara a Colina 2, para comprobar in situ las condiciones en que vivían los internos y el espacio que controlaban.

Han pasado cinco meses desde el allanamiento bautizado como “Operación Bisagra” que develó públicamente lo que muchos sabían al interior de la Institución.

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“No te puede sorprender, menos a las personas que han estado por décadas a cargo del sistema. En todas las visitas que hice fui acompañado por los oficiales penitenciarios. Siempre. Por tanto, lo que uno tiene que reconocer es que la continuidad del conocimiento lo tiene el servicio”, sentencia el ex director de Gendarmería, Jaime Rojas.

Quien nos conduce por el largo pasillo que une el ala norte con la sur, es el mismo alcaide que como teniente también ejerció funciones en este penal hace más o menos una década. A mitad de camino, el coronel Víctor Provoste se detiene y gira hacia una reja con picaporte que abre un funcionario. Es el ingreso al módulo Beta. Hay un hall repleto de enseres que es la antesala al patio donde pronto veremos los talleres y los dormitorios. Parece una feria de las pulgas. Es difícil encontrar un espacio para pisar firme sin tocar algún artefacto. Televisores, herramientas, lavadoras, hornos, cocinas eléctricas, incluso un disco para mariscal. Sobre cada artículo se estampa un papel empolvado que lleva escrito el módulo y el nombre del interno.

“Se desmanteló al 100 %. Es increíble las cosas que tenían los internos. Uno se pregunta cómo convergió tanta autorización de ingreso de artefactos en un lugar tan pequeño”, relata mientras apunta su dedo hacia un subwoofer que más de alguna vez habrá roto en decibeles la apacible tranquilidad en que vivían los “huéspedes” del módulo.

Al fin salimos del concreto de las murallas para ingresar o mejor dicho, salir hacia el corazón del módulo. Es un espacio al aire libre, un patio carcelario muy distinto al que hemos visto por televisión. Hay muy poco cemento. Es más tierra, pasto, plantas, un árbol y muchas herramientas. A primera vista se ve un torno y a un costado una parrilla de quincho construida con ladrillos.

Es similar al patio de una casa, pero en el centro hay un óvalo de plantas que rodean un pequeño santuario con la virgen y Jesucristo crucificado. ¿Lo habrán fabricado los mismos internos?

“Se daban el lujo de tener talleres, una cantidad impresionante de herramientas”, nos asegura el coronel Provoste. “Igual hacían lindos trabajos”, le respondo, cuando veo un inmenso trozo de tronco tallado y barnizado pulcramente con la figura de un aborigen.

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Más allá del talento que pudo brillar en su tiempo de encierro, impresiona la cantidad de herramientas que los internos tenían a su disposición sin control alguno de parte de Gendarmería. Taladros, sierras eléctricas, esmeriles. Lo suficiente como para realizar un escape de la cárcel. Lo que usted desee, lo puede encontrar en esta especie de ferretería a la que también daban otro tipo de uso. Es decir, ellos mismos podían hacer sus “estoques”.

“Por ahí, deben haber algunos estoques…ahí hay uno”, señala el coronel Provoste y continúa: “Escondían droga y otras cosas, cuchillos y estoques, en los lugares que uno menos se imagina”.

Un mes después del allanamiento de abril que terminó con el dominio de los internos, funcionarios de Gendarmería inspeccionaron de forma minuciosa cada rincón. Aún así, todavía siguen encontrando objetos prohibidos en los lugares más inusuales.

En los soportes de fluorescentes adosados al techo encontraron celulares y cuchillos “mariposa”, objetos que también se escondían en rendijas de tablas que sacaron de algunos muebles. Pero lo más extraño estaba en los ductos de desagüe que los funcionarios cortaron con una “galleta”: bolsas con droga. Ya no era sorpresa encontrar en largos tubos de pvc otra gran cantidad de cocaína y marihuana protegida con plásticos.

Cruzamos desde la virgen al otro extremo del patio y entramos a otro de los “talleres”, que más bien era el lugar donde los internos se mantenían en forma.

“Aquí había un gimnasio con todo el equipamiento que podía tener un gimnasio profesional, una trotadora, mancuernas”. Le preguntamos quién mandaba. “Buena pregunta. Mandaba. Ahí está el cambio”, asegura el oficial con voz firme y segura.

