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“Estamos hace más de un mes, desde el 15 de mayo, en confinamiento”, relata Aaron Lucero tras despertar en una pieza que no es la de su casa, pero que tras varias semanas ya lo parece.

Él es supervisor móvil de Aguas Andinas y uno de los 248 funcionarios que permanece confinado en las instalaciones de emergencia de la empresa.

Y es que como las labores de dicha compañía son esenciales para el funcionamiento del país, simplemente no se pueden detener e idearon un plan para mantener funcionando el complejo y a sus trabajadores a salvo del COVID-19.

“Una de las ideas que surgió fue la del confinamiento y prácticamente todo el mundo aceptó, así que bien por ese lado”, añadió Lucero.

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¿La solución? Levantar campamentos en sus propias plantas de producción de agua potable, las que cuentan con todas las medidas sanitarias. Un proceso de confinamiento voluntario que funciona desde abril.

El turno funciona 4×4, es decir mientras cuatro están trabajando, cuatro están descansando“, detalla Aaron.

Campamentos que se encuentran al interior del complejo Vizcachas. Ahí, cada día, Aaron realiza sus funciones de supervisor móvil del área Maipo. Duerme en este lugar y cuando termina su turno de cuatro días, no vuelve a su casa, si no que al Hotel UGO.

Daniela Rebolledo, subgerenta de continuidad del Servicio de Aguas Andinas, explica que “al estar en confinamiento lo que se busca es garantizar un espacio bioseguro, no sólo en los recintos donde ejercen sus labores, sino en toda las instalaciones habilitadas para su descanso”.

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El agua que producen es vital: Sólo este complejo provee el 70% de agua potable de Santiago. Son actores invisibles que están alejados de todo y no es menor el sacrificio que hacen para que todos nosotros tengamos agua simplemente abriendo una llave.

En esta planta tan grande de verdad estas solo y hay que buscar las maneras de subirse el ánimo. Ya llevamos más de un mes acá y es complicado de repente“, sincera Aaron mientras se prepara su desayuno en la planta.

Las videollamadas con sus familias son constantes. Incluso con sus propios compañeros que trabajan dentro de la planta. A veces se conectan para no almorzar solos.

Un sistema que ha sido difícil de implementar, pero que ha valido la pena. Y así como ellos se la juegan alejándose de sus familias, los que los atienden en el hotel viven el mismo proceso.

Cristóbal Bid, gerente general del hotel, apunta que “todo nuestro equipo vive en el hotel y cada vez que entra una persona nueva se le hace el PCR para asegurarse que no está contagiado“.

En estos momentos, hay alrededor de 85 huéspedes alojando en el hotel, a ellos se suman las 25 personas que son parte del staff.

Toda persona, sea huésped o parte del servicio, debe utilizar estrictamente mascarilla. La recepción está correctamente aislada y los espacios comunes como el comedor también están delimitados. De a poco este lugar ha pasado a ser la segunda casa de sus trabajadores.

A Aron le quedan pocos días para terminar su turno e irse a ese hotel. También está consciente de la importancia de su labor para combatir la pandemia y de las nuevas prioridades en la crisis sanitaria.

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“Realmente uno se da cuenta de qué es importante en la vida. Ya uno no anda preocupado de qué va a comprar o regalar, eso pasó a un segundo plano”, añadió.

Hasta ahora, ningún colaborador se ha contagiado. Un sistema que ha permitido trabajar tranquilamente Aaron día a día. Tanto, así que teme más por su familia, porque en la planta ellos si están protegidos, pero afuera los contagios continúan.

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