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Bruno tiene 5 años y su familia lo acompaña en su tránsito. Sus padres no tuvieron problemas en aceptar que la niña a la que llamaron Violeta no se sentía representada con su género desde sus 3 años, cuando comenzó a dar señales de que no estaba cómoda.

“Me dijo estoy pasándolo muy mal en el colegio, me hacen preguntas que me incomodan mucho y que no quiero responder y de ahora en adelante me voy a llamar Bruno”, comentó Christian Delon, su padre. Motivo por el que decidieron buscar otro recinto.

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Así llegaron a la Escuela Amaranta, el que lo acogió con los brazos abiertos, cambiando la vida de él y de su familia. “Cuando llegó acá lo primero que nos dijo es que se sentía genial acá, porque nadie lo molestaba”, añadió Christian. Y como él hay muchos otros estudiantes.

“Este colegio, no sé cómo explicarlo, pero me alivió, me siento aliviada”, indica Constanza Galvez, una de las primeras alumnas en asistir a la escuela.

“Fui mujer”, lo resume sencillamente la niña de 13 años que recuerda perfectamente el momento en que se liberó. “Me coloqué ropa de mi hermana y fue tan hermoso, me encantó”. Proceso que también favoreció su desarrollo y aprendizaje una vez que pudo expresar como ella se sentía.

Por ejemplo, recién entre los 9 y 10 años comenzó a leer. “Quería aprender como si fuese mujer. No escuchaba, no quería aprender a leer. Entonces, cuando pude, dije ‘ya Coni, ahora tienes que poner todo el empeño’. Y estudio más, ahora estoy aprendiendo a leer bien”.

Etapa que logra vivir de la mejor manera gracias al colegio, un espacio seguro en el que no hay lugar en la sala para las discriminaciones, ni en el patio para los prejuicios. Algo que queda demostrado en esta simple interacción entre dos estudiantes.

“Creo que como mamá se ha logrado algo mejor que en una escuela de educación formal, porque su interés por aprender nace de ella, no es una exigencia”, comenta Ximena Maturana, directora de la Fundación Selenna, una organización que acoge a la niñez trans.

Si bien para los y las estudiantes todo es positivo, la Escuela Amaranta vive con varias dificultades desde que decidió darle un espacio educativo a las niñas y niños trans que no tenían donde estudiar.

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Actualmente la escuela logra funcionar gracias a que vecinos de Ñuñoa prestan una sede social en las mañanas, pero no cuentan alimentación, no gozan del beneficio del pase escolar ni reciben apoyo por los libros que usan en las clases.

Básicamente, no son reconocidos como estudiantes, ya que para el Estado no existen como escuela, pese a que está entregando un derecho que el gobierno no ha sido capaz de dar.

Según detalla Evelyn Silva, la directora del establecimiento, sólo tienen dos apoyos fundamentales: la junta de vecinos de Ñuñoa que les facilita el espacio y el apoyo de Fondo Alquimia que les entregó un monto de dinero para mantener lo mínimo.

¿Y desde el Ejecutivo? Silva lo resume: “Todo es burocracia, todo es muy lento”.

Sin embargo, desde la Seremi de Educación aseguran que apoyan a la escuela y aplauden la labor que realizan. “Amaranta no tiene un comedor, que es lo que exige Junaeb para poder entregar alimentación, pero se están viendo otras formas, como comida fría”.

Además, dicen haberse comprometido a buscar ayuda con el Ministerio de Bienes Nacionales para conseguir un inmueble para que pueda funcionar. También buscan formas para que tengan pase escolar.

Mientras tanto, profesores y estudiantes valoran el espacio que tiene en el colegio y destacan que es un gran avance para el país, el que se ve reflejado en la alegría cotidiana con la que se desenvuelven los niñas y niñas en el recinto.

“Es increíble, pero todos en este colegio son felices“, asegura Coni, quien en el futuro quiere ser una modelo y youtuber, para poder irse a vivir con una amiga a otro país.

En tanto que Macarena Estella, profesora de arte, apunta que “me gustaría vivir en una sociedad donde no fuese tema ni la condición social ni la orientación sexual“.

Como ella, todos los profesores son voluntarios, algunos incluso viven fuera de Santiago y viajan para dar clases en el colegio que ya tiene una lista de espera de familias que quieren poner ahí a estudiar a sus hijos.

Todo, porque en la Escuela Amaranta, como dice Matteo, uno de los alumnos, se respeta que “hay miles de formas de ser normales y ésta es una. Tenemos derechos a ser respetados y ser amados”.

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