Por Susana Vega
Foto: Bruno Córdova

Catalina* (22) llegaba agotada a su casa tras las clases en la universidad. Estaba a semanas de cerrar su último semestre de quinto año y ad portas de iniciar su práctica profesional.

Entre fotocopias, libros y apuntes, la joven se daba un break para revisar las redes sociales. Cada vez que deslizaba su dedo por el inicio de Instagram aparecían mensajes emotivos y fotos de los últimos carretes de su generación.

Poco a poco fue perdiendo la capacidad de concentración cuando estudiaba y el temor al futuro le estaba ocasionando problemas para conciliar el sueño. Pensaba que no iba a ser capaz de poder enfrentarse a una etapa desconocida. Sintió, recuerda, que la ansiedad comenzaba a superarla.

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La ansiedad es un sistema de alerta, una anticipación involuntaria ante situaciones que son consideradas amenazantes y que pueden ser cotidianas, como el enfrentarse a nuevos desafíos al salir de la universidad, postular a un cargo en un trabajo o hablar en público en una presentación.

Son reacciones normales ante estresores que son cotidianos y son respuestas para poder activarte y responder ante las demandas”, explica Mónica Elgueta, psicóloga de la Clínica Santa María y especialista en terapia EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing).

Por un lado, es frecuente que se hable de una ansiedad catalogada positiva en situaciones como la espera del estreno de una película o frente a un parto.

“Son eventos que te activan con un propósito más bien positivo, para poder tener energías suficientes para hacer frente a la situación”, sostiene la especialista.

Por otra parte, aparece la ansiedad llamada negativa, acompañada de inquietud y miedo intenso a -por ejemplo- caminar por una calle oscura. Sin embargo, Elgueta indica que esta emoción es normal, porque permite estar más alerta o ser más cuidadosos.

Con la sensación de inquietud, pueden aparecer dolores en el pecho, sudoración, taquicardia y/o angustia.

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Una tarde, mientras avanzaba mirando las stories, a Catalina se le apretó el pecho. A los pocos segundos le empezó a faltar el aire y se sintió ahogada, por lo que tuvo que soltar su celular. Ahí se dio cuenta que revisar constantemente sus redes era el factor que le provocaba ansiedad.

Tras ello, abrió su notebook, se metió a las opciones de configuración de Instagram y decidió cerrar su cuenta.

Al desligarse de las plataformas digitales, volvió a dormir sin perturbaciones y a sentirse mejor. Hasta hoy no ha vuelto a vivir ese sentimiento que se encontraba a medio camino entre la inquietud y el temor y que, a pesar de esto, nunca la motivó a consultar a un especialista.

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Cifras mayores que la depresión

Existe una delgada línea entre la ansiedad normal -como la que vivió Catalina- y la que se convierte en un trastorno que, quienes lo padecen, ni siquiera pueden realizar sus actividades de manera normal.

Beatriz (31) llegaba cada mañana a su trabajo a sentarse frente al computador. Lo primero que hacía era compartir una que otra anécdota con sus compañeros y, junto a ellos, se tomaba unos minutos para decidir qué playlist reproducir para hacer más llevadera la jornada.

Desde febrero de 2018, y con el pasar de los meses, Beatriz comenzó a llegar diferente. Ya no tenía ánimo ni para echar la talla ni para elegir canciones. La irritabilidad, angustia y ansiedad se estaban apoderando de ella.

Pronto comenzaron a aparecer las crisis de angustia, especialmente en las mañanas. Recuerda, en medio de mucha emoción, que una de las peores que tuvo que enfrentar ocurrió frente a sus colegas.

En Chile son 1.100.584 las personas mayores de 15 años que tienen trastorno de ansiedad, lo que corresponde al 6,5% de la población según un informe de la OMS.

“Estaba con una presión muy fuerte en el pecho. Mis manos sudaban, tenía un movimiento incesante en el pie. Mis compañeros estaban alrededor. Decía ‘no puedo explotar aquí’. Pero la angustia me superó. Me paré ahogada, fui al baño y estallé en llanto”, revela entre lágrimas.

La ansiedad la tomó hasta tal punto que la llevó a tener miedo intenso a salir a la calle sola. Había terminado una “relación tóxica” y fue amenazada por su ex pareja. Con los meses, los ahogos, taquicardias, dolor en el pecho y la irritabilidad aumentaban. Es más, estos síntomas provocaron que estuviera más susceptible y alejara a personas importantes en su vida.

“Ahí hago click. Digo ‘ok, algo está pasando, estoy sobrereaccionando a situaciones que antes no sobrereaccionaba’”, cuenta.

