Por Julio Sánchez
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Hundido en la naturaleza que entrega la precordillera, camino a las Termas del Flaco en la Región de O’Higgins, escondido de la civilización que afuera de las montañas sobrevive a la pandemia que puso en jaque al mundo entero, allí, junto al río Tinguiririca que presume como su jardín natural, vive el «Ñaño».

El apodo se esconde tras su nombre real, Alfonso Pedro Pablo Bravo Lavín, de 74 años, quien recibió a un equipo de CHV Noticias tal como a diario, le abre la puerta a turistas o vecinos que todos los días, lo pasan a ver.

«Me gusta vivir así. Me encanta. Es agradable. No tengo luz, teléfono, internet, no tengo nada. Lo único que tengo es amistad y cariño y con eso yo creo que se vive de lo más bien», señala.

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La historia del «Ñaño», se hizo popular hace casi una década. Otrora exitoso abogado de la Universidad de Chile, con departamento en Las Condes, oficina en Santiago centro, un día se cansó del sistema y se fue a vivir a la precordillera. Fue parte de la élite, e incluso tiene un parentezco con el alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín.

«Es pariente mío, medio lejano. Es primo en tercer grado, pero si sale presidente, es primo hermano», indica entre risas.

La cuarentena y el coronavirus poco le importan. Asegura que está acostumbrado a estar solo, ya que vive en esa condición hace 10 años. «¿De qué te vas a contagiar aquí?», remata.

El buen humor es lo que caracteriza a este hombre, que reniega de la calificación que muchos entregan. Es que ser ermitaño no es lo suyo, ya que le gusta la gente y que lo pasen a saludar. Cada día, dice, por lo menos recibe dos vistas, entre vecinos, amigos y turistas curiosos de su historia, que ha recorrido el mundo gracias a un documental que cuenta su vida.

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Se trata del registro hecho por el director Christián Pino, que le muestra al mundo la historia de Alfonso Bravo Lavín. Reflejo de una vida digna de un libro. 

Su historia recorrió el mundo y en Chile ha sabido guardarse un espacio para el cariño de quienes día a día pasan a tocarle la puerta. Dice que las montañas y el color de la naturaleza son sus principales defensas contra este, y otros virus sociales que andan dando vuelta, como la envidia y la falta de empatía. En parte, razones por la que abandonó el mundo que conocemos para, como dice él, desde lo escaso, volver a vivir.

«Mi cuñado se compró este fundo e íbamos a hacer un complejo turístico, pero no andaba nadie. Siempre nos fue pésimo. Entonces, mi cuñado me dijo que me quedara con el fundo. Me empezó a gustar. Es una maravilla. No tienes en qué gastar. Yo creo que a harta gente le gusta esta vida, nada más que no pueden hacerlo, porque están metidos en la moledora de carne, todos endeudados», relata.

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