Por Daniela Durán Alviña
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“A veces me dicen vieja cuica”, dice Celia y se ríe. Tiene 78 años y muchos recuerdos de una vida próspera. Llena de lujos y viajes, cuenta.
“Gracias a mi marido pude viajar por todo el mundo, pero las circunstancias… se murió el caballero (su esposo), las cosas cambiaron, hubo problemas en mi casa, enfermedad de mi mamá, enfermedades de mi hermano”, relata. Y la buena y estable vida que tenía hoy es un recuerdo. A esos problemas se sumó su jubilación, con una pensión de apenas $110 mil.

“Me gustaría que esto fuera más, esto si me gustaría que subiera”, enfatiza Celia, mostrando su colilla de pago de su pensión. Ella vive en la misma casa donde tuvo esa próspera vida que hoy rememora. Las contribuciones, eso sí, dice, son su calvario. Hoy el impuesto territorial que paga es el doble de su pensión.

“Pago $220 mil”, asegura. Ante esto, le consultamos nuevamente cuánto gana y repute que $110 mil. Y de ahí, la pregunta es obvia. “Entonces, ¿cómo lo hace para pagar?”. Apesadumbrada responde que “con ayuda de mi cuñada, yo, contribuye su hijo que es periodista, trabaja. Hay cosas duras, pero hay que enfrentarlas pues”.

Y en eso está Celia. Cada día es un desafío para esta mujer de 75 años que vive en la comuna de Providencia. Una pobreza encubierta, dice. Tras los muros de concreto de grandes y costosas casas se esconde una triste y dura realidad.

Manuel tiene 77 años y vive con una nieta en la casa donde él creció y posteriormente vio crecer a su propia familia.  “La buena vida echo de menos. Irse con los amigos y pegarse un buen asado, un buen almuerzo, una buena comida.

Manuel recuerda cómo eran esos años mozos en su casa en Providencia. Amigos y fiesta con su familia. Porque vive ahí desde que era niño. Por eso hoy a pesar de las condiciones sigue ahí. Trabajó en una línea aérea y su sueldo era bueno. Después de jubilar, al igual que Celia la vida se fue al piso.

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“Cualquier cantidad de gente y que con sus jubilaciones sus rentas no le alcanzan”, comenta Manuel quién además nos cuenta que el monto del pago de las contribuciones de su casa “son poco más de 110 o 120 mil pesos” un poco menos que su jubilación que es de $170 mil y son cuatro veces al año. Osea paga $480 mil anualmente.

“Tengo que a mi edad, seguir haciendo pololos para pode subsistir. Me casé con mi señora el 21 de mayo de 1966, alcanzamos a estar casados 51 años. Ya lleva dos años y tanto muerta”, añade. Solo, intenta mantenerse con su baja jubilación. Los recuerdos lo hacen luchar, dice.

Por qué me tengo que ir de  mi casa, estos son mis cuatro palos y aquí voy a morir. No por qué me tengo que cambiar, no por ningún motivo, me tendré que quedar a apechugar, como dicen aquí en Chile”, añade enfáticamente Celia, mientras riega el pasto de su casa en Providencia.

María vive sola, en una pieza que arrienda, pero en Providencia. No se va de la comuna donde ha estado toda su vida. Y donde recuerda sus años de modelo y auxiliar de vuelo. Tenía un buen trabajo. Si bien Providencia es más caro, dice que le da seguridad. Esta mujer de 83 años también vio su vida cambiar radicalmente. Vive con una pensión de 110 mil pesos.

“Me da miedo”, sincera María al ser consultada por qué no vive en una comuna donde le resulte más barato. “Y más si uno es sola. Si tuviera familia es diferente, pero es más peligroso” Añade que “hay un dicho muy cierto fíjate tú. Mamá joven ayuda, mamá vieja estorba. Parece que eso es verdad oye”. No quiere molestar a sus hijos, quienes trabajan mucho, sin tener mucho tiempo para visitas.

Se separó y no volvió a tener pareja. Tiene 83 años y está en perfectas condiciones de salud y con mucha vida por delante. El problema son los escasos recursos.

“Como que lo estoy aceptando. Uno va aceptando en la vida las cosas, porque a veces son cosas materiales y yo tengo el cariño y respeto de mis nietos, de mis hijos, de mis amigas“, recalca María.

Manuel se indigna al comentar que una persona puede estar 40 o 50 años trabajando y que tener estas jubilaciones es culpa de la mala administración del país. Celia relata que en su intento desesperado por no deber las contribuciones fue a consultar al Servicio de Impuestos Internos por alguna ayuda.

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“El empleado de impuestos internos me dijo ‘ah, pero usted vive en Providencia entonces tiene que pagar, porque es la comuna más cara de Chile. Pero señora es muy fácil. Váyase a vivir a la Pintana o la Legua y ahí no va a pagar nada’“, recuerda.

Está enojada. Pide que las autoridades se preocupen de la tercera edad, la salud y que bajen las contribuciones. “Cómo es posible que una persona de la tercera edad tenga que pagar 220 mil pesos a las alturas de mi vida“.

“Todos los políticos son iguales”, dice Manuel. “De derecha y de izquierda.”

Están todos enojados. Los tres. Ellos son el ejemplo de muchos chilenos que hoy ven con nostalgia un pasado mejor. Dicen estar de acuerdo con las movilizaciones aunque no comparten los destrozos. Son ciudadanos de más de 70  años que tienen mucha vida y ganas pero no tienen recursos.

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A nivel nacional, los gobiernos no han dado respuestas a esta realidad. A nivel local sí las hay. En la Municipalidad de Providencia, llaman a sus adultos mayores a pedir ayuda. Cuentan con programas que podrían aliviar los problemas que aquejan la vejez de estos chilenos.

La jefa del Departamento Social de Providencia, Carolina Faúndez, asegura que la Municipalidad está en conocimiento de una gran cantidad de adultos que padecen debido a sus bajas pensiones.

Tenemos un programa de ayuda permanente en alimentación para los adultos mayores que están en una situación de vulnerabilidad, con también la devolución de sus derechos de aseo con el pago de contribuciones. Apoyamos también con exámenes médicos, con medicamentos, con residencias de larga estadía y con apoyo en habitabilidad que es mejorar las condiciones de su vivienda”, añade.

En Chile más de 3 millones de personas son adultos mayores. De ellos, 86% son autovalentes. Hoy se trabaja en dar mayores oportunidades y beneficios a este segmento de la población que vive cada día más.

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