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La decisión del presidente estadounidense, Donald Trump, de reconocer a Jerusalén como capital de Israel no responde tanto a deliberaciones estratégicas sobre la paz en Oriente Próximo como a motivos de política interna y a las presiones de sectores religiosos en Estados Unidos, según expertos.

Trump, que llegó a la Casa Blanca impulsado en parte por una fama de sagaz negociador reflejada en su libro “The Art of the Deal” (1987), definió hace meses la paz entre israelíes y palestinos como “el acuerdo definitivo”, un cotizado objetivo que certificaría irrevocablemente su capacidad para hacer tratos.

Este miércoles, sin embargo, se alejó de esa meta de forma quizá irreversible, al convertir a Estados Unidos en el único país del mundo que reconoce a Jerusalén como capital israelí y en el primero que planea trasladar allí su embajada desde que la ONU instara en 1980 a todos los países a retirar de allí sus misiones diplomáticas.

El presidente hizo ese anuncio antes incluso de que su yerno y asesor, Jared Kushner, tuviera ocasión de desvelar el plan de paz que diseño para israelíes y palestinos con el beneplácito de Trump y el frecuente consejo de Arabia Saudí.

Tras el discurso, los palestinos cuestionaron el futuro de Estados Unidos como mediador en el proceso de paz, y hasta algunas voces proisraelíes preguntaron por qué ha actuado Trump ahora, en vez de guardarse la carta para influir en unas posibles negociaciones.

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