A siete meses de que comenzaran los primeros síntomas, decidió pedir ayuda. Sentía que no tenía las herramientas para salir adelante y en su primera sesión con la psicóloga no pudo parar de llorar. Fue la mañana de un miércoles, recuerda, cuando supo que tenía trastorno de ansiedad depresivo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señaló en su informe Depresión y otros desórdenes mentales comunes (2017), que en Chile 1.100.584 personas mayores de 15 años tienen trastorno de ansiedad, lo que corresponde al 6,5% de la población. Esta cifra es mayor que aquellos que tienen depresión (844.253), la que equivale el 5%.

La diferencia entre ansiedad normal y trastorno puede ser desconocida. La permanencia, intensidad y desproporción de los síntomas son factores que se deben tener en cuenta.

Un trastorno es un conjunto de síntomas que permanecen en el tiempo y generan disfuncionalidad en las actividades diarias de la persona. Por ejemplo, salir a manejar en la noche me puede dar un poquito de ansiedad. Eso significa que me puede dar nerviosismo, puedo estar más alerta, me pueden empezar a transpirar las manos, pero si esto persiste en el tiempo, se mantiene o me impide conducir, y no hay un foco más específico. Eso ya es un trastorno”, explica Mónica Elgueta.

Si bien algunos tienden a confundir la angustia con la ansiedad, ambas son síntomas de una gran rama de reacciones que tiene el cuerpo ante un estrés y, juntas o separadas, pueden estar asociadas a una patología.

Entre los trastornos de ansiedad más frecuentes, se encuentran el trastorno de ansiedad generalizado, que se caracteriza por una ansiedad de larga duración y que no se enfoca en ninguna situación u objeto en particular. Otro de ellos es el de estrés postrauma, el que puede deberse, por ejemplo, al pánico por un desastre natural, un accidente o por un episodio de maltrato.

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A nivel mundial, las estadísticas arrojaron que el trastorno de ansiedad es mayor en mujeres (4,6%) que en hombres (2,6%).

“Las mujeres siempre consultan más de salud mental. Creo que hay un tema social de estresores laborales, estudiantiles y la sensación de cumplir distintos roles también puede influir. Ahora, también hay un tema social de que los hombres, en general, dicen tener menos tiempo porque están enfocados en lo laboral. Además, es mal visto entre ellos que consulten por problemas de salud mental”, agrega la psicóloga.

Precisamente, el miedo al prejuicio ante un trastorno mental fue el que vivió Felipe* (29) en su trabajo.

“No es que yo esté loco”

El inicio de la ansiedad en Felipe comenzó por problemas económicos tras perder el control en sus finanzas. Cuando se vio abrumado por esta situación, tuvo que revelárselo a su pareja y esto derivó en una crisis.

Tenía problemas para conciliar el sueño, la angustia que sentía era cada vez más frecuente y aparecieron las crisis de pánico. “Físicamente sentía una sobreexcitación, hiperventilación máxima, que algo me iba a pasar, que me iba a morir. Sentía que los minutos no pasaban y no podía controlar la situación”, explica conmocionado.

Recuerda que fue un lunes, mientras se duchaba antes de ir el trabajo, cuando explotó. “Me derrumbé. Sentí que todo era una mierda, mi vida laboral, mi vida económica. Fue un punto de quiebre”, cuenta.

Esa jornada no fue a trabajar y tomó una hora con un psiquiatra. Felipe tenía trastorno de ansiedad y una depresión leve, por lo mismo, le dieron dos semanas de licencia, pero él en su trabajo dijo que tenía faringitis. Su angustia era a tal grado que, luego, le solicitó a su jefe que lo despidiera, pero éste se negó.

“Vivimos en una sociedad donde la salud mental y este tipo de problemas médicos son visto como debilidades. Es difícil abrirse, no con mi círculo cercano, pero sí con gente del trabajo y que vean esa vulnerabilidad me complica. Dicen ‘pero cómo, si estái bien, si tienes todo’ y caes en el ‘no eres tan bueno o tan fuerte’”, añade.

Al respecto, la profesional de la Clínica Santa María explica que todavía existe algo de estigma social, especialmente en las edades más adultas. “Pacientes mayores dicen ‘no es que yo esté loco’. Todavía existen problemas de aceptación, como estrés laborales, porque es mal visto. Personas no se pueden tomar licencia porque si es del área de salud mental es como ‘chuta, cómo lo van a ver en mi trabajo”, sostiene.

La importancia de sanarse

Tanto Beatriz como Felipe comenzaron un tratamiento cuando sintieron que no tenían las herramientas para seguir adelante.

