Por Daniela Durán Alviña
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Sandra y Edith conversan mientras buscan entre las hortalizas que fueron desechadas algo que sirva para el almuerzo. Son las 3 de la tarde y la feria ya comienza a cerrar sus puestos. Pasan los últimos compradores y tímidamente empiezan a llegar los recolectores de comida.

Yo llevo todo regalado. Tengo papitas que me regalaron también. Ando con mi maleta“, nos cuenta Sandra Maldonado, “La Rucia” le dicen. Nos llamó la atención su maleta de viaje, la que usa para trasladar la comida que logra recuperar.

Trabajó vendiendo café en la misma feria de Mapocho en Santiago Centro, por eso dice que conoce a todos los feriantes. Edith también recicla comida. Nada se pierde, dice.

Los feriantes dicen que una fruta o verdura fea, o con un mínimo “machucón”, ya no se puede vender, porque la gente no la compra. Motivo por el que lo terminan botando.

Algo que ratifica Luis Sáez, investigador Cercta de la Usach, quien detalla que “muchos de los productos que se pierden, principalmente los vegetales, son los que nosotros denominados frutas y hortalizas feas. ¿Y qué son? Son las que tienen alguna deformación o sobremadurez”.

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Ellos están conscientes de que al terminar la feria aparecen los recolectores de comida, muchos por necesidad y también porque entendieron que el valor de aprovechar lo que otros no quieren.

Lo que en Europa es tendencia, en Chile aún es visto con recelo, pese a que en nuestro país al año se botan 3.700 millones de kilos de comida y cada familia pierde 63 kilos de pan.

Ante las alarmantes cifras, se creó el comité para evitar y disminuir pérdidas y desperdicios de alimentos. Ellos están luchando para coordinar a organizaciones y empresas.

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Pilar Aguillor, su presidenta, asegura que a nivel legislativo se está intentando modificar el reglamento sanitario de los alimentos.

El proyecto de ley será una gran herramienta, pero lamentablemente lleva tres años esperando que el Congreso lo apruebe.

Recolectar, recoger y recuperar son los verbos que conjugados pueden ayudar a transformar no sólo la realidad de los más necesitados, también nos permitirá ahorrar varios miles de pesos al año.

Basta con tomar conciencia y pensar dos veces antes de arrojar un alimento a la basura.

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