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La salud chilena está enferma y sus pacientes hoy sufren las consecuencias. Una semana antes de la crisis político social que ha movilizado a millones de personas en 10 días de masivas protestas, Paula Rojas debió suspender su tratamiento por la falta de un fármaco en el hospital Carlos Van Buren. La droga para la leucemia no estaba en abastecimiento de la farmacia”, asegura con una resignación que mezcla con rabia.

En varios recintos asistenciales se denuncia el mismo apremio. Faltan medicamentos e insumos. La vida de las personas está en riesgo.

Una dirigente del hospital San José, con cámara en mano, grabó la crítica situación de pacientes hospitalizados que están sentados en sillas plásticas de la urgencia. Dice que “como trabajadores, no vamos a seguir ocultando lo que aquí ocurre”.

La orden “si no hay plata, no se compran más insumos”, parece haberse convertido en una consigna del gobierno para controlar la deuda hospitalaria que alcanzó los 800 mil millones de pesos.

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Andrea representa uno de esos síntomas deficitarios. Es un número más en una larga lista de personas que por años espera una operación. “Lo mío quizás no es tan importante porque soy más joven”, nos cuenta. Está postrada. Tiene pudor de mostrar su rostro. Era una joven activa. Hace 10 años sufrió una displasia y hoy padece una artrosis severa en su cadera derecha que no le permite caminar. “¿La Andrea de ahora? En una cama. Es horrible. No poder dormir por los dolores también”.  Con 38 años, su mundo se restringe a las cuatro paredes de su pieza en el segundo piso de la casa donde vive con su madre, abuelos e hija de 11 años.

Su madre Liliana Errázuriz nos entrega el diagnóstico: “Su cadera está triturada”. Y  mientras palmetea sus muslos, afirma con seguridad que “estas piernas que tengo aquí se han convertido en las piernas de mi hija”. Quisimos acompañarla al hospital Traumatológico para confirmar en cuánto tiempo más operarán a su hija que lleva ocho meses en lista de espera.

Al ingresar a la oficina de la encargada, frente a recaudación, una funcionaria nos explica: “estamos operando a personas que llevan tres años esperando”.

Cuando le consultamos cuántos pacientes atrasados tienen, nos responde que “todavía no empezamos con el 2019. Entonces no sabemos la totalidad porque el año todavía no termina”.‘¿Y del 2018?’, preguntamos. “Recién estamos comenzando a llamar pacientes del 2018 para que vengan a tomar sus exámenes”. ‘¿Y del 2017?’. “Quedan más de 100 casos todavía”. La respuesta fue lapidaria para Liliana. Ante esta preocupante situación quisimos saber cuál es el costo de la operación para Andrea. “Pregunte al frente, en recaudación”, nos señala la funcionaria.

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Apenas cruzamos la puerta, preguntamos directamente por el precio para operar a Andrea. La funcionaria aseguró la intervención de cada cadera cuesta 6 millones y medio de pesos y que el pago es al contado, mediante depósito o transferencia. De esta forma, la podrían operar casi inmediatamente. Sí, si el mismo doctor acepta tomar el caso particular, hace los pagos y la operan. Se demora como una semana”.

Es decir, Andrea puede saltarse la lista de espera y ser operada en el mismo hospital público, por el mismo médico, pero en un horario en el que atiende a pacientes particulares, siempre que tengan el dinero.

Entregamos estos antecedentes al subsecretario de Redes Asistenciales, Arturo Zúñiga. “A mi me parece indignante. Voy a preocuparme de que este caso se investigue como corresponde”, sentencia.

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El problema es que esta situación no sólo revela el gran problema que representan las listas de espera, sino también cómo esta práctica se extendería a otros recintos hospitalarios del país, perjudicando a los pacientes de Fonasa que están en lista de espera.

Pero hay otro síntoma de esta enfermedad que aqueja a la salud pública y Paula Rojas lo vivió en el tercer ciclo de su quimioterapia, cuando no pudo ser hospitalizada en el hospital Carlos Van Buren para continuar con su tratamiento contra la leucemia que padece.

“Llegó mi doctora muy acongojada diciéndome que no tiene sentido tenerme ahí, que me devuelva a casa, porque la Citarabina, que es la droga para la leucemia, no estaba en abastecimiento de la Farmacia. Mi hijo fue a GES, Fonasa, pidió una audiencia con el director del hospital y nunca llegó”.

Pasaría una semana. Su denuncia apareció en el diario El Líder de San Antonio y fue viralizada a través de las redes sociales. Recién ahí la contactó la dirección del hospital. El fármaco apareció milagrosamente.

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Él me aseguraba para este mes… que sería irresponsable de su parte comprometerse con algo que no sabía porque esto estaba pasando a nivel nacional”.

La situación del hospital Carlos Van Buren es crítica. Tuvimos acceso a correos institucionales que llegaron a la bandeja de entrada del mismo director. En ellos se refleja el descalabro en el stock de medicamentos. De un total de 348 medicamentos solicitados para octubre, sólo se recibieron 23.

