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La población El Castillo, en La Pintana, es uno de los sectores más golpeados por la pandemia, pero no sólo en su dimensión sanitaria, sino en la económica. Las necesarias medidas de prevención ante el COVID-19, como la cuarentena, se ponen cuesta arriba cuando quienes deben realizarlas no tienen qué comer si ese día no salieron a trabajar.

Un equipo de reportajes de CHV Noticias conoció algunas de las historias de quienes se ven en la obligación de salir de sus hogares para encontrar comida para los suyos. Dicen que pensar en no tener un plato de almuerzo para sus hijos no los deja dormir, por lo que prefieren exponerse al frío y al coronavirus antes que dejarlos con el estómago vacío.

Coleros

Si bien las ferias libres tienen permiso para funcionar, al final de ellas se ubican grupos de personas a vender lo que pueden, son los llamado coleros, quienes dicen deben trabajar en esto para poder volver con algo al hogar, aunque saben pueden ser pillados. Y si bien no les sobra nada, tampoco les falta para poder colaborar con sus vecinos.

Paulo Pardo es un colero que regala verduras a las personas del sector para que armen una olla común destinada a quienes están en una situación aún más precaria. “Como somos coleros, igual se nos han cerrado las puertas para poder hacer el ingreso e ir a comprar. Como no tenemos patentes, se nos ha hecho difícil poder comprar y ayudar a los demás también”, asegura.

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Véronica Carvajal, quien también tiene la necesidad de ir a la feria, comenta que “soy madre solera con dos hijos. Fui a pedir ayuda a la municipalidad y lo único que me dieron fue un paquete de pañales“.

Ana Figueroa, pobladora de El Castillo que organiza las ollas comunes, señala que “falta harto levantamiento de información, porque mucha gente no sabe que tiene que meterse a la página web para pedir sus cajitas de mercadería porque ahora sí la necesitan, hay gente que no sabe leer ni escribir”.

Sara Vega, quien vende ropa en la población, comenta que “quedé sin trabajo el 27 de marzo y de ahí que tuve que colocarme a la feria con ropa que me regalan. Tengo que ganarme el pan de cada día. Aquí está la realidad, usted va ver todas las entrevistas para allá y todo lo que va decir la gente”.

Repartidor

De la feria salen también donaciones que reparten no solo para las ollas comunes, sino que entregas para quienes no tienen para comprar, por lo que reciben con los brazos abiertos y mucho agradecimiento cualquier aporte, como un poco de acelga.

Un adolescente que anda con su carro de la feria es el encargado de distribuir por diversos puntos de la población estos aportes. “Le vengo a traer esta donación para que pueda repartírsela a las personas que más necesitan”, le comenta a una mujer que recibe el aporte.

Tengo 15 años y salgo a trabajar solo, ¿usted me cree? Y mantengo a mi hermana chica“, añade antes de continuar con su trabajo por las calles del barrio.

Fotógrafo cesante

Manuel Araya es fotógrafo y su último trabajo fue el primer día de clases de los escolares. Pero en marzo no llegaron solos los estudiantes, sino que también el coronavirus, por lo que se tuvo que quedar con todas las fotos del inicio del año escolar sin poder venderlas.

Manuel puso una malla para delimitar el frontis de su casa para que sus hijos puedan estar afuera, algo más resguardados mientras juegan. “Me preocupo, duermo y despierto con dolor de cabeza todos los días, porque uno piensa en los hijos, piensa en los alimentos de los niños que uno tiene darles y al no tener alimentos, uno no puede hacer nada“, dice angustiado.

Sin comida y en un galpón

No me gusta abusar porque todos tienen derecho a comer“, dice Fernando Silveira, un pastor evangélico uruguayo que vive en Chile, mientras hace la fila para su ración de comida de una olla común.

“A veces uno no tiene, digamos, de donde echar mano. Unos tres años que estoy jubilado, mensualmente estoy agarrando entre $120 mil y $130 mil. Soy solo, no tengo vicios, pero la plata se me hace agua igual“, añade.

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Fernando vive en una especie de galpón en una iglesia, donde no tiene agua potable y se cubre con frazadas. En el invierno, la cosa se pone muy dura, cuenta. “Estoy luchando para ver si la municipalidad me ayuda con alguna piecita, alguna casita“, dice con esperanza.

Es bien pobre, bien humilde, como vive un hombre solo“, comenta sin perder la sonrisa, la misma con la que agrega que agradece las donaciones de alimentos que le fueron a dejar dos vecinas en medio de la lluvia.

“Es una inmundicia en la que vivo, yo no estoy conforme para nada con esto porque es una lacra, una inmundicia y esto esta lleno de ratones. Dejé que ustedes entraran, pero con mucha vergüenza“, sinceró.

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