El tratamiento del trastorno de ansiedad consiste en terapias con especialistas en el área de salud mental, en algunos casos requiere de ser acompañados de ansiolíticos o antidepresivos. Además, recomiendan la meditación y técnicas de relajación, como los ejercicios para controlar la respiración.

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La psicóloga me dio a entender qué era lo mío y que sí se podía sanar. Esto permitió reconocerme, pero desde atrás. Todos tenemos en nuestra historia personal cosas que pueden desencadenar hasta hoy, y en la medida que tú tomas conciencia de eso te permite sanarte”, reflexiona Beatriz.

Por su parte, Felipe recalca la importancia del amor propio como proceso de sanación en el trastorno.

“Ahora veo que necesito hacer más cosas por mí. Encontrar un sentido a las terapias, salir a caminar, correr… si uno es consciente de su propia salud mental, y que uno tiene que ocuparse de estar bien, por ti mismo, es determinante al momento de cambiar de página. El ser consciente de esa revelación me ha servido mucho para seguir adelante”, señala.

“Hay un tema social de que los hombres, en general, dicen tener menos tiempo porque están enfocados en lo laboral. Además, es mal visto entre ellos que consulten por problemas de salud mental”, dice la psicóloga Mónica Elgueta.

Salud mental: Se habla mucho, se conoce poco

En Chile, de acuerdo a la última cifra que maneja la Subsecretaría de Salud Pública, se destina un 2,13% del presupuesto total de salud a la salud mental.

Esta cifra es considerada inferior a la recomendada por la OMS. Matías Irarrázaval, psiquiatra y jefe del Departamento de Salud Mental del Minsal, sostiene que se debería destinar un 6%.

El tercer Plan Nacional de Salud Mental, presentado en 2017 en el gobierno de Michelle Bachelet, plantea la necesidad de que Chile tenga una Ley de Salud Mental para el 2020. Con esto, se busca “asegurar que haya una adecuada salud mental para todos los habitantes, sin discriminación de ningún tipo y que incluya acciones promocionales preventivas e intersectoriales”, manifiesta Irarrázaval.

Sin embargo, actualmente en el Congreso sólo figura en tramitación el proyecto de ley sobre protección de la salud mental, presentado en 2016 por la diputada Marcela Hernando (PR), el que busca la protección de las personas con enfermedades mentales para que no tengan vulneraciones en sus derechos.

Respecto a la Ley Nacional de Salud Mental, el psiquiatra apunta que deben presentarla nuevamente, por lo que ahora están trabajando con un equipo jurídico para realizar algunas modificaciones.

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Irarrázaval añade que, dentro de los ejes de trabajos basados en el plan nacional, es importante dar énfasis a la educación sobre salud mental que debe tener la población.

“Para consultar necesito saber lo que me pasa. Es relativamente fácil saber si tengo un resfrío, pero puede que para las personas sea difícil saber qué es una ansiedad normal o una que requiera tratamiento. Todos tenemos ansiedad, el problema es cuando la ansiedad es demasiado alta, muy intensa. Este tipo de educación la población no la tiene. Esa línea se considera en el plan de acción para buscar entregar información para que la población sepa cuándo consultar, dónde consultar y por qué necesito consultar”, enfatiza.

Sobre el estigma que existe en esta área, indica que también está considerado en el plan de acción y que buscan reducirlo mediante educación en estos temas.

“Hace una década no se hablaba de salud mental. Después comenzó a hablarse y ahora último se habla mucho, eso es muy positivo, pero se conoce poco. Entonces, todavía hay estigmas o ideas que son prejuiciosas y erróneas en relación a los problemas en esta área. Eso quiere educación y trabajo con el estigma”, asevera el jefe del departamento de Salud Mental.

Esta idea es compartida por Felipe, quien reconoce que ocultar estos trastornos hace que “no se tome conciencia a nivel social sobre este tipo de situaciones” y que a la vez “no se normalizan”.

Siguen viéndose como cosas ajenas y es algo que nos pasa y que le puede pasar a todos”, opina.

Por su parte, Beatriz se suma a esta crítica, enfatizando que a la salud mental “no se le ha tomado el peso suficiente”.

“Estoy segura que más de una persona que lea esto, ha sentido alguna vez la necesidad de buscar apoyo profesional, pero por alguna razón, económica o por miedo, no lo ha hecho. Es tiempo de hablarlo, de que el Estado se haga cargo y que nos miremos con normalidad. Sí, voy a terapia; sí, tengo trastorno de ansiedad; sí, necesito ayuda. Si no lo hacemos, seguiremos siendo un país enfermo”, concluye.

*Los nombres fueron alterados para resguardar las identidades de las personas que dieron su testimonio.

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