“Considerando este escenario, mi unidad no puede dar respuesta a los requerimientos de los pacientes”, “no hemos recibido nuevo presupuesto”, “el saldo de ítem farmacia en este momento es de $6.080”, se consigna en los correos electrónicos.

La situación es tan imperiosa que en el pedido mensual se grafica la cantidad de remedios faltantes.  A modo de ejemplo, en el caso del anticoagulante Acenocumarol, se necesitan 100 mil dosis, Diclofrenaco, 15 mil; Metamizol, 19 mil; Paracetamol, 45 mil.

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La correspondencia finaliza con estas preocupantes palabras: “Se requiere llegada urgente de Postaglandina PGD2. En estos momentos hay pacientes cardiópatas recién nacidos que requieren el medicamento con urgencia”.

Mauricio Cancino, director del hospital Carlos Van Buren, no quiso darnos una entrevista. Dicen que se siente presionado. Hace pocos días presentó su renuncia pero no fue aceptada en medio de esta crisis que se vive con la prohibición de comprar insumos si no se cuenta con los recursos.

Eduardo del Solar, director ejecutivo de la Asociación de Proveedores de la Industria de la Salud, compara la situación hospitalaria con un banco.  Los hospitales antes tenían una chequera en blanco. Es como la gente que da la vuelta pidiendo el mismo día crédito en el banco. Pido 10 millones aquí, 10 millones acá y al final me clavo a todos los bancos.”  Y agrega que “hoy vemos con tranquilidad que con el sistema que están comprando hoy, eso ya no lo pueden hacer. Porque no tiene tarjeta presupuestaria entonces no va a poder comprar porque no tiene presupuesto”.

Este cambio en el mecanismo de pagos, produjo una “falta de insumos en los distintos centros asistenciales, suspensión de cirugías, no contar con insumos básicos, antibióticos, sueros. Un desabastecimiento que creo no habíamos visto desde la vuelta a la democracia en nuestro país”, sentencia la presidenta del Colegio Médico de Chile, Izkia Siches.

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Para el gobierno, el origen del descalabro en la salud radica en la mala gestión de los directores de hospitales. El propio ministro de la cartera Jaime Mañalich plantea que “cuando un hospital, como ha ocurrido este año, hace más acciones y se queda sin presupuesto en septiembre, octubre, se queda sin presupuesto”.

La deuda hospitalaria llegó a la cifra de 801 mil millones de pesos. De estos, 350 mil millones se le debe a los proveedores. Eduardo del Solar confirma que bajo la nueva administración la deuda con los proveedores ha bajado a la mitad, y que hoy debe estar entre los 35 mil o 40 mil millones.

Para monitorear cómo los directores de hospitales gastan el presupuesto, el gobierno creó una comisión que cada semana supervisa dos hospitales, cuyos directivos deben exponer su gestión.

“Hay una muy buena gestión durante los últimos 12 meses, pero quiero ser muy claro en que esto debe seguir aumentando. Solamente durante este año hemos logrado crecer un 8 % anual y  uno ve con buenos ojos de que si esto se repite en los próximos años las listas de espera van a disminuir”, asegura el subsecretario Arturo Zúñiga.

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La directiva del hospital San José es una de las que aprobó ese examen de gestión aumentando la producción y disminutyendo el gasto. El problema es que para obtener estos resultados “comerciales” con un buen balance macroeconómico para las autoridades, algunos hospitales se quedaron sin insumos. De hecho, al director del hospital San José lo critican por la crisis que vive la unidad de urgencia.

Tenemos todos estos pacientes que están con cartelito blanco, hospitalizados en el servicio de urgencia del  hospital San José”, dice una dirigenta que grabó la situación en el recinto, mientras un paciente recrimina “que se preocupen de las personas, del  ser humano,de la gente que está enferma aquí”.

El director del hospital, Dr. Luis Escobar, es tajante ante estas críticas: “¿Sabe qué es más indigno? No atenderlos.”

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La doctora Ximena Rodríguez, jefa de anatomía patológica del mismo recinto, reconoce que los desperfectos en equipos han retrasado los exámenes y, con ello, el tratamiento.

“El equipo fundamental que falló que es el corazón de nuestra especialidad debió haber sido arreglado por una empresa que bloqueó a la institución porque el hospital tenía algunas deudas. Y por supuesto no mandaron ningún técnico a reparar ni tampoco quisieron ellos repararnos el equipo”.

El remedio parece ser más grave que la enfermedad. Por eso hay tanta expectativa de minutos antes de que el ministro Mañalich presente el presupuesto del 2020. Tras saludar a todos los periodistas presentes, la autoridad anuncia un aumento del presupuesto del 5,7 %, alcanzando los 14 mil millones de pesos, una cifra que para la presidenta del Colegio Médico, Izkia Siches, no es suficiente. “Este aumento presupuestario es uno de los más bajos de los últimos 5 años”, mientras que para el director ejecutivo de APIS, Eduardo del Solar, “el presupuesto debiera durar hasta mayo o junio del próximo año”. 

Una difícil realidad que día a día se traducen en números de largas listas y falta de medicamentos que sufre los pacientes de la salud pública de nuestro país.

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