Por Patricio Pérez

Con su frondosa cabellera, Camilo Sesto fue casi como un marciano que llegó a principio de los 70 desde España. En el Chile de Allende, éxitos de aires épicos como “Amor amar” y “Algo de mí” ya eran parte del karaoke habitual de cada día. Eran canciones románticas, algo sufridas, casi una versión perfeccionada de los hits más sensibles de la Nueva Ola o los primeros discos de su compatriota, Raphael. 

No por casualidad, Sesto llegó como una estrella en ese complejo Festival de Viña de 1974. Fue la misma edición donde el Bigote Arrocet, en homenaje a Nino Bravo (fallecido meses antes), cantó “Libre” y abrió los brazos en el climax de la canción, lo que fue interpretado como un agradecimiento al Golpe Militar. 

“Les quiero decir una cosa, no me olviden, porque yo quiero volver”, comentó antes de lanzarse con “Volver, volver” de Vicente Fernández. Acompañado por un quinteto de guitarra, bajo, batería, órgano y flauta, más un coro, pasó del protodisco de “Fresa Salvaje” al rock con un cover de “Travelin’ Band” de Creedence Clearwater Revival, donde lució todo su histrionismo.

En toda su carrera, el hispano cultivó el misticismo de su figura a la usanza de Elvis. Junto con seguir sumando éxitos en los ránkings, se atrevió en 1975 a ser Jesús en Jesucristo Superestrella, la obra de Andew Lloyd Weber y Tim Rice, cuya versión en español (que financió y produjo) se convirtió en todo un fenómeno. Hasta hoy nos encontramos con artistas que, para mostrar sus virtudes vocales, cantan Getsamaní en los concursos de talento.

A diferencia de otros contemporáneos, Camilo componía la mayoría de sus éxitos, los que no tuvieron freno hasta la década de los 90. Así, se transformó en un compañero fiel en las radios chilenas, como parte de ese cancionero AM que daba voz a las pasiones y corazones rotos. 

Durante los 70 y 80, cuando la industria de los megaconciertos aún no se iniciaba en Chile, mantenía su vigencia al visitar cada cierto tiempo los sets de televisión de TVN y Canal 13. El reconocimiento del público nacional quedó enmarcado cuando se le entregó la primera Gaviota de Plata a un artista fuera de la competencia, en la recordada versión del Festival de Viña de 1981. Años más tarde, Jorge González se inspiraría en “El amor de mi vida” en la concepción de uno de sus mayores éxitos, “Estrechez de Corazón”. 

Por esto, junto a las decenas de hits como “Vivir así es morir de amor”, “Jamás”, “¿Quiéres ser mi amante?”, “Melina” y “Perdóname”, Camilo Sesto se vuelve una leyenda tras su repentino deceso de este fin de semana.

Su popularidad hizo que cada visita a Chile fuese seguida con atención y continuara replegando recintos, como ocurrió en el 2017 cuando llenó por última vez el Movistar Arena, en el marco de una gira de despedida que anunció en el 2008, pero que nunca tuvo fin. 

Mientras los medios latinos buscan resolver el misterio de sus últimos años, miles de fanáticos lamentan en estas horas la pérdida de una de las voces más inolvidables de la canción hispana. Varios de ellos de seguro aún poseen su entrada para uno de los dos shows que el valenciano tenia programados en febrero pasado en el Casino Monticello, y que se canceló por sus problemas de salud.

Como siempre, lo que nos queda son las creaciones de un hombre que supo cómo escribir el amor, dando voz a las emociones que todos tienen, pero que a veces son difíciles de decir. 

“Me parece muy honesto que unos canten contra la guerra, en defensa de las hormigas voladoras, a favor de una ideología política. A mí también me gustaría hacerlo. Pero a mí se me ha dado el don de interpretar esas mil formas de amor. El arte es largo (…) y creo que cabemos todos”, escribió en su libro de memorias. 

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