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El coronel Provoste llevaba 10 meses en el cargo cuando se produjo el operativo que marcó el inicio del fin de estas comodidades para un grupo privilegiado de reclusos. Por eso nos llamó la atención el hecho de que él no figurara entre los oficiales investigados en el sumario.

El director de Gendarmería, Christian Alveal, sale al paso de esta inquietud: porque él es parte del trabajo que se hizo para enfrentar lo que estábamos viendo en el módulo Beta. Hay dos oficiales que se hicieron cargo junto al coronel y que tenían una misión muy específica que era entregarnos antecedentes, información”.

Para terminar con esta realidad que se arrastraba desde hace muchos años -aseguran- fue necesario un proceso gradual de inteligencia para detectar los elementos negativos tanto entre los reclusos como en los mismos funcionarios enquistados en esta dinámica carcelaria.

Todas las modificaciones radicales generan una situación de conflicto con la población penal”, por lo que en caso de haber cortado de raíz todos estos privilegios asumidos por los internos, “lo más probable es que hubiera tenido un motín”, explica Provoste con cierta resignación.

El antecedente de violencia carcelaria más reciente se remonta a febrero del 2017, cuando los presos de Colina 2 se rebelaron, al parecer, frente a ciertas restricciones y malos tratos. Hubo casi 60 heridos entre presos y gendarmes. 25 líderes que estaban detrás del amotinamiento fueron trasladados a otro recinto, pero inexplicablemente el subdirector operativo de entonces, coronel Maurice Grimald, ordenó que regresaran a Colina 2.

El ex director de Gendarmería, Jaime Rojas, asegura que esa “era la medida que tenía que tomar en ese minuto para poder recuperar el orden del penal”. Niega que haya sido una exigencia de los presos, porque “me pareció que, si la medida era buena para recuperar el orden, había que tomarla”.

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En el módulo Beta, los mismos presos tomaban decisiones sobre la distribución de sus espacios. Algunas piezas las modificaron para habilitarlas como cocinas. Pero esto significó que los internos necesitaran ampliar la capacidad de los dormitorios. Entonces instalaron los soportes de fierros, por supuesto, soldando los camastros. Mientras, las autorizaciones de ingreso de cerámicas para los talleres de los presos también se desbordaban. Así ocurría en casi todas las peticiones que eran para arreglar sus espacios individuales.

Llegamos al segundo nivel. Una cuadrilla de cadetes de Gendarmería con mascarillas y trajes especiales trabaja en medio del hedor, las moscas y la basura repartida por pasillos y celdas que ellos despejan para el cambio. Aquí se instalará un CET, Centro de Educación y Trabajo, pero esta vez controlado por Gendarmería y para toda la población penal que alcanza los 1700 internos. No para unos pocos.

Antes de salir de este espacio maloliente, subimos la escalera hacia el último nivel. En lo más profundo del pasillo se aprecia claramente el trabajo “particular” que hicieron los internos, después que las jefaturas autorizaran el ingreso de dos máquinas de soldar que estaban a libre disposición de los presos. Todas las puertas de las celdas tienen picaportes por dentro de sus celdas, seguramente para no ser molestados por los gendarmes.

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“Aquí lo que se vio en términos concretos es que si los internos tenían picaportes por dentro, eso lamentablemente afecta y compromete la seguridad. Los espacios carcelarios tienen que estar a cargo de Gendarmería, no de un grupo de internos”, asegura Alveal, mientras que para el ministro Larraín “es simplemente brutal para un sistema penitenciario”.

En Colina 2 no existe una sala de castigo. En su lugar se construyó un “venusterio” digno para el encuentro de los internos con sus parejas. Atrás quedarán las improvisadas carpas que se levantan en una multicancha que hasta hoy funciona como improvisado espacio íntimo.

Además, pronto se dará a conocer una moderna tecnificación que contempla radares, cámaras de reconocimiento facial y calóricas, que funcionarán de forma autónoma, fortaleciendo el sistema de seguridad. Aún no se sabe la suerte que tendrán los oficiales que autorizaron lujos y privilegios para los reos.  Según la Institución, una decena de gendarmes vinculados a presos han sido dados de baja. Y más de 100 reos que lideraban el módulo Beta fueron trasladados a otras cárceles, descabezando la dinámica de poder que reinó durante años en este recinto penal.

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