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Es mediodía. “Voy y vuelvo”, dice Paulina Cespe (46 años). Desde su oficina en el séptimo piso de calle Pio X, en la comuna de Providencia, baja hasta encontrar una banca y se sienta. De su chaqueta saca una cajetilla y de la cajetilla, un cigarrillo. Encendedor. Ignición. Humo. Aspirar y botar. Una rutina de todos los días. “Me fumo alrededor de 5 cigarrillos por jornada”, dice.

El ritual demora alrededor de 15 minutos. El mismo que mata de cáncer de pulmón a 8 millones de personas cada año en el mundo. “Al terminar, hago lo que hace todo el mundo, tiro la colilla al piso”, agrega Paulina.

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En Chile, según la Encuesta Nacional de Salud 2016-2017, el 33,3% de la población fuma. Paulina, forma parte de ese grupo. El Estado, invierte gran parte de su presupuesto en enfermedades derivadas del tabaco, las que, en la mayor parte de los casos, es implacable: 54 personas al día mueren producto de esto en nuestro país.

No es sólo salud, también medio ambiente

Pero hay una preocupación anexa al consumo de este producto y tiene relación con la rutina descrita por Paulina. Como ella, son miles los fumadores del mundo que repiten el ritual: fumar, aspirar, y luego lanzar la ‘colilla al piso’. Sólo en la comuna de Santiago, se retiran más de 2 toneladas al año de estos residuos que la gente lanza al suelo.

“Son grandes contaminantes. En las limpiezas que hacemos en las playas constituyen cerca de un 30% de los residuos que recolectamos”, dice Carolina Schmidt, ministra de medioambiente.

El problema, más allá de ser una basura difícil de recoger, por su tamaño reducido, es la poca conciencia sobre la toxicidad que estos componentes poseen.

Respecto a lo anterior, el doctor y docente del departamento de ingeniería química de la Universidad Católica, César Sáez, explica que “todo lo malo que puede tener la combustión del cigarro, queda en el filtro”. Habla de restos de nicotina e hidrocarburos aromáticos, que son reconocidos cancerígenos a nivel mundial.

Incompatibles con el agua

El problema, es que estos residuos son solubles en agua. Es decir, si una colilla cae al río o el mar, el líquido absorbe todo lo tóxico. Así, según diversas estimaciones, se ha determinado que una sola colilla, puede llegar a contaminar alrededor de 50, e incluso 100 litros de agua.

En muchas casas de sectores rurales, este recurso proviene de pozos. Si uno de estos desechos de cigarrillos contamina el agua subterránea, puede ser dañino para la población que se abastece de esa fuente.

Hay que agregar que esta basura en ningún caso es biodegradable, y puede tardar hasta 10 años en descomponerse, generando un efecto contaminante en el medioambiente que puede ir de 7 a 25 años.

Lo anterior cobra mayor relevancia al saber que en el planeta 4,5 billones de estas colillas terminan depositadas en espacios públicos al año. Muchas de ellas, al alcance de los niños en plazas o calles concurridas.

Sancionar para aprender

La sanción por verter basura al piso proviene de las multas estampadas en las ordenanzas municipales, pero también está la sanción de la comunidad, que ya no perdona estas conductas irresponsables. Está mal visto tirar basura, pero no botar una colilla al suelo. Y mientras no se consiga generar la conciencia, no habrán cambios.

“Una de cada tres colillas llega al mar”, comenta la diputada Carolina Marzán, quien agrega que “las playas, que son un espacio social en el verano, donde va la familia completa, es el material que más ensucia, mucho más que las bombillas plásticas”.

La parlamentaria presentó en la cámara un proyecto para hacerse cargo de esta situación. En rigor, busca multar a quien arroje estos residuos al piso. También obligar a las empresas tabacaleras a producir colillas biodegradables. Y tercero, fomentar el reciclaje de este material.

Según cuenta Marzán el objetivo es “ generar conciencia y hacer un cambio cultural, aunque sea con multas cercanas a los $100 mil. Aunque las personas pueden reaccionar molestas, si no hacemos un cambio drástico, si no afecta el bolsillo, los adultos no van a reaccionar”. El proyecto, entró recién en su primera etapa de discusión, comenzando desde ahora un largo trance antes de ser ley.

Las colillas también son reciclables

Y mientras ese cambio cultural se pone en marcha, ya hay mentes ingeniosas que vieron en esta basura un elemento para sacar provecho y, de paso, evitar que sigan contaminando.

Un grupo de químicos en la región de Valparaíso logró reutilizar las colillas con un proceso industrial que las transformar en otros elementos. Así al menos lo describe Valery Rodríguez, de la empresa Imeko.

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“La colilla está hecha de plástico. Si nosotros lo recuperamos, lo limpiamos, le sacamos toda la toxicidad, se puede transformar en un producto útil, en una materia prima que puede terminar en maceteros, ceniceros, posa vasos, etc”, describe.

Así lo han estado haciendo, asociándose con varias empresas privadas a lo largo del país. Lograron, además, instalar contenedores junto a los basureros, para que los fumadores depositen ahí sus colillas que posteriormente serán tratadas.

Pero no es el único ejemplo. En la comuna de la Pintana, en la región Metropolitana, iniciaron una campaña para que la propia gente guarde o recolecte colillas en botellas plásticas. Luego son entregadas a la Dirección de Gestión Ambiental de la comuna. Por cada entrega, reciben una planta de regalo. “Ellos traen lo que simboliza la muerte, y nosotros le regalamos vida”, dice la alcaldesa Claudia Pizarro,

Lo que recolecten va a parar a una fundación llamada Biósfera Mía, que luego procesa estos productos para convertirlos en papel duro.

Otra iniciativa como la  de Rubén Basaure, de la empresa Bamactive, logró trabajar de tal forma las colillas que consiguió hacer que se transformaran en tierra sintética, donde se puede plantar pasto.

“Tomamos la colilla y entra a un triturador. Este la deja bien molida, como polvito prácticamente. De ahí se le aplica un proceso de reacción química”, dice. Se le sacan los contaminantes y luego el tiempo hace lo suyo.  Su intención es realizar un proyecto que permita,con esta tierra, plantar pasto en las azoteas de los edificios de la capital.

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